Ayer falleció un canario sabio, un autodidacta de lo nuestro, de lo arraigado a la madre tierra. Un enamorado de este maltrecho Archipiélago, al que quería ver reverdecer libremente. Antonio Quevedo Navarro, Morongo, ha sido un defensor a ultranza de nuestro ganado autóctono tanto vacuno como ovino y caprino, del bardino, de las semillas que por selección de siglos han supuesto el sustento de generaciones canarias, de la gallina jabada del turre negro y sobre todo de su gente, a la que quería ver, como decía su amigo Paco Bello, no dependiente.
Su lucha anticolonialista no la parará su muerte, porque sembró mucho y bien. La germinación es sólo cuestión de tiempo.
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