Siempre me supe distinto. Algo rarito quizás. Distinto. Con una manera especial de ver el Mundo, con una forma diferente de vivir las cosas. Diría incluso que con una peculiar visión del tiempo, sin prisas. Creyendo siempre que uno llega, aún cuando físicamente sea imposible. Dueño de las manecillas del reloj, capaz de pararlas a voluntad. Convencido de que el tiempo se curva y de que sin duda alguna es relativo.
Y es que haber vivido la infancia y la adolescencia junto al océano, a pocos metros de su furia y a menos de su calma, puede tener algo que ver. A la vera del mar. Tanta sal en el aire respirado, tanta brisa constante y tanto eco de olas en la noche. Aún conservo el especial sonido de arrastre de las piedras en cada recogida del agua, a los pies de nuestras casas que nos cosquilleaba los oídos entre sueños. Vivir en la proa de un barco toda la vida, estar frente al gran azul cuando la tempestad arrecia, te hace a buen seguro de otra pasta. Haber abierto nuestros ojos cada mañana, aún con la nebulosa de nuestros sueños, ante esa masa celeste y dejar que cada mañana el sol usurpase nuestros salones como si de un ocupa se tratase, no puede dejar a nadie indiferente. Uno ya no puede ser el que podría haber sido cuando aprende a caminar a oscuras, siguiendo la estela plata de la luna resplandeciente sobre plásticos de invernaderos, imitando a las ondas marinas en su baile al viento... No es cualquier cosa haber aprendido a calcular la hora por aproximación, gracias al trayecto de un avión que rompe el silencio de la madrugada, cortando el aire sobre nuestras cabezas.
La Playa de Ojos de Garza marca a sus hijos e hijas con tanta intención que después de muchos años sin ver a sus hermanos, uno sigue sintiendo el cariño y la alegría que tantas veces compartiéramos. Los que hemos sabido valorar la vida entre margullos de sal y arrullos de olas tenemos una gran capacidad para sumergirnos ante la adversidad y dejar pasar las tempestades que azotan el mar de la vida. Lejos de invertir energías en nadar contra corriente, flotamos y disfrutamos del nuevo curso del agua, convirtiendo el cambio en una oportunidad. Hemos estado sometidos a tanta amenaza externa, a tanta incomprensión y desconocimiento, que hemos aprendido a empatizar y sencillamente a ser pacientes, no dejando de luchar pero recordando que somos parte de un todo, y que si bien somos poca cosa frente a la inmensidad del Atlántico, somos más fuertes y firmes que el arenal que erosiona el Alisio a su paso. Esa condición nos determina y otorga un sello de por vida, como una denominación de origen, y por eso uno llega a este rinconcito y, a pesar de todo, huele a asadero, a carbón, a marisma en cada casa... Porque somos de esos que dejan que la marea entre libre por nuestras terrazas, y lejos de hacer oposición, aprovecha y con ella baldea los callejones, como si de un rito pagano se tratase.
Hace poco viví un Día del Cristo más y desde el balcón de mi casa pude ver las caras conocidas, que a hombros, lo portaban entre tracas y música de banda, para luego adentrarse en el agua y llevar su imagen orgullosos a otras playas, a otros pueblos... Presumiendo de tradición, henchidos de historia. Durante unas horas desnudamos nuestra ermita, dejándola vacía y abierta con el afán de darnos a otros, llevando nuestra fiesta y agradecimiento a quien nos quiera acoger. Sin miedo, sin complejos.
Nuestra fiesta no tiene un elevado presupuesto. No cuenta con un gran cartel. No se publicita en los medios... Pero hay en ella esencia, calor humano e historias. Cada uno, la suya, pero también existe una historia común de colectivo que ha tratado de conservar la buena cara en los malos tiempos, recibiendo a todos los que han querido estar, estando hasta con aquéllos que tal vez un día no nos quisieron recibir. Somos gente con memoria, pero sin rencor que como el pescador aprende qué costa no debe fondear, pero no culpa al oleaje por haber podido hundir su barca.
Soy de una pequeña playa que vive bajo la sombra de las grandes aves metálicas que nos llevan a los confines de este mundo, que sobrevive cerca del constante fluir del corredor del sureste, y sin embargo, estando tan cerca de todos y en la misma ventana que nos comunica con el resto, aún me siento como en una pequeña burbuja, remanso de paz y sosiego, como en mi reducto, como en mi propia fuente de recuerdos y vida… Cada vez que regreso a ella, recuerdo por qué soy como soy y por qué quiero a los que quiero.
Soy un hijo más de la Playa de Ojos de Garza.
Juan Marcos Pérez es ingeniero técnico de Telecomunicaciones.

























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.239