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Camarote 612

Cojeda1 Jueves, 10 de Diciembre de 2015 Tiempo de lectura:

Me tomé la pastilla contra el mareo, apagué luz individual de mi litera y cerré los ojos.  Pero no pude dormir. El mar parecía en calma, pero la pareja del camarote contiguo no. A través de las paredes las voces iban en aumento. No sé cuanto tiempo siguieron así, discutiendo. En un momento de la noche oímos a la mujer pedir auxilio. Unos niños pequeños se unieron al grito desesperado de su madre. Encendí la luz y me puse en pie de un salto.

 

¿Están escuchando? - les dije a mis compañeras de camarote.

 

Las mujeres adormiladas, asentían. Habían encendido la luz también. Una de ella me miraba preguntándome qué hacer.

 

¡Voy a tocarle en la puerta¡ No quiero ser cómplice de lo que esté pasando ahí - y salí corriendo hacia el camarote contiguo.

 

Aporreé la puerta. Un hombre de mediana edad me abrió la puerta.

 

Oye ¿Qué es lo que está pasando?- le dije- voy a llamar a la policía.


Llama a quién quieras- me respondió con acento extranjero y cerró la puerta de nuevo.

 

Descalza y en pijama,  corrí por los pasillos del barco con el corazón en vilo. Algunos pasajeros dormían en las butacas. En el bar encontré a un miembro de la tripulación. Le conté lo que estaba sucediendo en el camarote 612. El joven llamó al sobrecargo y a dos tripulantes más que se unieron en la carrera por el pasillo detrás de mí. Cuando tocaron a la puerta, los ruidos habían cesado. El mismo hombre abrió la puerta de nuevo.  Pero esta vez su respuesta fue más calmada. Por la abertura de la puerta observé cómo un niño, de unos ocho años, desde lo alto de la litera, me miraba asustado.

 

¿ Ha habido ruidos en este camarote?- Le preguntó el sobrecargo. Entonces regresé a mi camarote. El mar estaba en calma. No volví a oír nada durante toda la noche. Pero la mirada asustada del niño se me había clavado dentro y no podía dormir.

 

A las seis y media y m el megáfono anunció a los pasajeros que atracaríamos en media hora. Abrí los ojos, pesadamente, me vestí, cogí mis cosas y me dirigí hasta el sobrecargo para preguntar qué había sucedido.

 

Bajamos al hombre a la planta baja, le quitamos la llave y  le prohibimos que subiera a la habitación donde estaba la mujer y los niños- me respondió. ¿ Nada más?- dije atónita.


Le preguntamos a la mujer y dijo que se encontraba bien, que no quería que llamáramos a la guardia civil.  ¿ Y ustedes ? ¿ No van a tomar otras medidas? Bueno, la cosa se quedó tranquila. Al parecer él estaba algo borracho. ¿Y ya está?


Bueno, nosotros no vimos nada, realmente. Pero las demás pasajeras del camarote y yo misma, sí. Oímos cómo la mujer y los niños gritaban pidiendo ayuda. El sobrecargo, un chico joven de apenas treinta años, se alzó los hombros. ¿Saben que por la nueva ley tienen la obligación de denunciar los hechos aunque la mujer no quiera?

 

Ahora el sobrecargo me miraba como si la loca fuera yo. Simplemente, no querían problemas. La cosa se había arreglado entre hombres. Él estaba un poco borracho, se había puesto algo violento y ya está. Eso era todo. Qué más podían hacer. No se preocupe- le dije secamente- Voy a estar en la isla unos días. Yo misma haré la denuncia.

 

Aún era de noche cuando el barco atracó en el muelle de los Mármoles. La ciudad parecía dormida. Atravesé las calles solitarias de Arrecife y llegué a la comisaría. Le conté al policía de guardia lo que había sucedido. El policía tomaba nota de todo.

 

Quiero también denunciar la pasividad mostrada por la compañía naviera Armas en este asunto- concluí. El policía asintió y siguió tecleando en el ordenador. Luego, conduje despacio hasta la casa de mi madre. Cuando llegué, la mirada del terror del niño, aún no había desaparecido de mi retina.

 

Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

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