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Ruinosa lotería

Cojeda1 Lunes, 28 de Diciembre de 2015 Tiempo de lectura:

Cuando la suerte le sonrió no lo dudó. Era el momento de hacer realidad los sueños de su vida y no reparó en gastos. Compró yate y castillo. Tal cual. Jamás había tenido entre sus manos un timón; lo más cerca que había estado de un barco fue en el de amigos que le invitaban a un paseo. Pero es tozuda, dicen los que trataron de disuadirla para que abandonara la inversión. Fracasaron. Le había tocado un premio importante en el sorteo de El Niño del 2000, unos 800 millones de pesetas. Dineral.

 

Con su cabecita loca dejó su trabajo a la carrera y se dedicó a recopilar folletos de barcos, medianos y pequeños. Una de sus hermanas preocupada le sugirió si no sería mejor sacar lo de patrón de barco antes de comprar el yate. Ni caso. Lo compró y lo estrenó. Bueno, se lo sacaron unos amigos, ella no sabía. Años después lo vendió en menos de lo mitad de su precio. No había tenido tiempo de sacar el título y nadie lo movía.

 

Y ahora hablamos del castillo, que también tiene su componente tragicómico. Se trataba de una casa castillo abandonada hacía años. Una ruina en todo el sentido de la palabra. Ella se había enamorado de aquella fortaleza desde que la descubrió así que negoció y lo adquirió como otra gran inversión de su vida. Lo reconvertiría en hotel, dijo. Nada. Ni hotel ni san hotel. El dinero ya mermaba. Del castillo dejó una parte pendiente de pago y cuando se la reclamaron pidió tiempo. No se lo dieron. Acabó en los tribunales, alcanzó acuerdos con los propietarios y el juez optó por una solución salomónica, la más dañina para ella. La mitad del castillo para cada uno. Ni buey ni oveja. A eso se llama tirar la fortuna por el retrete. Hoy está en la ruina.

 

Casos de ese tipo conozco varios. Hablo de la ruina que esconden algunos premios que se reciben con un componente de irresponsabilidad y, probablemente, de ingenuidad. Les cuento. Cuando le conocí estaba jubilado. Alto, delgado, traje marrón y su escaso pelo, cano. Presumía de haber sido proyectista de cine, es decir, la persona que en los cines de antes colocaba la película en el proyector y estaba pendiente de que su emisión no mareara mucho al espectador. Ese.

 

En sus años mozos debió ser un “pinta” y algo de ellos “heredó” su matrimonio porque cuando sus tres hijos estaban en los quince o dieciséis años el hombre dejó mujer e hijos con el culo al aire.

 

Nunca supo de ellos. Poca cosa. De hecho tuvo hijos con otras parejas. En ese contexto de rabia la mañana que sus hijos abandonados supieron que papi había sido agraciado con unos 400 millones de pesetas en un sorteo de La Primativa lo llamaron. Sus hijos, ya mayores, comenzaron un acercamiento que él, viejo y cansado, vivió con felicidad. Me contó que eso le hacía feliz. Poco a poco fue conociendo que la situación económica de esos hijos era muy complicada. Se ablandó y a cada uno le compró un pisito. Quiso recuperarlos por esa vía.

 

Y colorín colorado; poco supo de ellos después de la compra, me contó el premiado una tarde en Las Canteras. “Vinieron a lo que vinieron”, reprochaba. Nadie le obligó, claro.

 

Hace años desapareció papá y dejó a sus hijos a la deriva. Con el paso del tiempo los que desaparecieron fueron ellos, los hijos.

 

Marisol Ayala es periodista.

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