En muchos países de la Unión europea está prohibido enarbolar el uso de símbolos que remitan a horrores como el nazismo; también los libelos que inciten al odio o libros donde se niega el Holocausto. El libro de cabecera de los nazis –Mi lucha- aún se publica en muchas partes del mundo: en unos de forma abierta y en otros clandestinamente.
Penado por ley está todo lo referente a la discriminación por etnia, cultura religión o lo que quiera que fundamente la identidad de un pueblo.
En Turquía lo que está sancionado es precisamente sostener que hubo genocidio con el pueblo armenio y no negarlo. Negarlo es lo que ha hecho siempre los diferentes gobiernos turcos laicos o religiosos, y ahora ha vuelto a la primera página de los conflictos históricos y diplomáticos que se dan con frecuencia europeos.
Vuelve este asunto no cerrado, ni enterrado por una y otra parte, donde Turquía ve una consecuencia de la guerra, Armenia computa un genocidio en toda regla. Y el papa Francisco, en su línea habitual de denuncia, que tiene a muchos en la curia preocupados y atemorizados por sus palabras, ha hablado no sin consecuencias. El papa ha llamado a las cosas por su nombre en recuerdo de los millones de víctimas y desplazados de católicos armenios que fueron masacrados en la Primera guerra mundial. Aunque cierto es que durante siglos el conflicto, con el avance del Islam, los cristianos armenios fueron un muro de contención hacia el Cáucaso y los Balcanes utilizando recursos propios de una guerra de exterminio o de defensa para otros.
¿Predica el papa con el ejemplo? La iglesia se ha pasado los últimos quince años pidiendo perdón desde Galleo a los victimarios de de abusos, de la ostentación de muchos de sus miembros a la inacción cuando han apoyado dictaduras y a dictadores, al abandono de los pobres o lo marginados y aún tiene cuentas pendientes: el respeto a las millones de mujeres que han sido y son parte esencial de la Iglesia.
En mil setecientos años de andadura –desde que la iglesia se convierte en un poder del imperio romano- son demasiadas las causas abiertas y pendientes que con personas como Francisco pueden ir avanzando prudentemente.
Ante estas reflexiones –denuncia- del papa, el gobierno turco ha reaccionado de una forma visceral llamando a consultas tanto a la representación religiosa como diplomática vaticana en el país. Y en estos momentos es crucial un acercamiento, pues Turquía que pertenece a la OTAN, quiere ser miembro de la Unión y también desea disipar dudas sobre su corriente religiosa -que ahora mismo gobierna- y extirpar el radicalismo religioso en un espacio geográfico que la hace imprescindible para que Europa y Oriente se entiendan.
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.

























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