Como cada primer domingo de mayo se celebra el Día de la Madre, aunque ellas lo son todo el año. Desde este mi pequeño rincón quiero agasajar de un modo sincero a todas las mamás, a todas esas mujeres que han decidido tener descendencia (de modo natural, artificial o mediante la adopción) y sacrificarse por lo que representa el valor más preciado para la mujer: concebir un hijo. Pero mi historia va, también, dedicada a mi bisabuela, a la que llamábamos cariñosamente ‘Mamá Grande’.
Mi bisabuela, al igual que las que hay en cada familia, nuestra querida mamá ‘grande’, fue la mamá de mi abuela Mariuca que, a la postre, fue la mamá de nuestra (somos siete hijos) adorada ‘mami’, por la que nos preocupamos aunque ha sido ella la que se ha desvivido por todos nosotros, más que nosotros por ella.
Esa es la virtud que tienen todas esas mujeres que a lo largo de su vida han tenido la fortuna de parir y de vivir ese momento tan especial que ellas mismas relatan con tanto gozo. Es un don que poseen y que lo desarrollan según van creciendo esos hijos que han tenido. No lo abandonan hasta que esas criaturas son adultas y, aún así, siguen siendo aquéllos niños que para ellas, las mamás, nunca dejarán de ser sus niños…
Mi bisabuela, a los 70 años, era todo un primor, se conservaba de maravilla y supo vivir la vida como una gran señora, con una elegancia fuera de lo común y con un corazón y una bondad que conquistaba a la gente sin apenas esfuerzo. Para nosotros, sus bisnietos, que apenas la conocimos, nos queda un recuerdo entrañable que nuestra mamá se ha encargado de contarnos las virtudes de nuestra bisabuela Mercedes.
La abuela Mariuca tuvo la desgracia de fallecer a los 46, de cáncer, lo que supuso un duro golpe para nuestra mamá que se quedó huérfana a los 18 años. Ello no fue óbice para que, la menor de cinco hermanos, siguiera su vida, se casara y tuviera la dicha de criar a siete criaturas. Mercedes, que es como se llama nuestra ‘mami’, luchó y sufrió por cada uno de nosotros y superó de este modo el haber perdido lo que más quería en este mundo: a su mamá.
Pero la vida muchas veces nos juega estas malas pasadas, nos arranca de las entrañas a nuestros seres más queridos. Mi mamá, bueno, la de mis hermanos y yo, tuvo en ‘Mamá Grande’ a su segunda mamá. Tuvo la dicha de disfrutar de una de las personas más cariñosas y entregada a su nieta por el simple hecho de haberse quedado sin ‘su mamá’…
Esta es la historia de una bisabuela que vivió para los suyos, de una mamá ‘grande’, apelativo que le hacía honor, ya que su personalidad iba acorde con la consideración que todos sus familiares le profesaban. Del refrán: de tal palo, tal astilla, en esta ocasión se cumple fielmente pues nuestra abuela Mariuca, también supo inculcar en sus hijos unos valores que les han procurado formar sus respectivas familias a la antigua usanza, plena de valores de convivencia, lo que nos ha permitido a los siete, seguir la estela de lo que representa la maternidad y, sobre todo, la idiosincrasia de lo que representa una mamá en una familia: amor, cariño, sufrimiento, dedicación, sensibilidad, bondad y todos los adjetivos que poseen estos seres que nos han dado el regalo más hermoso que poseemos: la vida.
Dedicado a todas las madres e hijas que han padecido el terremoto de Nepal. Un día esas niñas también llegarán a ser mamás y, mis súplicas por todas las que han perdido la vida en este desastre natural.
Francisco Javier Burón Monís es vecino de Telde.
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.147