Nos llaman cruzados. No importa si crees o dejas de creer en la cruz: dese hace siglos se ha convertido en el símbolo de una civilización que quiere devorar a otra. Nos llaman cruzados sin saber a qué país, estado o región pertenecemos, pero somos de la parte del planeta que está en occidente, más allá de donde el sol se pierde y aparece la media luna y su medida del tiempo, de la cultura, de la religión, de la moral o de la vida. Nos llaman cruzados haciendo mejor el sueño imaginario de los templarios, de la Jerusalén conquistad y vuelta celeste por obra y gracia de las armas.
Estamos viviendo en una cultura donde los jóvenes y no tan jóvenes está dejando las iglesias vacías, que solo parecen reconocerse por ciertas solemnidades o ritos religiosos de los que aún no se ha despegado la sociedad, donde muchos se declaran ateos y agnósticos y a otros no les importa lo más mínimo, pero son cruzados.
Se aman y se casan personas del mismo sexo; los bancos son usureros, los campos de futbol se llenan, las discotecas están rebosantes de gente y diversión, donde los viernes y los sábados y los domingos, son sus días de oración y ayuno, preparan sus grandes celebraciones paganas al ritmo de una música endemoniada, pero son cruzados.
Y ya no hay distinción: si es por agravios cometidos durante mil años, o nos están cobrando el precio de mantener un estado judío democrático en la región o simplemente a los iluminados les ha dado por aterrar al infiel allí donde se halle, no importa que se esconda ni qué gobierno lo ampare, le dé señas y lo arme imponentemente; allá irán las huestes del bien con cimitarra y a lomos de purasangre parando los pies al impío. O quizás se acuerden de Carlos Martel, de Bizancio, de Sión, del imperio otomano, del país de los vándalos, de la luna iluminando la oscuridad que van dejando por donde pasan.
Y todo el arte de milenios no es más que propaganda cruzada, donde los grandes propietarios reclutaron a los más grandes pintores para que imaginaran todo un tratado doctrinal al servicio de los poderosos: desde el siglo segundo hasta el siglo quince todo debe desaparecer, ya sea en piedra, lienzo, madera o lámina grafiada de mil formas y con mil acentos.
Los hombres y mujeres que iluminaron los siglos de esplendor, precisamente por esa luz, que se quemaron a la llama de los velones, que compendiaron el saber en libros tan sagrados como los antiguos que atesoraban otros pueblos, que crearon las bases del pensamiento, la educación, la filosofía y la ciencia y que se proclamaron importantes valores como indefectiblemente ligados a la suerte del ser humano: su igualdad y su libertad junto o frente a otros seres humanos, su inviolabilidad en derechos como la vida o la dignidad…pero han sido y son cruzados y sus herederos occidentales mantienen impenitentes derechos y libertades, discusión y análisis, dialéctica y praxis…, en fin la herencia depositada para que las culturas, las tribus, los clanes, las familias aprendan a juntarse sin agresividad y sin violencia, respetando y guardando las diferencias, que a la postre son las que de verdad unen.
Pero cuesta pensar y más imaginar, que esta manera de actuar se deba solo a cuestiones de religión, a guerras de creencias, porque en el fondo se atisba un grave conflicto existencial, como si a una parte de la humanidad se le hubiera quitado su lugar en el mundo para obrar como quiera. Así, que mientras encuentran su camino, su lugar en este planeta infernal, lo van allanando según modo y creencia, que no es otro que crucificar al que disiente en cualquier asunto: no importa; estemos bautizados o no, somos objetivos porque somos cruzados, por el simple hecho de haber nacido donde el sol se pone, están en guerra contra la civilización cruzada.
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.
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