Queridos padres y madres: Esto es un grito de auxilio, una llamada de atención antes de que sea demasiado tarde. Todos los días veo a sus hijos, hablo con ellos, intento educarles para que sean personas respetuosas, para que tengan un trato amable con los otros, instruirles en el placer de aprender, en la necesidad de conocer y discernir, que no sean fácilmente manipulables y lleguen a ser, algún un día hombre hombres y mujeres, responsables y dignos. Pero no puedo hacerlo sola.
No deleguen en mí y en todos los profesores la labor de educar en normas de convivencia sana y en el respeto a los demás. Cada día veo llegar a los chicos arrebatados, salvajes como cachorros de leones, asustados. Entran al aula llenos de vida y de esperanza, quieren comerse el mundo pero el mundo se los está comiendo a ellos.
No. Seguramente no estoy hablando de sus chicos.
Pero yo los observo cada día, veo la necesidad que tienen de hablar y ser escuchados, aunque a veces no sepan cómo porque tienen tantas ganas y lo necesitan tanto, que lo hacen gritando, llamando la atención e interrumpiendo y abordándote a cada instante.

Nuestros chicos no saben comunicarse con los adultos, sencillamente porque no lo hacen. 
Lo veo todos los días, les escucho, les pregunto que oyen, que ven, que sueñan. Y entonces siento miedo. Porque las canciones que oyen, que se saben de memoria, tienen letras sexistas y tremendamente machistas, porque la violencia es el juego más practicado en sus videos y juegos, y las relaciones entre sexos siguen estando marcadas por la desigualdad de género.
No, seguramente no hablo de tus hijos. 
Porque hablo de chicos que se acuestan al amanecer enviando mensaje a sus amigos. Todo porque se sienten solos y quieren hablar y ser escuchados. Sus mensajes de wahsapp son llamadas de socorro de un adolescente asustado y al espacio infinito. 
Como hago yo ahora.

Mientras pienso en qué será mañana de ellos, de todos nosotros si no ponemos remedio, si no le damos la importancia a lo que nuestros hijos e hijas ven, a lo que escuchan, a lo que viven inmersos en la reproducción de viejos esquemas patriarcales y sexistas. 
Pero seguramente no hablo de tu hijo. 
Seguramente no seas de esas madres exhaustas que cargan solas con todo el peso de la educación, porque el padre no sabe de eso, no le interesa o porque que ya no vive con ellos y simplemente pasa de todo.

No, no hablo de ti que ya no puedes más porque trabajas doce horas para pagar la hipoteca y poder subsistir, y llegas tan cansado o cansada que no tienes tiempo ni ganas de nada. 
Sí, lo más probable es que esta carta no sea para ti, que sabes todo sobre tu hijo.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.


























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