Como padre de un niño de nueve años, que de momento, juega al fútbol, aunque ya ha practicado diferentes deportes; creo que debemos tener muy claro que el deporte no educa por sí mismo. Que nuestros jóvenes vayan un par de tardes a la semana a entrenar y el fin de semana a competir, no garantiza que esa experiencia esté aportando conceptos, habilidades, actitudes, valores y normas adecuados a su edad para que favorezcan su formación integral.
La educación es siempre un proceso y cuando el deporte sólo se orienta hacia un fin, que es la competición, únicamente se mide por el resultado de un partido y esa “obsesión competitiva”, termina por quitarle al deporte su valor como medio educativo, porque ganar es lo único que importa.
Para que el deporte que se realiza en edad escolar contribuya a la formación de nuestros hijos e hijas, lo primero que debemos hacer es adecuar los contenidos a su capacidades y conocer en qué deben formarse según la edad. Es conveniente que nos preguntemos, por ejemplo, que si a un niño de ocho o nueve años no se le enseña en matemáticas la raíz cuadrada, por qué en el deporte nos empeñamos en enseñar habilidades, jugadas o técnicas para las cuáles sus capacidades físicas y psíquicas, no están en el momento adecuado para que asimilen lo que tanto nos empeñamos que aprendan y poder ganar el partido del fin de semana.
La competición no es mala por sí misma, lo que ocurre es que no hemos enseñado a competir. Cuando los mayores organizamos el deporte de los niños y niñas, es cuando, éste, pierde su verdadero sentido como medio educativo; porque no basta con que disfruten, nos hemos obstinado en que, además, deben ser estrellas y que aparezcan en los periódicos locales.
¿Por qué hemos copiado el modelo de competición de los adultos e incluso se reproducen y se inculcan los hábitos de los deportistas de élite? Es como tratar de enseñar álgebra a niños de primaria. Primero tienen que pasar por distintos niveles y operaciones básicas. Pues lo mismo debe ser en el deporte. Debemos cumplir con las diferentes etapas de la iniciación deportiva y no adelantarlas por el afán de querer conseguir lo antes posible a “campeones” ficticios, desde expectativas falsas que generamos lo mayores.
Hay estudios realizados que confirman que la mayoría de los niños y niñas abandonan la practica del deporte a partir de los doce ó trece años. En Estado Unidos, concretamente, el 70 % lo deja a los trece años y este porcentaje aumenta antes de los quince. Las razones que los adolescentes atribuyen para ello es la falta de diversión, cansancio, agotamiento y el ambiente de presión que han creado los padres y los entrenadores. En la sociedad de la inmediatez, hemos agotado las posibilidades del deporte en edad escolar de convertirse en un medio educativo. De practicar deporte, simplemente por afición y que seamos capaces de conseguir que adquieran el hábito de practica deportiva saludable para toda la vida.
Por todo ello y muchas razones más, no añadamos más tensión al deporte de nuestros hijos e hijas. Dejemos que jueguen y que verdaderamente se formen, para que a partir de los dieciséis años, edad en la que puede darse por terminada la fase de formación deportiva; puedan decidir si quieren ser campeones, pero que lo decidan, ellos. Nosotros, los mayores junto con las Administraciones Públicas, preocupémonos para que vean en el deporte, mediante una adecuada práctica, principalmente, el valor de la salud.
José Miguel Álamo Mendoza es profesor titular de la ULPGC, concejal del PP en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y ex consejero del Cabildo Insular.
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