GAUMET FLORIDO
No hace mucho, apenas unos meses. Andaba yo de charla con un concejal a las puertas de una de las oficinas municipales cuando se nos acercó una señora. Le cantó las cuarenta (al político, digo). Quería que le atendiese bien, a ella y a su barrio, en compensación por los votos que ella le consiguió entre sus vecinos. «Si no –le soltó ni corta ni perezosa- llamo a tal radio…, que es donde se dicen las verdades, y te pongo bonito».
Y me hirvió la sangre. Un poco por todo lo que escuché, pero admito que me tocó la fibra su ignorante alusión al periodismo.
Me dolió porque el mal de aquella señora hoy es epidemia. Decir verdades es para algunos, quizás para demasiados, insultar, faltar al respeto, chantajear, denigrar y maltratar públicamente a las personas. Dice mal de quien usa esos recursos, pero dice peor de quien los atiende, y lo que es el colmo, de quien le otorga presunción de veracidad.
Pone sobre el tapete de las evidencias, una sociedad enferma, ahíta de rencores y mala sangre. No concibo mejor periodismo que el que da voz al que no la tiene, el que hace visible al heterodoxo, el que fiscaliza la gestión de lo público y el que mantiene afilada la punta de la crítica, por mordaz que resulte, pero nada de eso es compatible con ponerle nombretes a los políticos, atacar a sus familiares o recurrir al juego sucio de la amenaza solapada. Es una práctica sucia y deleznable de la que es tan cómplice el que la escucha como el que le baila el agua, por más que cuando se le pidan explicaciones, se encoja de hombros.
No nos engañemos, o mejor, que no se engañen algunos: tener un micrófono en las manos, saber escribir o coordinar un portal digital no te convierte en periodista, noble oficio donde los haya que, bien ejercido, se me antoja un pilar básico de las sociedades que se presumen libres y democráticas.
Gaumet Florido es periodista y redactor de Canarias7 en Telde.
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