Después de la caótica situación provocada por la guerra del 98 contra los Estados Unidos, junto con la muerte de los líderes carismáticos de la Restauración, Cánovas y Sagasta, que habían permitido una cierta estabilidad al sistema canovista. Por el desgaste de la reina regente, María Cristina, con la edad de 16 años, el 1 de enero de 1902, juró como rey de España Alfonso XIII.
Por su implicación en la guerra colonial en África, el Marruecos español, fue llamado el Africano, política imperial de triste recuerdo con la Semana Trágica de Barcelona (1909); de igual forma, por sus pies delgados tenía el mote en Cataluña del “en Cametes”, el piernecillas.
Su discurso en la proclamación como rey es visionario, al afirmar que sus gobiernos podían dar pie a la II República:
“En este año me encargaré de las riendas del estado, acto de suma trascendencia tal como están las cosas, porque de mí depende si ha de quedar en España la monarquía borbónica o la república; porque yo me encuentro el país quebrantado por nuestras pasadas guerras, que anhela por un alguien que lo saque de esa situación. La reforma social a favor de las clases necesitadas, el ejército con una organización atrasada a los adelantos modernos, la marina sin barcos, la bandera ultrajada, los gobernadores y alcaldes que no cumplen las leyes, etc. En fin, todos los servicios desorganizados y mal atendidos. Yo puedo ser un rey que se llene de gloria regenerando a la patria, cuyo nombre pase a la Historia como recuerdo imperecedero de su reinado, pero también puedo ser un rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y por fin puesto en la frontera. (...) Yo espero reinar en España como Rey justo. Espero al mismo tiempo regenerar la patria y hacerla, si no poderosa, al menos buscada, o sea, que la busquen como aliada. Si Dios quiere para bien de España.” (Del diario de Alfonso XIII, 1 de enero de 1902).
Felipe Enrique Martín Santiago es profesor e historiador.
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