Los agentes de la autoridad la tienen según con quiénes estén hablando. Hace unos años Casimiro Curbelo, el presidente del Cabildo de La Gomera, tuvo un encontronazo en Madrid con varios policías después de participar en un incidente en una sauna junto a su hijo.
Casimiro era en aquel entonces también senador del PSOE por su isla. O de su isla por el PSOE, tanto monta. Tras el escándalo dimitió como senador pero siguió al frente del Cabildo. El PP le pidió que dimitiera y así lo hizo. Ahora son sus compañeros, alcaldes socialistas gomeros, los que le piden que lo haga. Pero no por su incidente en una sauna, que no deja de ser algo festivo, sino por considerarlo el cacique del partido en La Gomera.
Esperanza Aguirre, que ha sido todo en el PP y que parece que sigue siéndolo en la sombra, tuvo otro incidente con agentes de la autoridad madrileña. Paró su coche en el carril solo bus de la Gran Vía para sacar dinero del cajero (posiblemente de Bankia, la antigua Caja Madrid) y al volver se topó con agentes de movilidad del Ayuntamiento, que quisieron inmovilizarla.
La doña, fiel a su carácter indomable y cenutrio, se enfrentó a los agentes, se puso chula y castiza, no les dio los papeles que le pidieron, se marchó sin permiso, casi atropella a un policía, embistió una de sus motos, desobedeció a la autoridad mientras huía temerariamente en su coche, se escondió cobardemente en su casa y ordenó a los guardias civiles de escolta y vigilancia de su vivienda que negociaran a la baja con los funcionarios que la persiguieron y dieron el alto varias veces.
Los dos casos son muy propios de esta España cañí, folclórica de pandereta, donde todavía se da eso de presumir por un simple cargo y de espetar al policía lo de “usted no sabe con quién está hablando”, amenazándole con supuestas represalias si se pasa y no lo deja en paz.
Esperanza y sus amigos del PP criticaron duramente a Casimiro e interpretaron las declaraciones de los policías que lo detuvieron como palabra de dios. En cambio ahora, cuando ha sido la ex presidenta de la Comunidad de Madrid y ex ministra la que ha metido la pata ante los agentes del orden y de la movilidad, su club de fans pone el testimonio policial a la altura del betún.
La también ex presidenta del Senado, altiva y chulapona, no ha sido capaz de pedir perdón sino que se ha enrocado más echando la culpa a unos agentes que a su juicio, a su poco juicio, son unos machistas que la han cogido con una sexagenaria.
El papel de víctima le sienta muy mal a Esperanza Aguirre. No nos engaña aunque finja. El que no la conozca, que la compre.
Cristóbal D. Peñate es periodista.
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