FRANCISCO SUÁREZ
Haciendo memoria, creo que son tres las ocasiones en que he hablado con Ildefonso Jiménez. Conversaciones breves, más bien formales y sin mayor relevancia. Recuerdo, eso sí, que en una ocasión llamó para solidarizarse con lo escrito en esta esquina a cuenta de ciertas formas políticas y ciertos exabruptos radiofónicos que, por desgracia, caracterizaban la política de Telde. Ahí quedó todo.
Esta semana, la Audiencia Provincial lo ha liberado de toda responsabilidad penal en un caso que supuso su abandono de la política. Como es humano y comprensible, el político de Nueva Canarias aprovechó una comparecencia pública el pasado martes para, al menos, quedarse a gusto con algunos comportamientos y algunas personas, con expresiones que quizás fueron algo subidas de tono pero que, en todo caso, nacían del corazón. Y ya que no tiene responsabilidad pública, pues también es asumible que se exprese así de llanamente.
Los que siempre hemos defendido que la Justicia en este país funciona y lo hace, aunque con extrema lentitud, razonablemente bien, en ocasiones nos quedamos sin argumentos. O al menos hay días en los que no cabe otra que concluir que es mejor no salir de casa, porque ciertas contradicciones claman al cielo. Más aún: suceden cosas que no entiende ningún ciudadano normal y que quedan como si nada, sin que nadie asuma responsabilidad alguna.
Lo digo preguntándome si ya que una sentencia en primera instancia le costó a Ildefonso Jiménez dejar la vida pública, ¿qué precio tiene para los jueces que llegue una segunda instancia y les enmiende la plana de esa manera? ¿A ellos sí les sale gratis y al político de turno le cuesta carísimo?
No quiero con esto dar pábulo a la teoría según la cual podía haber animadversión entre quien juzgaba y quien era juzgado, pues si así fuera, para eso están los mecanismos de la recusación, por no hablar de la adopción de medidas disciplinarias e incluso de mayor calado desde las más altas instancias judiciales. Y a esas altas instancias judiciales es a quien uno mira esperando alguna reacción, alguna adopción de medidas inmediatas que atajen este bochorno colectivo. Porque, evidentemente, el mayor de los males fue para Ildefonso Jiménez, pero la credibilidad del ciudadano en el sistema judicial queda seriamente dañada, por no decir que rota en mil pedazos, y por mucho que los peguemos con el mejor de los pegamentos, se notará el apaño y se apreciará, sobre todo, la desconfianza en la imagen que refleja ese espejo.
Francisco Suárez Álamo es director del periódico Canarias7.
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