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Sobre un poema de Luis

El poeta teldense Julio Pérez reflexiona sobre unos versos del desaparecido profesor Luis Natera

direojed Martes, 14 de Abril de 2020 Tiempo de lectura:

JULIO PÉREZ

Sucede a veces que andamos a oscuras sin entender del todo la causa de las tinieblas. En ocasiones, es nuestra ceguera el origen de la oscuridad y, en esas circunstancias, si percibiéramos el mundo a través de una rendija, preferiríamos guiarnos por nuestra mala percepción a dejarnos llevar de la mano por otro con mejor visión que la nuestra [1].

 

Otras veces, está la oscuridad en habernos acercado tanto a la luz que ésta nos ciega. En nuestro afán por ver, sin pararnos a considerar la razón de la invidencia y hallando de nuevo aquella rendija de luz, nos lanzaríamos a ella como tras una esperanza sin percatarnos de que nuestra incapacidad nace del deslumbramiento...

 

En estos primeros meses de 2020, en que ha habido y sigue habiendo tanto sufrimiento, sólo me está permitido reflexionar con el profundo deseo de no herir a cuantos lo están pasando tan mal. Y eso, únicamente puedo hacerlo desde la “compasión”, que no es la conmiseración ni la limosna sino la “pasión con...”, el “sentir con...” los otros y entre los otros, cargado también de “misericordia”. Lo cordial procede del corazón y, en el reconocimiento de nuestras propias limitaciones para sentir, de nuestras “miserias del corazón”, nos podemos acercar a los otros con la disposición, no de cargarlas sobre sus espaldas, sino de aceptar en ellos lo que también es nuestro: la pobreza, la impotencia, la carencia, no como regodeo sino como forma de propio conocimiento para ensayar una reconstrucción: sólo si sabemos de qué materiales disponemos podremos proyectar la casa que deseamos.

 

Así que, sin pretensiones, me acerco a estos versos de Luis Natera, que él titula: “Cuando los signos se vacían”.

 

Ahora, que toda una forma de vida se trunca y la impotencia, la enfermedad, el dolor, nos colocan frente a horizontes que se desmoronan y a otros que aún no vislumbramos cómo construir, sentimos verdaderamente que los signos, las palabras, dejan de tener el significado de siempre y “...se vacían/ por azar, cualquier miércoles,/ y el sol se agrieta inesperadamente.” Lo que era luz, sentido, orientación, guía, se resquebraja y no nos deja ver lo que será mañana.

 

“Cuando dejan de pesar/ los ominosos nombres”, a los que tantos se aferran todavía queriendo echar en hombros ajenos la responsabilidad, “la culpa”, de lo que nos pasa y que aún no sabemos manejar porque sentimos que nos aplasta. “Cuando dejan de pesar [...] –dice Natera–/ y se posan, leves, / sobre cualquier otoño”, como esas hojas desprendidas del árbol, que bajan a posarse en el suelo y a transformarse en abono para alimentar nuevas vidas.

 

Misteriosamente, y pese a su carácter execrable, gracias a la descarga de ese peso que suponen las sentencias negativas sobre nosotros –y que algunos sienten la tentación de cargar sobre los demás–, gracias a esa pérdida de peso que nace, a veces, de la “misericordia” y del perdón de nuestras propias miserias, se produce la liberación de la pena, el permiso para transformarse y renacer.

 

“Cuando el canario abreva/ para afinar su canto” –nos dice Luis–, el pájaro cantor, el poeta, bebe en las fuentes para iniciar la labor de “nombrar con otros nombres” que no resulten ominosos, abominables... sin seguir el impulso de mirar a través de aquella rendija, para encontrar la más potente fuerza transformadora que jamás haya existido y para dejarse guiar por ella: “y el amor se estremece/ en lo hondo de la noche.” Porque entonces, en la conjunción del canto y el amor, “se hace domingo/ – inesperadamente –/ y te sientes, por azar, / hijo de Dios de nuevo.”

 

Bécquer diría: “...hoy [...] la he visto y me ha mirado/ ¡Hoy creo en Dios!” y Gloria Fuertes: “Cuando nos enamoramos/ parece que Dios nos hubiera cogido cariño.

 

Ese amor que no es sólo el Eros platónico, que los clásicos representaban con la figura de un niño, tal vez, por lo que ese amor tiene de travesura o inconsciencia, o también por lo que tiene de renuevo, de comienzo de algo, de esperanza... Sin embargo, el amor va más allá, hasta el profundo deseo de paz, felicidad y bienestar para los seres amados, para los adversarios, e incluso, para los enemigos... Es el Satyagraha de Ghandi en el que se pretende restablecer la verdad sin violencia sin buscar el sufrimiento ajeno ni propio, aun cuando lo soportemos. Ahí radica su grandeza, que entronca con el profundo sentir de la palabra, con el verdadero nombre de las cosas.

 

Julio Pérez Tejera es poeta y escritor.


[1].- San Juan de la Cruz.

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