VICENTE LLORCA
La noche del jueves el Casino de Telde rindió un homenaje al inolvidable Adolfo Santana. El acto, cómo no, sirvió para hablar de periodismo, profesión tan necesaria, a la que Adolfo dedicó toda su vida y en la que, por cierto, abundan, sobreabundan, los ególatras, los vanidosos, los cainitas, y los celos y las maledicencias están a la orden del día.
Seguramente ocurrirá en casi todas, pero créanme, en esta, por aquello de la exposición pública y la notoriedad, entre comillas, hay más. Por eso, con todo esto y entre esta fauna, cuando alguien, no después de muerto, también en vida, consigue el reconocimiento y respeto unánime, es que se trata de un personaje excepcional; alguien, si nos ajustamos a uno de los elementos de la definición clásica, que es noticia, y con todo merecimiento, porque era fuera de lo común.
El bueno de Kapuscinski, periodista como pocos y referente para casi todos los que nos dedicamos a juntar letras o contar hechos novedosos, decía que los cínicos no sirven para este oficio. Y Adolfo, precisamente, podría ser socarrón pero nunca cínico. Otro punto a su favor. Era transparente y obediente al mandato del sabio Kapuscinski: El buen y mal periodismo se diferencian fácilmente. El buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, ofrece la explicación, sin torticerismo, de por qué ha sucedido. El mal periodismo, en cambio, se queda en la descripción, sin ninguna referencia o conexión al contexto histórico. Pero, para tener derecho a explicar se tiene que tener un conocimiento directo, físico, emotivo, olfativo, sin filtros ni escudos protectores, sobre aquello de lo que se habla. Y ahí Adolfo nos ganaba a todos. Nada de corta y pega. Nada de teléfono. Nada de oídas. Todo sobre el terreno, permeándose de los sentires, sabores, olores de la gente.
No es difícil, pero pocos, muy pocos, lo saben hacer bien. Decía Scalfari, otro monstruo del periodismo, que periodista es gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente. Así de sencillo. Lo parece. Ahí es nada. Y Adolfo lo hacía. Con sencillez y absoluta maestría. Sin estridencias, con naturalidad. Salía a dar un paseo y volvía con vivencias de gente a la que le pasaban cosas que ayudaban a conocernos más, a querernos más, pero que no hubiésemos conocido si él no nos las hubiese contado.
Esta tierra que arrastra tanta falta de querencia con sus gentes y sus cosas tuvo en Adolfo Santana un adalid de sus valores. De sus valores eternos. En la era de los 140 caracteres, de la inmediatez, Adolfo no tenía móvil, ni conducía, lo que no le impedía hacer un pedazo de periodismo.
Frente al egocentrismo capitalino, nos enseñó que la ciudad no es la isla, ni la isla es la ciudad. Más allá del Rincón y de La Laja ha habido siempre isla, de donde, curiosamente, venimos casi todos. Y frente al trepidante y delirante ritmo capitalino nos trajo el placer de lo reposado, las raíces, con todo el conocimiento. Información de la buena.
Esta tierra, el periodismo de esta tierra, no se puede permitir prescindir de los perfiles de Adolfo Santana, por eso tiene que seguir con nosotros, por la cuenta que nos trae. No se ha ido, ni podemos dejar que se vaya. Él demostró que el periodismo sirve para bastante.
Vicente Llorca es director adjunto de Canarias7. Texto leido en el acto de homenaje a Adolfo y publicado en la edición de este sábado del periódico de Informaciones Canarias.
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