La inmigración irregular es el pan nuestro de cada día; el pan que nosotros nos comemos y que ellos los olvidados quieren tomar. El pan nuestro porque nos desayunamos, que no es poco, con las noticias de un nuevo desastre que tiene en los seres humanos su razón de ser.
Estamos prejuiciados hasta en la compasión, y no se trata de poner un ausente de la historia en tu vida, como algunos tratan de equivocar el camino; hay cuestiones que van más allá de intentar enseñarles español en el tiempo que están retenidos, ponerles agua corriente y comida por unos meses: casi sin excepciones son enviados de vuelta y algunos vuelven por donde antes han pasado y vuelta a empezar.
Últimamente se come mucho pan; hay infinidad de panaderías y en los lugares más deprimidos se pueden ver establecimientos donde por un euro compras diez panes; y otros más sofisticados que por un euro compras un pan.
No hay nada de extraño y asombroso en que quieran comer, vivir, participar de su nueva vida, empezar otra vez sin normas abusivas manifestadas en persecuciones religiosas, explotación de los recursos naturales de sus regiones, las intestinas luchas tribales herencia de la colonización y la sutil desconolizacion que no termina de coagular.
Para quien guste de la cifras, de las estadísticas, en todo el mundo se ha puesto en marcha una silenciosa multitud que por cientos de millones- Centroamérica, Méjico, África, Asia- quieren sentirse humanos y no animales, que quieren criar a los hijos en paz y ser libres, que es definitiva a lo que van y vienen. Ya fueron durante ciento de años tratados como bestias y millones fueron arrancados de su tierra para morir esclavos en los campos de algodón, de caña de azúcar, de tabaco o simplemente atados hasta que fueran vendidos o muertos.
La enorme sensibilidad que debería despertar estos hechos no está a la altura de las circunstancias: la costa mediterránea de África y el estrecho pasillo de las Canarias nos vomita todos los días cómo asfixiarse en un camión, cómo congelarse en el tren de aterrizaje de un avión o cómo morir ensartado en alambre de espino o simplemente morir ahogado o de inanición. Esta es la gran falta democrática del mundo, este desastre estructural donde todos estamos sometidos a alguna pieza de su engranaje, pues si no, yo no estaría escribiendo, casi de lejos, y ellos no estarían muriendo tan cerca.
Si los estadistas que nos gobiernan no son capaces de enfrentar el problema y si por el contrario en Europa la criminalización del inmigrante es palpable, y ocupa páginas de programas políticos, da como resultado que los partidos políticos xenófobos amplíen su base electoral y lleguen a las instituciones democráticas, usen el perfecto sistema democrático y hagan oídos sordos a los quejidos del mundo. Y ante esta abominación Kant decía:”Qué debo hacer”, “Qué me cabe esperar”…
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.
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