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¿Acaso demasiados intelectuales en Podemos?

Cristina Martes, 18 de Noviembre de 2014 Tiempo de lectura:

Hace pocos días el joven Pablo Iglesias fue elegido secretario general de Podemos, formación o agrupación ciudadana que en tres meses llevó al Parlamento europeo a cinco diputados. Y, a continuación, casi 108.000 personas decidieron también quiénes son (aunque quedan algunos por elegir) los miembros del Consejo Ciudadano y, además, de la Comisión de Garantías Democráticas.
 
Tras analizar con detenimiento los currículos de muchos de ellos (plenos de envidiable juventud, formación universitaria con brillantísimos expedientes académicos y ampliación en universidades extranjeras europeas y norteamericanas e, incluso, de experiencias aularias como docentes), puede llegarse a la conclusión de que Podemos -en sus dos órganos ya citados arriba- está formado por personas absolutamente vinculadas a la universidad. Así, por ejemplo, en un primer recuento se imponen los filósofos, muy seguidos de cerca por doctores en Ciencias Políticas (el propio Iglesias y las tres personas más próximas a él -Íñigo Errejón, Juan Carlos Monedero y Carolina Bescansa-, aunque hay más de diez), algunos de ellos como docentes.
 
Les siguen abogados o profesores en facultades de Derecho, historiadores (varios, especialistas en Arte), economistas, sociólogos, periodistas, biólogos, matemáticos, médicos, profesores de Educación Física (“Mens sana in corpore sano” fue el lema de la Institución Libre de Enseñanza), músicos… Aunque sus procedencias universitarias son variadas, el dominio casi monopolizador lo tiene Madrid. Y de tal Comunidad destaca la Universidad Complutense, aspectos estos que no son la reencarnación del centralismo madrileño: reflejan la comunicación personal entre muchísimos de ellos. Se trata, pues, de un equipo de profesionales casi absolutamente vinculados por tres hilos conductores: Madrid, la Complutense (ya como exalumnos, ya como profesores) y la aproximación en edades, es decir, con las mismas preocupaciones y experiencias. 
 
Justamente hace cien años se inició en Europa la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918). Por razones en las que ahora no puedo extenderme, su repercusión en España fue impactante aunque este país se mantuvo en un teórico plano neutral, si bien es cierto que tanto el Gobierno como sectores industriales y conservadores se sintieron germanófilos mientras que reconocidos intelectuales mostraron sus simpatías por los aliados (generalizo). ¿Quién ganó la contienda? Si lo analizamos con rigor, solo hubo una gran perdedora: Europa, sumida en la miseria y en la muerte de millones de jóvenes de ambos bandos. Sin embargo, en la Cultura (la cultura es pensamiento, son ideas) se produjo un fenómeno contrario al del odio entre países: la barbarie de aquella contienda identificó a miles de intelectuales europeos (lo que Ortega llamó “el cosmopolitismo”) que tomaron partido por el hombre, por la palabra como única arma de combate, por el predominio de la razón sobre la pasión.
  
Y fue esta Guerra, precisamente, el revulsivo que llevó a jóvenes universitarios españoles (algunos, próximos a las aulas; otros ampliaron estudios en universidades europeas) a la consideración de que era preciso romper con los esquemas que habían caracterizado a la burguesía en el anterior siglo XIX. Por eso abandonan en lo literario las tradiciones novelísticas o poéticas y desarrollarán el ensayo, incluso dentro de lo que se edita como novela (es el caso, por ejemplo, de Belarmino y Apolonio, narración – ensayo de Ramón Pérez de Ayala).
 
Y porque estaban convencidos de su misión casi redentora, se creyeron obligados a participar en la política bajo la dirección de un guía, Ortega y Gasset (catedrático de Metafísica en la Universidad Central), aquel que en 1913 constituyó con Azaña, Fernando de los Ríos y otros la Liga para la Educación Política. Y en 1931, con Antonio Machado, Marañón…, funda la Agrupación al Servicio de la República (“Es preciso apoderarse del poder… valiéndose de la libertad como instrumento pedagógico”). Poco después, el abandono desleal de la Agrupación por parte de Ortega y, sobre todo, de Gregorio Marañón, producirá en el corazón de Antonio Machado un especial sentimiento de dolor. 
 
Así pues, política, universidad (aulas), pedagogía, libertad, república, estudio del pensamiento europeo, rechazo a lo caduco… son elementos comunes a los jóvenes de la llamada Generación del 14, aquella formada por universitarios provenientes de clases burguesas pero que también insistieron en la europeización de España frente a (¡otra contradicción unamuniana!) la españolización de Europa que llegó a pedir Miguel de Unamuno. En medio, La rebelión de las masas (1930) de Ortega, quien insistió en que la voz “masa” no debe ser entendida como ‘agrupación indiferenciada de personas’, aunque sí es la masa el peor enemigo de la revolución… estética.
 
¿Algo que ver con Podemos o, muy al contrario, simples coincidencias, repetición de un ciclo como los tantos que definen a la sociedad humana? Hay, en efecto, concomitancias, muchas: para algunos, solo son casuales, accidentales; para otros –con pánico a lo que Podemos significaría- pueden ser hasta premonición de lo que le sucederá a esta asamblea que llega con ímpetus y como sueño para un cambio radical, una serena pero contundente revolución interior que dé al pueblo la posibilidad de, al menos, una esperanza. Para los terceros, nada tienen que ver una cosa con la otra. 
 
De la Generación del 14 conocemos su afán renovador, pero también sus contradicciones. Podemos se inicia, también con ciertas antítesis. Sin embargo, hay en ambas formaciones un hecho para mí radicalmente diferenciador: el 14 llegó a creerse que estaba destinado al gobierno del país (aunque sin entendimiento con la gente); Podemos (quizás la alianza PSOE – PP lo impedirá) surge con ansias de gobierno porque el pueblo deseaba algo que lo ilusionara. Por el momento la esperanza lo mantiene, como mantuvo al poeta gomero Pedro García Cabrera. Y tengo la impresión de que no son millones los ciudadanos que miran a Podemos con recelos, prejuicios o suspicacias. Aunque bien es cierto que el Consejo Ciudadano debe ir definiendo su filosofía con los pies en el suelo, ajeno a utopías. Pero, además, con una idea muy clara: no están en el aula. Y los enemigos de sus razones no siempre son respetuosos.
  
Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.
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