TELDEACTUALIDAD
Telde.- Para cualquier conductor de las carreteras de Gran Canaria son dos agentes más de la Guardia Civil, pero para Yurena del Pino y Armando son Óliver y Ángel, sus particulares ángeles de la guarda. El fatídico 23 de octubre compartieron susto y riada en una, aquel día desconocida, carretera de acceso a Ojos de Garza.
El pasado martes 10 de noviembre se volvieron a juntar en el mismo sitio, 18 días después. Se saludaron, conversaron y se dieron bromas, pero aquel viernes lluvioso la peligrosa barranquera en que se había convertido la vía de acceso a la playa de Ojos de Garza solo les permitió centrarse en un objetivo: salvar sus vidas. En eso estaban, agarrados a una valla y al límite de sus fuerzas, Yurena, Armando y sus tres niños, de 10, de 9 y de 3 años, cuando dieron con ellos el sargento Óliver Peña Arco y el guardia Ángel Ruiz Quesada. Se metieron en la riada y acudieron en su rescate. «¿Miedo? Si tienes miedo, no te metes; en estos casos no lo piensas, hay vidas en juego y actúas», apunta Ruiz.
Fue este último agente el primero en adentrarse en el río canelo que bajaba hasta el mar. «Por dos veces me arrastró el agua», señala. Él y el sargento estaban al pie de una señal en la carretera que baja a la Base Aérea. Pertenecen al Subsector de Tráfico de Las Palmas y habían acudido a la zona porque les habían informado de que la riada que se precipitaba por el canal, que está justo al lado, estaba arrastrando varios coches y querían verificar si llevaban o no personas dentro.
Estando allí fue cuando escuchan a lo lejos unos gritos. Una chica trataba de escapar de la barranquera, a duras penas, subiendo asida a la valla que separa la vía de acceso a la cala de la finca aledaña de Bonny. «Gritaba que había niños y que estaban en riesgo», cuenta Peña. Era Irene Jiménez, prima de Yurena, que aquella tarde, en una tregua que dio la tromba que colapsó Telde, había acompañado a la pareja, a sus niños y a la perra Rula a ver cómo estaba la playa. Cuando volvían carretera arriba les pilló lo que ellos califican de «tsunami». Y eso fue justo lo que vio el sargento Peña. «El agua nos llegaba a la cintura», y muestra una tapia blanca próxima en la que la mancha del nivel de la escorrentía supera los 60 centímetros. Cada uno cogió a un chiquillo y les costó Dios y ayuda recorrer unos 100 metros. «Una cosa es contarlo y otra vivirlo.
Llevaba a la niña de 9 años que ya pesa 30 kilos y era muy difícil ir en contra de la corriente», relata Peña. Arrastraba las piernas. Si las levantaba, lo tiraba. «Más de una vez temí irme de bruces». Cuando se pusieron a salvo, estaban baldados. Mucho más cuando llegaron a casa. «No era persona, pero estaba aliviado, reconfortado, estamos para ayudar a la gente», apunta Peña. Aquel día 8 parejas de la Guardia Civil practicaron 80 auxilios en carretera solo en la GC-1.
Los dos guardias civiles subrayan la poca visibilidad que había en la zona el día de la tromba, porque era de noche, las farolas no alumbraban y todo estaba oscuro. Y porque, además, el agua bajaba canela y cargada de ramas, maderos y otros residuos que incrementaban la inseguridad y que, por cierto, hasta ayer seguían acumulados en el puente de la carretera ). Cuentan los agentes que la niña estaba llorando y que su madre, Yurena, había entrado casi en pánico. Al final, por fortuna, no les hizo falta siquiera ir a un centro de salud.
Fuente: Texto de Gaumet Florido (C7)




























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