Que si somos un país de rojos inconscientes o de fachas recalcitrantes... Que si somos republicanos o monárquicos... Que si un Estado Federal o muchos países cercados dentro de unas mismas fronteras... Que si somos los más solidarios o el país al que más reconcome la envidia... Que si tenemos la clave para conciliar trabajo y ocio o si somos uno más de los países vagos del Sur... Que si somos tolerantemente respetuosos o irrespetuosamente intransigentes...
Que si somos el país con más ediciones por año en letras escritas del continente, o si el del menor número de libros leídos por persona... Que si católicos de toda la vida o modernos laicos de pro... Que si juancarlistas o felipistas... Que si de la Esteban o de la Leti... Un país del Barça o del Madrid... Europa del Sur o África del Norte...
Y es que de todos los males que nos puedan acechar, perder la identidad como nación es quizás uno de los más peligrosos. Vivir sin un camino a seguir, sin un objetivo a cumplir único para todos y cada uno de los que habitamos esta España que ahora parece hecha jirones, nos puede hacer morir por despiste, como el ave que no viaja al sur en invierno, desorientadamente condenada, condenadamente perdida.
Cierto es que somos aún un adolescente que apenas sí reconoce la diferencia entre lo que más le conviene y sus deseos más incontrolados. Un país que destila hormona democrática, sin tener claro cómo dirigirlas y en qué emplear sus voraces energías, que de tanta hambre desbocada acaba por fagocitarse a sí mismo. Sólo esa fuerza arrolladora de la post-pubertad explica esa montaña rusa con la que parece que vivimos todas nuestras desavenencias. Lo que nos hace confundir lo que debiera ser un ajuste fino, con toda una total reforma traumática. De ahí que de pronto, cuando el Rey abdica, la Monarquía sea cuestionada, como si los republicanos a ultranza hubiesen estado abducidos por la figura de D. Juan Carlos I todos estos años. No me confundan, que no trato de hacer propaganda de la realeza, ni un alegato en favor de Felipe VI, sólo reflexionar sobre esa necesidad que los españoles tenemos de romper con todo, en cuanto algo nos parezca pillarnos con el pié cambiado.
Somos un pueblo de ímpetu y probablemente eso es lo que nos ha regalado los trazos en lienzo de Goya o Picasso, los acordes díscolos de Falla o las imposibles formas de Gaudí... Pero también nos ha hecho vivir los peores episodios de oscuridad que un país pueda soportar. Aplicamos la misma fórmula a todo lo que nos acontece, y como si de la "roja" se tratase, a poco que un encuentro no sale, atisbamos la idea de echar a alguien y arremeter contra el que fuera héroe en un tiempo no muy lejano y convertirlo en vil villano sin más. Pretendemos hacer al bueno malo, a poco que no se cumplan las expectativas.
No es que sea malo ser intransigente con según qué cosas, pero desde luego sí que me resulta incomprensible que ese nivel de exigencia no se traduzca en otras cuestiones, pues cuando pesan directamente sobre nuestras espaldas, cuando tenemos la capacidad de elegir y la responsabilidad de hacerlo bien, entonces escurrimos el bulto, y de pronto la permisividad se nos apodera y nos gira la cabeza apartando la mirada a otro lado para no ver al vecino que defrauda o lo que es aún peor nos pone en la mano la papeleta que vota al corrupto...
Decía el escritor checo Milan Kundera que "El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores", sin embargo como pueblo debemos tener memoria de nuestra existencia colectiva pasada y más aún, sentido de la responsabilidad futura, porque del barro que construyamos hoy, serán los lodos por los que pisarán nuestras generaciones venideras.
Juan Marcos Pérez Ramírez es ingeniero de Telecomunicaciones.
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