España ha sufrido estos días una tremenda pérdida, se ha ido el que fuera Presidente del Gobierno durante el periodo crítico posterior a la muerte del General Francisco Franco y aquél que pone en marcha el proceso de transición democrática más importante de los últimos tiempos en nuestro país.
La conmoción ciudadana ha sido evidente, la muerte se viste siempre de drama, más aún, cuando se trata de una persona de la talla política de Adolfo Suárez. Sin embargo, el drama ya había comenzado antes y comenzó efectivamente el momento en que el expresidente empezó a padecer los síntomas de la enfermedad del olvido. Es ahí, sin duda, donde el drama político e histórico comenzó a fraguarse en un devenir deprimente y de desasosiego que culminó el día en el que Suárez olvidó quien era el Jefe del Estado español.
Es ahí y no antes ni después el momento en el que España vio menguada cualquier posibilidad de sobrescribir los hechos y los acontecimientos, donde la imposibilidad de un epílogo personalizado en la etapa Suárez ponía sobre las cuerdas la posibilidad de saber qué pasa efectivamente en la trastienda política y lo que es más importante aún, las lecciones de cómo se forja un pacto entre enemigos.
Con Adolfo Suárez González se fue su cuerpo y también su alma, un alma ya no identificada, un alma sin rostro, sin vida. Un alma muerta, casi a la espera de la nada, un alma condenada a un sin mañana, atemorizada continuamente por el olvido, amenazada, sin más, a vivir un nuevo día sin un ayer, más aún, sin un antes.
Jaime Medina Santana es licenciado en Derecho y vecino de Valle de los Nueve.
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