ADOLFO SANTANA
¡Se dijo, Martel! Uno de los amables comentaristas de estos escritos me decía a través de un mensaje que me había olvidado de resaltar lo rico que estaba en nuestra escasa dieta aparceril el arroz con leche, puesto al sereno durante la noche anterior.
No, no me olvidé, es que había dejado lo del condumio precisamente para esta entrega que empiezo a escribir hoy, integrando la cosa alrededor de una de las figuras más denostadas por los aparceros en los cultivos, el mayordomo, una especie de capataz que vigilaba cual cabo de varas a sus compañeros de infortunio, situados un escalón más abajo en la pirámide de la miseria. Si bien he de reconocer-y reconozco- que habían excepciones, éstas se podían contar con los dedos de la mano y sobraban dedos.
El denominador común de la mayoría de los que conocí en nuestro peregrinar por los tomaterales del Sureste de la Isla, desde Los Moriscos hasta Piletas, eran personas abyectas, adulonas y sumisas, que bajaban la testuz ante el recorredor o el dueño, cuando éste se dignaba venir al cultivo y se mostraban duras, abusadoras e inmisericordes con los aparceros, clase a la que ellos intuían que ya no pertenecían por la designación liberadora del dios amo. La diferencia real para esta fauna era no tener que plantar, cobrar unos duros más, no depender de los anticipos y tener un poder total en el cultivo.
La figura de estos personajes y su talante, influían de una manera importante en la dieta de los aparceros. En algunos cultivos, los mayordomos dejaban que plantáramos entre los tomateros, que se regaban, enguanaban y azufraban con dinero del amo, plantijos de coles, rábanos, colinos, cebollas, lechugas, calabaceras de cuarenta días, en el interior, y millo y calabazas de botella en los socos de los cercados. El dueño no perdía nada, porque la tierra era la que quedaba libre y el agua y los abonos gastados eran los mismos que si no hubiera habido nada de esto. Pues, muchos de estos mayordomos lo prohibían, aduciendo que el amo no permitía eso en sus tierras y que si Bonny lo permitía, que se fueran con Bonny, si conseguían tierra, que esa era otra. En muchas ocasiones, el dueño no se enteraba de estos asuntos, porque no mermaba la producción ni aumentaban los gastos, como ya se ha escrito.
Esta prohibición cercenaba la posibilidad de los aparceros de llevar al caldero unos productos que hubieran enriquecido de manera sustancial su raquítica dieta, compuesta generalmente a base de caldos de papas, arroz y millo, potajes jalados a gofio y algún pejín o breca que trocaban a las barqueras de Gando y Las Torrecillas cuando habían huevos en el gallinero. Los huevos también se utilizaban para el trueque con tenderos como Pepe El Chocho, ya que los anticipos se iban en pagar lo que ya se venía arrastrando de atrás, en una desesperada huida hacia adelante, confiando en que la zafra y los beneficios fueran buenos. Gracias a las peladas del viejo, que también se escapaba en los escasos ratos libres a la Base Aérea, a pelar a suboficiales y alguna clase de tropa que tuviera medio duro, en nuestra cuartería comíamos más o menos razonablemente, sobre todo aprovechando el pan de la tropa que regalaban a mi padre, un pan enorme, lleno de miga, que tardaba en ponerse duro lo que tardaba en salir del horno, pero que entre nosotros eran tantas las ganas que siempre lo comimos tiernito.
Aparte de lo que significaba para su dieta, que sólo veía carne mientras durara la que venía en salmuera de Valsequillo tras la matanza del cerdo que los abuelos hacían cada año, al no poder disponer de estos alimentos básicos por mor de una orden arbitraria y abusadora, los aparceros se veían imposibilitados de contar en su mesa, además, con un plato de supervivencia, nacido del trueque entre aparceros, campesinos y barqueros y que, andando el tiempo, iba a convertirse en nuestro plato típico por excelencia: el sancocho, fíjate tú por dónde.
Cuando les tocaba un mayordomo humano, tolerante y poco amigo de ir haciendo la pelota a sus jefes para quedar bien o, simplemente, por fastidiar a una gente en la que veían retratada la clase a la que siempre pertenecerían por mucho poder que creyeran tener, los aparceros, si no prosperar, al menos sobrevivían, pasando todos los desconsuelos del mundo, pero nunca hambre, con una comida abundante y sana, a la que se remataba por la mañana con leche cruda y gofio y leche escaldada y que tenía entre comidas para los críos, sobre todo en la merienda, el recurso del cucurucho de gofio con azúcar, con unas gotas de aceite, delicia en la que a veces añadíamos el dulce sabor de los tomates chicos, sabrosísimos, muy parecidos a los que hoy creo que llaman “sherry”, o así, y se exportan para que los ingleses se los coman en los cines como el que come manises. Por la noche, para guardar el resto de la leche para hacer queso, infaltable en la mesa y muy valorado en el trueque, o algún postre con arroz, limón y canela, la chiquillería se empaquetaba una rala de gofio con agua de yerba luisa, infusión a la que también se le podía añadir bizcocho, cuando había, y unas aceitunas traídas también de la despensa de los abuelos, que siempre estaban al tanto de poder echar una mano desde las colinas de Las Vegas.
Escribí más arriba que, lógicamente, entre esta gente, si bien la mayoría de los que conocí eran de muy mala chacina, los había normales, ni buenos ni malos, normales. Iban, recorrían el cultivo, hacían su trabajo, velaban porque todo estuviera más o menos en orden y daban novedades cuando eran llamados al almacén por el recorredor o el dueño. Uno de éstos era un hombre casi insignificante, pequeño, flaco y medio petudo, que hacía que pareciera su figura de lejos una chaqueta colgada de una percha. Venía de Telde, a veces en los coches de Melián, a veces en los camiones de la empresa que iban a buscar guano a El Calero. Todo el mundo le conocía por Martel. Nunca supe su nombre ni su segundo apellido. Sabía la importancia que para los aparceros tenía plantar en los cultivos el complemento de su alimentación y no se oponía, aunque no permitía que ningún espabilado se saliera de madre, nunca mejor dicho.
Un día, alguien, algún adulón, con el ánimo de hacer méritos o vayan ustedes saber porqué, le contó al dueño, de visita en el cultivo, que Martel dejaba que los aparceros plantaran coles, colinos y todos lo demás en los cultivos, con el agua que gastaba eso. Este chivatazo fue seguramente en el almacén, situado a unos centenares de metros de los tomaterales, donde solía pasar revista el dueño, aunque el recorredor y el encargado del almacén, cada vez que el amo nos visitaba, estaban como el que se cagó el dedo: no sabían dónde ponerlo.
Enterado de esto, el patrón, que se apellidaba Ojeda y llegaba al cultivo en una “Vanguard” que tenía los indicadores, en forma de flechas, en la parte superior de las puertas delanteras, mandó llamar a Martel, en presencia de los otros mandamasillos.
-A ver, Martel-le dijo-, ¿qué es eso que me cuentan aquí sus amigos de que usted permite en los cultivos que se planten coles, colinos, calabaceras y no sé cuántas cosas más?
-Vayamos por parte, don Juan-replicó Martel- En primer lugar, estos señores no son amigos míos, compañeros de trabajo y punto pelota. Después le diré que usted me contrató para que la marcha del cultivo fuera normal, para que se atendieran los tomateros como Dios manda y que la fruta se recogiera en tiempo y forma. Pues, bien: con lo que esta gente que tiene que llevar a cabo todos esos trabajos, come a través de los anticipos o el trueque, no tiene para comer tres días seguidos.
-¡Ya será menos..!
-No, es más, don Juan: sin poder comprar, porque se acaba el anticipo, sin poder sacar fiado, porque los tenderos dicen que ya deben demasiado, con apenas huevos, baifos y queso para el trueque, esta gente, que además es toda familia numerosa, porque hacer niños sale gratis y además divierte, aparte de que pronto son mano de obra gratuita, no tiene para llenar el caldero. Por lo tanto hay que ayudarles a que lo hagan y de una de una manera que ni a usted ni a nadie le cuesta un duro de más…
Contaban los aparceros más viejos que al oír los razonamientos de Martel, el patrón Ojeda pronunció una frase que ha quedado como un ejemplo de personas que saben defender sus razonamientos le pese a quien le pese, sea a Agamenón o a su porquero:
-¡Se dijo, Martel! !La finca es suya..!
Uno que, pese a todo, procura mirar atrás sin ira, confiesa que le gustaría un montón trasladarse al pasado y poder estrechar la mano de Martel y de otros que fueron y actuaron como él. A veces, sólo a veces, me gustaría poder hacer lo mismo y partirles la boca a patadas a los abusadores y culichiches que tanto daño hicieron. Lo escrito: sólo a veces, pero enseguida se me pasa.
Adolfo Santana es periodista y vecino de Telde.
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