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Miércoles, 21 de Enero de 2026

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José Santana Melián, con su nieto, delante del Altar Mayor de la Basílica de Telde (Foto TA) José Santana Melián, con su nieto, delante del Altar Mayor de la Basílica de Telde (Foto TA)

"Mientras yo pueda, te seguiré bajando"

José Santana, el mayordomo más veterano de los doce que custodian al Cristo, encabeza hoy un ceremonial que ha calado en su amplia familia ● La imagen regresa al altar mayor de la Basílica de Telde, arropada por miles de teldenses

Dojeda Martes, 22 de Septiembre de 2015 Tiempo de lectura:

TELDEACTUALIDAD
Telde.- Si la fe mueve montañas, el Cristo de Telde agita a todo un pueblo. La imagen manufacturada por los indios tarascos del estado mexicano de Michoacán regresa esta tarde a la hornacina de su altar mayor tras diez dias en los que ha vuelto a demostrar el gran fervor y la indescriptible devoción que despierta entre gentes de todas las edades, clases y condición. Quizás las personas encargadas de trasladarlas desde las alturas sean de las que más sienten ese amor incondicional.
 
En sus manos se deposita muchísima responsabilidad; en su corazón, un sentimiento imposible de describir con palabras. Eso cree José Santana Melián, a la sazón, el servidor del Cristo que más subidas y bajadas atesora a sus espaldas.
 
Un recuento rápido arroja una cifra de vértigo: más de 120 participaciones si se tienen en cuenta ya no sólo los descensos instaurados como anuales desde 1962, sino las numerosas ocasiones en las que la pieza ha sido descolgada en el último medio siglo para someterse a limpiezas, rehabilitaciones, traslados con motivo del Año Jubilar... y hasta una ráfaga de radiografías.
 
Así que este teldense campechano que ya ha cumplido los 71 años es una voz más que autorizada para ponerle rostro humano a un encuentro cuasi divino. Sólo en una ocasión faltó a su cita con su Cristo. “Fue el año pasado y porque me operaron. Yo quería estar de nuevo en las alturas, pero mis compañeros tenían miedo a que me diese un mareo o sufriese un momento de debilidad. No pudo ser. Ahora ya estoy totalmente repuesto y tengo claro que, como le dije no hace mucho, 'mientras pueda, te seguiré bajando”. Pobre de aquel que intente negárselo.
 
El amor de José hacia la obra le viene de familia. “Yo soy hijo de Salvadorito el palmero, llamado así porque mis bisabuelos podaban palmas, y de Anita la de la esquina. Nací en el número 5 de la calle Portería, en San Francisco y luego me fui a vivir a la calle Conde de la Vega Grande, en San Juan. Pero toda mi infancia y mi vida ha girado en torno a esta obra maravillosa”, relata en el interior de la Basílica de San Juan para TELDEACTUALIDAD apenas 24 horas antes de tener de nuevo, cara a cara, a una de sus principales razones de vida.
 
Los primeros años de este hombre curtido a base de duros trabajos -primero cargando agua a horas intempestivas y luego construyendo ceretos en la Máquina del Azúcar antes de acabar como pintor- quedaron marcados por la cercanía física, espiritual y familiar que inoculaba el Cristo. “Mi padre fue mayordomo, mi abuelo seguro que alguna vez también lo fue, cuando se bajaba aisladamente por la sequía,...y varios de mis hermanos tampoco se han quedado atrás”.
 
Ni la mili ni un 'pinchazo'
No asomaba mucho desde el suelo cuando, siendo un chiquillo, prefería adentrarse en el interior del templo durante los preparativos de la Semana Santa y se animaba a esconderse bajo los faldones de los tronos. Travesuras como esa hicieron que al menos en una ocasión (que él recuerde y todavía anda muy bien de tino) se quedase encerrado con la noche ya encima. Lo hacía también para ayudar a los voluntarios de la parroquia y para tener cerca a su imagen, con la que iniciaría su particular idilio de amor poco después de hacer su primera comunión.
 
“No tendría más de 12 ó 13 años cuando eché por primera vez una mano en la bajada, viendo cómo se desenvolvían mi padre y mi tío. Eso fue en 1958, y desde entonces no he parado salvo por la operación del año pasado”. Ni la cita con el cuartel ni una rueda pinchada a destiempo en uno de los días grandes del Cristo le privaron del ritual. “Cuando el cura me dijo el año pasado que no podía participar por mi estado de salud lloré como un niño chico, pero lo terminé entendiendo. Eso sí, me dejaron permanecer al pie de la escalera y pasárselo al párroco”, detalla aún emocionado.
 
La cita de este año está cargada de un especial simbolismo para él. La bajada de hace casi dos semanas fue todo un reencuentro, aunque con el sabor agridulce que suponía no tener, en lo más alto de la escala y al otro lado de la hornacina, a su querido amigo Antonio, mayordomo recientemente fallecido y quien también era uno de los más antiguos de la cuadrilla.
 
A lo largo de estas casi seis décadas, José Santana reconoce que ha tenido infinidad de compañeros en el desarrollo de una tarea rebosante de emotividad, tensión y, por qué no decirlo, dificultad. “Bajarlo no es tan fácil como parece. Yo he desarrollado una maña especial con las manos después de tanto tiempo, y aún así sientes a tus espaldas el peso de mucha gente que te observa desde abajo”. Ese 'mucha gente' se puede traducir fácilmente en unas 2.000 almas contemplando, desde un inmueble lleno hasta el pórtico, un descenso endulzado con himno, vítores, cánticos y llantos. La fe en estado puro; las colas de cientos de feligreses deseosos de besar la cruz de plata que sostiene y exhibe al Mesías; la magia de una posterior limpieza milimétrica en la intimidad, a base de pinceles, guantes y mucho amor. En resumen, el Cristo de Telde y todo lo que implica en estado puro.
 
“Y yo, amigo, he vivido emoción, respeto y frío. Cada uno lo siente como quiere y puede. Ahora ando aún más emocionado si cabe después de haber sobrevivido a dos duras operaciones. Si estoy aquí es por él”, agrega mientras en la nave central son decenas las mujeres que se acercan hasta el trono procesional del Cristo para darle, probablemente, su último adiós antes de la dolorosa marcha que tendrá lugar esta noche.
 
Un nieto ya ha recogido el testigo
José es ya un septuagenario, pero nadie lo diría. Le sobra vitalidad. Y también ilusión, la que le proporciona el ver cómo uno de sus nietos ya se ha animado a coger el relevo y también se imbuye de tanta pasión. En el grupo tampoco faltan dos de sus hermanos, Paco y Jesús. De una u otra forma, todos se involucran en un maniobra que “antiguamente era mucho más difícil, puesto que no se utilizaban sogas”, puntualiza esta símil de cronista de idas y venidas.
 
Maestro Isidoro, Juan, Manolo el sacristán...muchos mayordomos han escrito sus nombres con letras de oro en la intrahistoria de una pieza que guarda, como uno de sus momentos más curiosos, aquellas bajadas extraordinarias a las que fue sometido tanto para hacerles radiografías en el cercano CAE de Telde -trabajo gracias al cual se descubrieron los códices indígenas de su interior que sirvieron para verificar su origen- como para construir a medida el 'Cristomóvil' con el que visitó, hace ya más de 15 años, los barrios de San Gregorio y Jinámar, Marzagán, la prisión de Salto del Negro y la Catedral de Santa Ana. “En aquella ocasión no pude acompañarlo, y créame que me dolió, porque teníamos a un familiar necesitado a cargo”, musita el protagonista de esta historia.
 
El hijo de Salvadorito, como le gusta recalcar, tiene sus dudas sobre la idoneidad de que en un futuro varíe el mecanismo para situar al Cristo de Telde más cerca de los suyos. “Las primeras escaleras eran de madera y las hizo mi padre. Yo de hecho guardo una de ellas. Ahora se usan metálicas, pero si me pregunta sobre la opción de instalar un sistema mecánico parecido al que se emplea para bajar a la Virgen del Pino de su camarín, le diré que no termino de verlo. Por un lado, hay mucha altura; por el otro, se le quitaría vistosidad al acto”. Cuestionado sobre algunas cosas que haría si estuviese en su mano, no duda a la hora de aludir a la colocación de sillas y pantallas en la plaza para hacer que los que siguen el proceso desde el exterior de la Basílica lo puedan hacer con más comodidad. “Eso se hizo hace unos años y se podría volver a hacer”, recapacita.
 
La suya es una historia de amor que va en la sangre. En la de su familia y en la que luce, a modo de gotas, una de las obras imagineras más importantes del archipiélago. En esta tarde de martes de entretiempo, José volverá a mirar a los ojos de su Dios a menos de 20 centímetros. “Y le volveré a decir: hasta el año que viene”.
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