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Etimología del fracaso

cojeda Lunes, 02 de Junio de 2014 Tiempo de lectura:

Está de moda hablar de Pablo Iglesias, aunque por desgracia para los socialista españoles, nada tiene que ver con el fundador del PSOE. O irónicamente sí, quién sabe, a tenor del descalabro y de las incertidumbres que sobre éstos se han cernido con motivo de las recientes elecciones. Pero eso es harina de otro costal.
 
En cuanto al partido Podemos, los sorprendentes resultados que han obtenido, donde nadie se esperaba tal magnitud de europarlamentarios, ha cogido con el pie cambiado a analistas y comentaristas de las res pública, cuando no a la ciudadanía en general, incluso entre sus propios votantes. Los partidos establecidos, por su parte, intentan aún asimilar el impacto de esta nueva configuración política.
 
Sin embargo, aquí quiero centrarme en la conceptualización del nuevo grupo como una creación populista, bajo un tono peyorativo, con el objetivo de anatemizar a este movimiento como algo fruto de la demagogia y lo antisistémico. Y es que se ha abierto la caja de Pandora. Las críticas, muy mayoritariamente provenientes del sector conservador afín al PP, se han centrado en destacar la imagen subversiva de este protagonista de las tertulias televisivas, su carácter contestatario, la revolución que se atisba en su programa de actuación. Iglesias, en respuesta, ha tildado a éstos de voceros del poder, y que opinan así por temor a que el chiringuito llegue a su fin.
 
Para ubicar correctamente el debate, habría no obstante que especificar primero qué se entiende por populismo, cuál es su razón de ser y dónde ha alcanzado el apogeo. Una definición bastante laxa, sin entrar en disquisiciones que a la fuerza requieren un espacio mayor del que ahora disponemos, vendría a decirnos que el populismo, en su formulación positiva, pretende colocar al pueblo ?concepto éste ya de por sí bastante etéreo? en el centro de las preocupaciones del Estado, alcanzando con ello la justicia social y un bienestar generalizado. La versión negativa, que es la que está más en boga, tacha sin embargo de populista a todo aquel que utiliza estratagemas para ganarse el favor de las masas, con grandes dosis de demagogia y frases fáciles, poniendo en entredicho al estado de derecho y a la mismísima democracia. Esta es la opción que han elegido los tertulianos para atacar a Podemos.
 
Este llamado populismo tuvo su mayor expresión en las latitudes latinoamericanas, como elemento biográfico de figuras como Getulio Vargas en Brasil, Lázaro Cárdenas para México, o el argentino Juan Domingo Perón, que, junto al papel encarnado por Evita, sirvió para construir hasta una ideología basada en su persona, el peronismo. Dicho rasgo personalista, a mi entender, hace que se pueda trazar un cierto paralelismo con líderes de nuestro presente más cercano, como Nelson Mandela, Obama o Hugo Chávez, por lo menos teniendo en cuenta el multitudinario seguimiento y apoyo que han suscitado sus trayectorias, aun contando también con adversarios declarados. ¿Cometeríamos entonces un error si habláramos de un populismo a escala planetaria?
 
Definitivamente creo que sí, que el error parte de la adopción de una palabra vaga, simplificadora, que tiene poco de analítica y que al final y al cabo no explica nada. Es más bien un arma arrojadiza, un adjetivo recurrente que esconde la aversión a enfrentarse a un discurso alternativo. Se usa la descalificación de ?populista? como también podría usarse cualquier otro epíteto reduccionista ?algo parecido sucede con el concepto ?radical??.
 
En este sentido, resulta cuando menos contradictorio que se recurra a este término para defender de forma clara, ?sensu estricto?, a un partido que se autodenomina Popular, y cuya organización ?recordemos? nació de la mano de Manuel Fraga, que allá por 1976 se jactaba de que ?la calle es mía?. Al hilo del franquismo, ¿hace falta recordar, además, los baños de multitudes ocurridos en la Plaza de Oriente? No, no es necesario irnos tan lejos. ¿Acaso se es menos culpable al afirmar, con tal de conseguir una victoria en las urnas, que se bajarán los impuestos y una vez en el Gobierno realizar justamente lo contrario? Quien apuesta su rubro al sentir de las mayorías silenciosas, ¿no está también llamando de alguna manera a un ?populismo negativo?, en este caso, pasivo, ensimismado?
 
Yendo por igual camino, llegaríamos a situaciones aún más diáfanas. Si abrimos el prisma al ámbito social, al conjunto de actividades que desarrolla la sociedad, observaremos que la interrelación entre representantes públicos y los gobernados deja también un goteo de popularidad evidente, en beneficio de los primeros. ¿No se apresuran las autoridades para dejarse ver en los palcos de cualquier partido de fútbol, máxime cuando hablamos de una final de la Champions? ¿No se recibe luego, en los organismos oficiales, al equipo vencedor para que le ofrezcan la copa? El aprovechamiento político del deporte rey es algo incuestionable desde antaño, baste sólo recordar lo acontecido en el Mundial de Argentina de 1978, y a buen seguro que este año se repetirán las mismas fotografías en el país ganador.
 
El populismo, siguiendo esta misma línea de interpretación, estaría en todas partes, ni la religión quedaría exenta de ello. Hoy tenemos un ejemplo palmario en Gran Canaria, con el fervor procesional despertado por la Virgen del Pino en su recorrido desde Teror hasta la capital. ¿No estaban entre los animados feligreses los cargos más significativos de la isla, en su calidad de mandatarios y gestores públicos? ¿Aceptarían un cambio en el protocolo con tal de no ser tan populares como parece?
 
No nos engañemos. El recurso al populismo sólo denota una justificación alicorta, y es la muestra de un fracaso. Pablo Iglesias y sus compañeros tienen ahora una complicada tarea por delante: saber definir cómo llevar a la práctica todas las medidas expresadas, vencer las resistencias honestas de los suspicaces, seguir empatizando con la gente y, en última instancia, dejar de ser una promesa política para convertir sus promesas en posibilidades ciertas. Nada de eso, empero, garantizará un ambiente sereno a posteriori. Es más, desde ya quien quiera puede achacarle a Podemos mil y un defectos, quizá algunas incongruencias. Pero empezar la batalla en el campo semántico no parece una buena estrategia. Sobre todo porque dejaría al descubierto una falta manifiesta de argumentos.
  
José Iván Rodríguez es licenciado en Historia.
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