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El Aaiún: 40 años de clamor saharaui

cojeda Domingo, 20 de Septiembre de 2015 Tiempo de lectura:

Junio de 1975: Javier Burón subía (junto a su familia) a un avión con destino Gran Canaria. Abandonaba de esta manera El Aaiún, la tierra que le acogió durante más de 15 años. Con lágrimas en los ojos veía alejarse ese paisaje en el que tantos recuerdos quedaban. Las autoridades españolas en El Aaiún, el gobierno de España, había decidido ceder el territorio del Sáhara Occidental, en un acuerdo tripartito, la administración, que no su soberanía, a Marruecos y Mauritania. Por lo tanto, el Sáhara sigue siendo hoy, legalmente, propiedad y territorio español, mal que le pese al reino alauita, así consta jurídicamente en el ámbito internacional.

 

El Aaiún fue la capital del antiguo Sáhara Español, hasta finales de 1975 cuando, tras la Marcha Verde de miles de marroquíes, España cedió a Marruecos y Mauritania al firmar los Acuerdos de Madrid. Ambos países tuvieron que vérselas con el Frente Polisario apoyado por Argelia y enfrentarse a ellos.

 

Septiembre de 1975: Tengo que regresar, de nuevo, a El Aaiún, ya que cursaba COU en ese año y me dejaron una asignatura pendiente (la única que suspendí en todo el Bachillerato) que me impidió realizar el examen de selectividad para acceder a la universidad, en junio (los que se presentaron en ese mes fueron aprobados todos por razones obvias). Yo tuve que aprobar en septiembre y regresar a Las Palmas donde no tuve la misma suerte y suspendí el acceso a estudiar una carrera universitaria.

Me pude despedir de El Aaiún ya que estuve unos días pues tanto mi padre como mi hermano el mayor se quedaron hasta el último instante en que les obligaron a evacuar el Sáhara Español definitivamente.

 

Fue un adiós muy triste, lleno de lágrimas de saber que nunca más volvería a pisar ese Instituto de Enseñanza Media ‘General Alonso’. A pesar de haber culminado mis estudios, habían sido siete años plenos de aventuras, de emociones, de sinsabores que también los hubo pero sé que dejaba algo que había representado mucho en mi vida y en la vida de mis compañeros con los que compartí toda mi juventud.

 

Desde aquél 1975, han pasado cuatro décadas, 40 años que son media vida, y en los que he ido haciendo historia de esos 15 años en los que residí en esa capital saharaui, El Aaiún porque forma parte de mi vida… Llegué con 3 años y abandoné mi querido y añorado Sáhara a los 18. Mi infancia, mi adolescencia, mi juventud, han sido vividas, esas tres etapas, quizá las más importantes en la vida de una persona, en El Aaiún, en esa ciudad que cuando llegué no era más que grandes explanadas de tierra y alguna que otra ‘casa de huevo’ (la fabricación que allí prevalecía) y poco más…

 

No había luz, ni agua potable. Las velas eran nuestro aliado en esas noches oscuras donde no se veía nada y ellas formaban parte de esas lúgubres horas en las que tan solo se oía el ‘silencio’… Para calmar nuestra sed teníamos que bajar a la fuente (al menos en donde yo viví aunque no creo que hubieran muchos más lugares al respecto), un grifo del que manaba agua, a saber de dónde, pero que parecía que no tenía microbios que pudieran dañar nuestro organismo. La cuba (un camión cisterna) era la que venía cada semana, si teníamos suerte, y nos llenaba los depósitos de nuestra casa aunque esa agua era la que utilizábamos para guisar y bañarnos, sin agua caliente, por supuesto, ya que hasta que pasaron unos años no tuvimos la posibilidad de utilizar el termo. Los barreños de agua caliente nos servían para poder acondicionar la temperatura del agua y no abrasarnos...

 

Los saharauis, por su parte, se alumbraban con quinqués (luego fuimos nosotros los que también hicimos uso de ellos) en sus jaimas en ese desierto inhóspito, y hacían fuego para guarecerse de las frías noches saharianas y para ahuyentar a las hienas, coyotes y alimañas que podían poner en peligro su ganado, tanto camellos como cabras y cabritillos… A pesar de que ellos eran nómadas el problema de no tener luz lo llevaban mejor que nosotros pero aún así tenían sus complicaciones. Lo del agua para que bebieran sus camellos lo solucionaban acercándose a algún oasis y allí hacían acopio de esas aguas para sus necesidades personales.

 

Eran tiempos de precariedad pero, poco a poco fuimos construyendo una ciudad maravillosa, cuya capital, El Aaiún formó parte, desde entonces, de nuestras vidas. Allí vivimos, crecimos, estudiamos y creamos una sociedad en la que convivíamos saharauis y españoles, en hermandad, respetando cada uno las costumbres del otro. Fue una época en la que nos conformábamos con lo que teníamos, que poco era, pero para nosotros, suficiente y hasta nos parecía increíble todo lo que habíamos conseguido.

 

Pero, cuando estábamos disfrutando del auge y de la prosperidad que existía en El Aaiún, con su piscina municipal, su Parador de Turismo, su Casino de Oficiales, el Centro Recreativo y Cultural (más conocido como ‘Casinillo’), el Instituto ya nombrado, la Iglesia se San Francisco de Asís, el más que necesario Hospital Provincial, nuestro querido cine Las Dunas y la ya famosa Plaza de África que era el lugar de encuentro para muchos de nosotros, etc… y, un sinfín de viviendas en las que teníamos casi todas las comodidades que cualquier otra ciudad de las que formaban parte de España. Se nos consideraba la provincia 53… Éramos felices. Nuestras familias crecían al ritmo de la ciudad, nacían hijos de los matrimonios españoles y de las familias saharauis. Pronto la población aumentó de manera importante y tuvieron que llevarse a cabo planes familiares para no rebasar en demasía los habitantes del Sáhara Español.

 

Empezaron a proliferar ‘guayetes’ (nombre que se les dio a los niños españoles que nacían…). Nosotros también decíamos guayetes a los niños saharuis. Había una comunión entre ambas razas: la musulmana y la española, lo que es lo mismo los saharauis y los españoles. Hoy día, tal vez, la convivencia, sin ese pasado tan dichoso, podría tener sus más y sus menos, lo dudo mucho, pero cabría la posibilidad pero, por aquel entonces todo era cordialidad.

 

Pero llegó ese fatídico mes de noviembre de 1975 en que la Marcha Verde, enviada por Marruecos, cambió el rumbo de la historia del Sáhara Español. Hassán II mandó 350.000 marroquíes y 25.000 soldados con la intención de invadir territorio español, lo que era el Sáhara Occidental. Aquí fue donde comenzó todo, el Ejercito Español se apostó en la frontera para blindar la entrada de una marabunta que se acercaba a El Aaiún a marchas forzadas. También un contingente de la Legión estaba presto y dispuesto a enfrentarse, sin ningún temor, a las tropas marroquíes. Los legionarios eran la primera línea de fuego pues se sabía que los moros tenían un respeto, más bien un miedo terrible a los valientes legionarios del Tercio don Juan de Austria, 3º de la Legión. Tenían su acuartelamiento al final de la calle principal de El Aaiún, la Avenida del Ejército, desde allí salían cada tarde, (la que les correspondía pues tenían que compartir el ‘piquete’ como se conocía el desfile que llevaban a cabo por dicha avenida: con los ‘paracas’ (paracaidistas), los de aviación y los ‘pistolos’ (como se les conocía a los componentes del ejército de tierra), a ‘paso legionario’ (162 pasos/minuto) y que eran la admiración de cuantos allí, en El Aaiún, vivíamos.

 

Lo que se temía, que era la invasión de El Aaiún por habitantes marroquíes, se hizo realidad y el desenlace fue la ocupación de la capital del Sáhara Occidental por unos cuantos miles de ciudadanos que no tenían donde caerse muertos pero que, provocaron la indignación del pueblo saharaui al ver su territorio repleto de una gente que no eran sus hermanos de sangre, sino intrusos que no fueron bien recibidos. Pero nuestro ejército recibió órdenes de Madrid de no entrar en confrontación con el país vecino y nuestras tropas se retiraron al igual que el Tercio de la Legión.

 

A partir de entonces el Sáhara Occidental queda en manos de Marruecos que repartió el territorio a su antojo, quedándose con la mejor parte. De esta manera, los saharauis indignados abandonaron El Aaiún y fueron a refugiarse a las afueras de Tinduf (Argelia), en donde montaron sus campamentos. Al parecer en 2010, la población argelina rondaba los 47.965 habitantes a los que había que sumarles los 90.000 refugiados saharauis que procedían del Sáhara Occidental, los cuales se han ido incorporando desde aquel año de 1975.

 

El conocido Referéndum de Autodeterminación del Sáhara no llegó a realizarse en ningún momento ya que, primero Hassán II como, a su muerte, el rey Mohamed VI no han hecho más que poner trabas ante la ONU que siempre ha estado dispuesta a proclamar la autodeterminación del pueblo saharaui. El reino de Marruecos nunca ha permitido que el Plan Baker prosperase. En 2003, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó por unanimidad dar su apoyo a dicho plan entreabriendo las puertas a una solución para un conflicto con el reino alauita que se prolonga ya más de tres décadas: en este año 2015, son cuatro: cuarenta años de soledad en el desierto.

 

‘El Aaiún: 40 años de clamor saharaui’, es el título de mi artículo y en estas cuatro décadas, he ido acompañando a mis hermanos saharauis en su periplo de conseguir que, en algún momento tiene que imperar la ley divina, logren la tan ansiada libertad para su pueblo y, por ende, para ese trocito de tierra que es El Aaiún, la ciudad donde me crié y la que pretendo, al igual que miles de saharauis desplazados en los Campamentos de Tinduf que anhelan que llegue el tan soñado día de volver a pisar con sus babuchas su territorio, usurpado por un Marruecos que no es el dueño de tales tierras y que, más tarde que pronto, se verá abocado a un destierro, lejos de las arenas del Sáhara Occidental que es propiedad de los nativos de El Aaiún, capital de ese tan bello desierto sahariano (que no marroquí, ¡nunca lo ha sido ni lo será…).

 

El ‘clamor saharaui’ por conquistar aquello que le fue robado es un llanto lastimero que no conoce fronteras. Sobre todo la mujer saharaui es la que, en todos estos años, ha sido la que ha estado al pie del cañón, la que ha tirado del carro, como se dice. Gracias a las mujeres saharauis, El Aaiún volverá a formar parte de sus gentes, los nacidos en este territorio que, debido a sus fosfatos, es un manjar para cualquier país que pretenda sacar tajada de la riqueza de un territorio que, gracias a los españoles se transformó en todo un referente a nivel mundial, codiciado por su enclave y sus fuentes de riqueza, repito una vez más…

 

Ese ‘clamor saharaui’ es digno de encomio ya que muy pocas razas soportan con ese ánimo estoico tantos años alejados del progreso, de las costumbres que aprendieron junto a los españoles, sufriendo toda clase de inclemencias y tratando de conseguir que sus ‘guayetes’ tuvieran cubiertas todas sus necesidades, al menos las más esenciales: en todos estos años han podido construir escuelas, rudimentarias, pero de alguna manera los chiquillos han podido aprender lo más elemental. En Tinduf, donde hacen su vida tienen ‘dispensario’ (lo que el progreso conoce como hospital), a modo de ambulatorio. Yo sé perfectamente de lo que hablo pues en 1960/65 en El Aaiún estábamos en las mismas condiciones.

 

El ‘clamor saharui’ de una raza fuerte, la ‘nómada’ que te hace ser más osado de lo común, que aguantas como lo hace el camello que pasa días sin beber… El saharaui es un ser humano con unas condiciones muy especiales y que ha nacido así, como verdaderos ‘hombres del desierto’. En ‘hassanía’, el dialecto que emplean y que yo llegué a conocer alguna palabra, me gustaría conocer algo más para agasajarles como se merecen pero, no sé cómo se diría: ¡saharaui, ‘grande’…!

 

Y, después de 40 años, El Aaiún sigue con ese ‘clamor saharaui’ hasta que, de una vez por todas, los nativos de ese su Sáhara Occidental despierten de esa terrible pesadilla y su sueño se haga realidad: regresar a su territorio, al lugar donde nacieron sus predecesores porque, hoy en día, creo que poquitos saharauis de aquél 1975 y, no digamos de 1960, cuando el que esto firma llegó a El Aaiún, quedarán. De todas formas, confío en que la paz y la libertad formarán parte de la idiosincrasia saharaui muy pronto.

 

Este ‘clamor saharaui’ solo puede tener una despedida: ¡Sáhara hurra! (Sáhara libre). Que Alá bendiga al pueblo saharaui y le conceda volver a su ‘tierra prometida’ con todos y cada uno de sus Derechos Humanos recuperados para que, un día, los españoles que así lo deseemos, podamos visitar una vez más El Aaiún y tengamos la dicha de disfrutar de tomar los ‘tres tés’: el primero amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y, el tercero suave como la muerte…

 

El Aaiún volverá a ser la capital de nuestro Sáhara Occidental y ese ‘clamor’ saharaui será para gritar, a los cuatro vientos: “Salam Alaikum” (La paz sea contigo).

 

P.D.: La pintura que encabeza el artículo es obra de Ricardo Acra Caudet y su título, más que significativo: “Ojos de libertad” (retrato de Aziza Brahim, cantante saharaui).

 

Francisco Javier Burón Monís es ciudadano de Telde.

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