GAUMET FLORIDO
Si hay algo que da el paso del tiempo es perspectiva. Las cosas se ven de otra manera. Y conforme le quito hojas al calendario noto que el mundo que me rodea, antes blanco o negro (¡qué fácil era entonces!), se me llena de grises. Algo así me ha pasado en mi concepción de lo que debe ser un concejal.
Echo la vista atrás y recuerdo cómo teorizaba sobre la falta de formación, a veces, a todos los niveles, de los ediles que se me cruzaban en el camino. Eran gente de barrio, criados en la demanda vecinal, aprendices de la calle o del surco, curtidos en el cuerpo a cuerpo del rellano, que, un buen día, llevados por la ola de la democracia, y por el interés de los gerifaltes de los partidos por captar votos, se subieron al carro de una lista electoral y ampliaron sus límites de acción, del barrio del que eran alcaldes chicos al municipio. Los había hasta con dificultades para conjugar bien los verbos. Ese, entre otros muchos defectos, pues no eran precisamente perfectos. Pero tenían algo que, mira tú por dónde, hoy echo de menos: sentían los colores.
Y no hablo de una bandera, ni de un escudo, ni de un himno. Hablo de un sentimiento de pertenencia a la comunidad. Mordían si les tocaban su pueblo, fueran del partido que fueran. Hoy, en cambio, tenemos más universitarios que nunca en los plenos (tampoco tantos), pero solo son cantera de partido. La política se ha profesionalizado y ya incuba sus propias crías. Salen camadas enteras que usan los ayuntamientos como un escalón más para su propia trayectoria. No les conocen en su barrio, a veces, ni en su comunidad de vecinos. No hace falta.
Ahora los votos los da la marca, no el líder de barrio metido a político. Saben hablar, tienen titulación y dan bien en la cámara, pero les falla el alma callejera, sentir que sus decisiones afectan a personas, a sus vecinos. Y lo que uno no conoce, duele menos.
Gaumet Florido Medina es periodista y redactor de Canarias7 en Telde.
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