Inusualmente, aquel día a las doce de la mañana el ingenio azucarero de Alonso De la Barrera cesó su actividad. Sólo el trajinar de algunos esclavos y unas agonizantes volutas de humo que salían de la fábrica, y que acariciaban los escarpados riscales que encorsetaban el barranco de Aumastel, rompían el casi sofocante estatismo del paisaje.
Era el Jueves Santo del año1541, año en el que Alonso De la Barrera, propietario de aquellas tierras y plantaciones de caña de azúcar que tapizaban el cauce medio y bajo del barranco de Azuaje, había terminado a construir una ermita bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe.
Más que el fervor religioso, fue el miedo al Santo Oficio, que desde el tribunal de Sevilla extendía sus temibles tentáculos hacia unas tierras recién conquistadas y plagadas de judíos convertidos al cristianismo por conveniencias, y que amenazaban y escandalizaban el fervor de los cristianos viejos, lo que obligó a Alonso De la Barrera a dar por finalizada la jornada laboral a las doce en punto; hora en que, hacía 1541 años, murió Jesús en la cruz redentora.
Así hablaba el oficiante dominico que, desde el convento de San Juan de Ortega -en las tierras del Afurgad de los Palenzuela-, había bajado hasta la ermita de Aumastel para oficiar el culto religioso entre los esclavos y mandamases al servicio de don Alonso.
Un penetrante y desagradable olor a sudor y melaza inundaba la pequeña ermita, atestada de historia encallecida y sufrimiento, donde el oficiante rememoraba la pasión y muerte de aquel que vino a redimir al mundo del pecado.
Qué ironía, hablarle de redención a aquellos esclavos obligados por las cicatrices de los vergajos a servir a su señor, entretanto que les quedaran el más mínimo huelgo de vida. Así lo creía Youssef, un esclavo berberisco que, de pie y por imposición de su amo, asistía de mala gana a la misa vespertina oficiada por el monje dominico aquél último día de la cuaresma.
Igual que le hicieron en Betania a aquel Jesús de Nazaret, de quien platicaba el oficiante, él también fue uncido con la sabiduría de la cultura ancestral de su pueblo, allá en las lejanas tierras de Berbería. Si aquel personaje, llamado Maestro por sus seguidores, celebró con sus discípulos su Última Cena la noche anterior de ser tomado preso por los mesnaderos romanos, también Youssef celebró su última cena con su familia la noche previa a ser apresado en una de las razias efectuadas por los aquellos protervos esclavistas que azotaban su patria.
Unas lágrimas furtivas humedecieron los ojos tristes de Youssef cuando recordó el día de su apresamiento. Aquel día que, encadenado en la cubierta de un barco negrero, miraba como, muy lentamente, el horizonte devoraba su propio Getsemaní, la tierra que lo vio nacer, para llevarlo, también a él, ante un Pilatos llamado ambición humana, siendo encontrado culpable de tener un cuerpo fuerte para realizar los trabajos más duros.
Igual que la del Maestro, su túnica, hecha de libertad, también fue subastada en un chamizo del Real de Las Palmas, donde se realizaba la almoneda de esclavos traídos de otros confines.
De camino a su choza, una vez acabada la misa, Youssef iba repasando mentalmente la historia de aquel hombre llamado Jesús. Al menos la agonía del Maestro fue breve, unas pocas horas nada más. Pero él, él agonizaba desde el mismo día en que fue apresado por un temido traficante de esclavos, de nombre Guillermo de Blanco Ligur. Sí, así era, él seguía llevando la corona de espinas de la opresión y el desprecio, y su cuerpo seguía sufriendo los azotes de la sinrazón y la barbarie humana...
En la silenciosa soledad de la noche del Jueves Santo, sólo las chiches que compartían su camastro velaron el cuerpo sin vida de Youssef, pues, del mismo modo que le sucedió al Maestro, también fue la muerte la que liberó a Youssef de las garras de otros hombres, convertidos por la ambición en horrendas fieras sanguinarias.
Por desgracia, en no pocas ocasiones, todavía la muerte sigue siendo la única liberación posible para muchos de los que han nacido y nacerán atados a las cadenas de unos nuevos esclavistas. Cadenas que, bajo el nombre de trata de blancas, de trafico de drogas, dictaduras, guerras o pobreza, sigue llevando a la pasión y la muerte en los mares, en las alambradas, reventados por una bomba o en algún prostíbulo a los más desfavorecidos de la Tierra cuando tratan de escapar de las miserias e injusticias que los esclavizan.
José Juan Sosa Rodríguez es psicólogo y vecino de Telde.
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