Statistiche web
El tiempo - Tutiempo.net
695 692 764

Miércoles, 08 de Abril de 2026

Actualizada Martes, 07 de Abril de 2026 a las 22:13:54 horas

Imagen de archivo de Adolfo Santana haciendo un reportaje (Foto TA) Imagen de archivo de Adolfo Santana haciendo un reportaje (Foto TA)

Adolfo y las pequeñas cosas

TA ofrece un artículo del periodista José Naranjo sobre el reportero fallecido

cojeda Domingo, 01 de Febrero de 2015 Tiempo de lectura:

JOSÉ NARANJO
Las jodidas cosas de la vida. Llevo todo el día con unas ganas locas de llegar al ordenador para sentarme a escribir este artículo y, en realidad, es el artículo que nunca habría querido escribir. Lo cierto es que no lo traía en la cabeza, lo traía en la barriga, ahí atascado, como un nudo.
 
Y llego y me siento y veo que el amigo Txema Santana, una vez más, ha sido más rápido que yo, serán las cosas de la edad, y ha enhebrado un precioso tapiz que también parece salido de las entrañas para dejar testimonio, Adolfo, de lo que eras y sigues siendo para todos nosotros. Porque morirse no es irse del todo si la siembra ha sido buena. Así que recojo el testigo de Txemita.
 
Últimamente hay gente que me pregunta si hay que tener algo especial para contar una guerra o para cubrir una epidemia de Ébola. Y yo siempre les digo lo mismo, que no, que lo único que hace falta es un boli y una libreta. Porque el Periodismo es Periodismo tanto si vas a la cumbre a entrevistar a un pastor como si te metes en las profundidades de la selva del Congo buscando las minas de coltán. Es lo mismo. Sólo hace falta tener ganas de contar una historia y hacerlo siempre con respeto, que da igual que escribas para la hoja parroquial o para el Washington Post, que lo único es hacerlo siempre con cariño. Porque eso luego se nota.
 
Y en eso, Adolfo, en las historias pequeñas, y aquí cojo el hilo donde Txema lo dejó, tú eras insuperable. Y por eso eras grande. Porque daba igual que fuera el perdido baile de un recóndito barranco de Gran Canaria que el pleno más aburrido de un ayuntamiento, tú sacabas petróleo de las cosas chicas, eras capaz de descubrirle la magia a la gente y contarlo luego a tu manera. Una vez nos reíamos tu hija y yo cuando le contaba cómo las calles de Dakar estaban llenas de corderos. “Mi padre de eso saca un par de reportajes”, me dijo Gara. Acabé escribiendo uno, pero el tuyo, sin duda alguna, hubiera tenido más gracia.
 
Te conocí hace ya unos veinte años. Debías tener más o menos la edad que tengo yo ahora y unas ganas intactas de contar ese mundo microscópico que alimentaba siempre tus crónicas. Ahora, con el paso del tiempo, me doy cuenta del mérito que eso tiene, mantener la ilusión por lo que haces. Pero yo por aquel entonces iba corriendo de un lado para otro, tratando de abarcarlo todo, como un caballo desbocado. Y tú pasito a pasito, al golpito, con esa cariñosa retranca con la que retratabas a la gente, observando atento, probablemente viéndome a mi y pensando que ese pobre muchacho, de tanto correr, se estaba perdiendo lo mejor.
 
Daba gusto leerte y nos hiciste disfrutar de eso hasta el final, cuando ya acosado por la jodida enfermedad y empujado por tu familia y amigos te animaste a escribir esas crónicas de la zafra que son, una vez más, pequeñas historias que acababan por mostrarnos la grandeza que albergaba toda esa gente de Las Puntillas, donde de chiquillo ruin le tirabas piedras a los lagartos. Te lo dije la última vez que fui a verte a tu casa, coño, Adolfo, no nos prives del gusto de leerte. Fui con mi padre y te llevamos un queque y tú me obligaste a comerme unos higos, que no me gustan mucho, pero te pusiste pesado. Estabas con ganas, pero no pudo ser.
 
Y aquí estoy ahora, un poco con cara de tonto. Y me acuerdo de Nieves y quiero mandarle un beso enorme; y de tu hija Gara, que tiene muchas cosas tuyas y creo que hasta algo de tu talento, pero no se lo digas que luego se lo cree; y me acuerdo también de Juan, al chiquillo lo conocía menos, pero tiene toda la pinta de ser buena persona. En 1997, la escritora india Arundathi Roy publicaba una bella novela llamada El dios de las pequeñas cosas en la que nos recuerda de qué manera los acontecimientos ínfimos definen el carácter y la vida de la gente, cómo en realidad lo pequeño es lo más grande. Si ese dios existe en algún sitio, hoy habrá contratado a su mejor cronista.
 
José Naranjo es natural de Telde y periodista.
 
 
 
 
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.147

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.