Otro año más se hizo realidad aquel hermoso cuento que en la cultura cristiana se llama Día de Reyes. Se hace realidad para millones de niños que se creen lo que están viendo. Como si de una alucinación se tratara, desfilan ante sus ojos legiones romanas, pajes, bandas de música y unos señores que parecen reyes de verdad con su pompa a cuestas, encima de esos camellos grades y embozados que asustan un tanto. Los gritos de los niños y niñas, las caras de asombro, el miedo que produce una emoción tan repentina, es una forma de entrar en el fabuloso mundo de lo mágico.
Y pienso que deberíamos tener cuentos para adultos que se hicieran realidad. Tendríamos que poder entrar de nuevo aunque solo sea de paso, en un mundo vedado por la razón y el conocimiento de uno mismo. Pero se nos acaba el tiempo para dejar una narración que nos redima de tanto desastre que hemos ido sembrando por este planeta, que desde hace cuarenta años sabemos que es una pelota flotando, mantenida por la fuerzas de gravedad, que se ve azul rodeada de nubes blancas como jirones y que contiene todo lo necesario para la vida en un exacto equilibrio difícil de reproducir y muy fácil de destruir.
Y es posible que la vida que en ella campa, esté sometida a tensiones que podrían hacerla desaparecer en pocos cientos de años. Por eso están preparando las naves para alcanzar otro planeta donde se pueda desarrollar una existencia similar a la de la tierra. Y ya hay voluntarios para llegarse hasta Marte y no volver nunca más y ese es el cuento que nos cuentan cada día.
Los niños que estarán a esta hora cambiando pilas, requiriendo al padre o la madre para que le digan como se levanta el helicóptero, como se forma la pista de carreras, cómo se le pone el vestido a la muñeca o cómo establecer una estrategia y cargar las armas espaciales para acabar con los invasores.
Los niños de otros lugares que también celebran la llegada de los magos de Oriente, viven casualmente en el Oriente y no tendrán ni juguetes ni ganas de jugar; ni cuento ni verdad, ni paz ni libertad; Ni voz ni pan, ni palaza donde jugar, ni calle donde correr. Y es aquí donde deberíamos construir un nuevo cuento, un cuento que se adapte a las circunstancias históricas, culturales, económicas, sociales y religiosas de millones de personas que aún no pueden relatar lo que les han contado, que no pueden trasmitir su acervo porque se paga con la vida el hacerlo.
Decía Sánchez Ferlosio que mientras no cambien los hombres no cambiarán los dioses y eso es precisamente lo que se debería intentar, porque desde la responsabilidad que tenemos como adultos tenemos que hacer posible que el cuento siga su camino de quimera asustada. Al final hemos estado buscando lo mismo durante milenios y el sufrimiento de la existencia se nos ha hecho más transitable con algunos cuentos como el que se escenifica estos días.
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.
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