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El jardinero que enamoró a Samuel

cojeda Lunes, 20 de Julio de 2015 Tiempo de lectura:

Está celebrando sus 78 años y es buena gente, creativo y sensible. Vive en Sardina del Sur en una casa que le dejaron sus hermanos para que viviera su vida. La familia prefirió que lo hiciera a su aire porque no a todos les gustaban sus amistades, sus visillos rosados, su música y a veces su descaro. Mejor un poco lejos. Allí, en esa casa, Samuel –nombre ficticio- ha vivido una larga y preciosa historia de amor con alguien que hace 23 años tocó en su puerta para cuidar el jardín y acabó regando su vida con agua de rosas.

 

Un amor clandestino que solo conocíamos sus íntimos y su anciana madre, ya fallecida. Con el tiempo Samu abrió su corazón y contó lo que muchos ya sabíamos: que el cuidador de sus plantas ha sido el amor de su vida. Nunca se casaron, no quisieron. A Samuel le daba vergüenza y eso que su pareja se lo pidió mil veces. El no se imaginaba a sus amigos tirándoles pétalos o gritando “¡viva los novios!” a la salida de la iglesia. No. Solo ha dicho “sí quiero” cuando una enfermedad puso sus ojos en el jardinero.

 

Entonces la discreción y la timidez del amigo se esfumaron como por arte de magia y de aquél hombre que caminaba de puntillas, sin hacer ruido, emergió un ser alegre y hablador, risueño, tanto que si llegabas a casa desde la misma puerta escuchabas música. Rocío Jurado y Lola Flores. Y no es que a él le gustaran especialmente, no, no, a quien en realidad le encantaba era a su novio que con esas notas acompañaba su convalecencia cantándolas bajito mientras llegaban los mimos y los cuidados de su amor.

 

Pronto iremos de boda porque la salud ha mejorado. Están felices; hay tanta complicidad entre nosotros que hace unas semanas inesperadamente Samuel me acorraló en la cocina. “¿Te acuerdas de aquel policía que me violó en la prisión de Fuerteventura cuando me desterraron por maricón?” Sí. Mi amigo no tenía más de 22 años. Incluso tengo fotos del apuesto soldado, en aquella prisión. Claro que lo recuerdo, le dije. Juntos denunciamos lo ocurrido cuando me enteré y documenté su relato. “¿Te conté que una vez lo vi en la calle, lo seguí y le dije casi llorando ¡yo te conozco; soy el chiquillo que violaste en la cárcel, cabrón!”

 

No lo sabía. “Era un hijo de puta”. No lo dudes Samu. Se emocionó, abrimos cervezas y nos fuimos al jardín.

 

Marisol Ayala es periodista. Artículo publicado en su blog.

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