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El daño irreparable

cojeda Lunes, 15 de Junio de 2015 Tiempo de lectura:

No tendría más de ocho cuando lo conocí. Un niño. Jugaba con los míos. Iba a casa, su madre era amiga. Varias mamás trabajadoras sacábamos a los niños adelante. Nos ayudábamos. Una cuidaba de uno, otra se los llevaba a la playa, la de más allá los llevaba a música, en fin, lo que se llama una familia. Los hombres organizaban excursiones para cuando tocaba trabajar en festivo. En definitiva aquellos hijos eran casi míos y los míos casi de todos.

 

En carnavales los vestíamos como un palmito y algunos premios se llevaron. Nunca olvidaré que al niño del que comienzo hablando lo disfrazamos de torero. Era de poca estatura y fotos hay en casa de nuestro apuesto Manolete risueño, de dientes blancos y uniformes. Muchas cosas nos unieron a lo largo de nuestras vidas jóvenes. Muchas.

Cuando los niños crecieron cada cual eligió un camino y aunque manteníamos contacto, no era lo mismo. Nos llamábamos en fechas señaladas, nos veíamos si la ocasión lo requería y poco más. La lejanía se lleva la complicidad y las personas con las que has compartido tantas cosas te resultan ajenas; no tienen de qué hablar.

 

Y un día todo saltó en mil pedazos. Un suceso sobre niños desaparecidos que causó gran alarma en Canarias nos destartaló a todos. Se buscaba un culpable y la policía, desesperada, filtró rasgos físicos de un hombre, las zonas en la que se movía, su coche, etc. Después de semanas con el caso en las primeras páginas alguien identificó a la criatura que se vestía de torero, el amigo de mis hijos, el hijo de mi amiga, como el presunto autor de los hechos. Lo detuvieron y lo exhibieron a cara descubierta. Ya se imaginan el dolor. Con el corazón en un puño me negué a escribir del caso. Un día, el día que vi su foto y lo reconocí descolgué el teléfono y hablé con mi amiga, su madre. Sin apenas palabras me dijo que le había traicionado. El periódico sacaba mentiras y yo lo permitía. No fui capaz ni de pelear por sacarla del error. Respeté su dolor.

 

El chico acabó detenido por otro delito pero nunca por la desaparición de menores. Era inocente pero le destrozaron la vida. Hace poco lo vi después de algunos años. Nos miramos indecisos, sin saber qué hacer, hasta que me dedicó su sonrisa de dientes blancos y me abrazó. Apenas hablamos. No pudimos.

 

Compartimos el nudo en la garganta.

 

Marisol Ayala es periodista. Artículo publicado en su blog.

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