Cierto es que en lugar de este cuento (donde el negro estado alucinatorio de mi mente se convierte en la tinta con la que escribo mi particular y, acaso, irónica visión de unas manifestaciones culturales que forman parte de la rancia tradición popular) podría escribir otro que estuviera más en sincronía con los tiempos que corren, donde el estado alucinatorio de algunos políticos que, ávidos de vanos aplausos y riquezas emponzoñadas, han convertido sus verdades políticas en dañinas mentiras populares.
Pero, pudiéndolo hacer, he preferido emborronar esta página con un cuento, que como tal a nadie engaña, que engañarme a mí mismo escribiendo sobre el cuento del que viven muchos “salva patrias” de cerebros corridos y estómagos aerofágicos.
En la Edad Media, cuando las brujas y brujos celebraban sus aquelarres –que, para que ustedes lo entiendan, eran algo parecido a las actuales “rave parties”, donde el personal se pone hasta donde la espalda pierde su santo nombre de alcohol y otras sustancias “energéticas”- consumían algunos tipos de alucinógenos, como la mandrágora o el beleño negro, ambos productores de atropina –un alcaloide que produce alucinaciones- para estar a la “altura” requerida por la ocasión. Como supongo que no ignoran, una de las consecuencias que tiene el consumo de alucinógenos es la sensación de volar –ejemplo da de ello es el famoso “viaje” de los consumidores de LSD - tripper.
Claro está que, como en aquella época todavía no se había inventado el carnet de manipulador de alimentos, las brujas manipulaban estos productos sin guantes, y, así, cuando cogían las escobas para barrer el lugar donde se celebraba el aquelarre –porque, además de brujas, también eran mujeres hacendosas, que una cosa no quita la otra- también impregnaban sus palos con tales alucinógenos.
El problema surgió cuando, por medio de sus mañas adivinatorias o dios sabe cómo, una bruja de curiosidad desmedida se enteró de que algunos siglos más tarde alguien que no tenía otra cosa que hacer iba a inventar un concepto llamado Investigación, desarrollo e innovación (I+D+i). De tal forma que aquella mujer tan adelantada a su tiempo pensó en buscarle a su escoba otra aplicación más útil y con mayores perspectivas de futuro.
Así que, mientras barría el lugar donde celebraban el aquelarre, la bruja innovadora pensó, pensó y volvió a pensar hasta que se le cortocircuitaron las neuronas, hecho que, a no ser por el fuerte olor a azufre que desprendió su cerebro chamuscado, no se pudo apreciar, ya que el intenso brillo de luna llena era más potente que el efímero fogonazo neuronal.
Herida en su orgullo y con un fuerte dolor de cabeza de tanto cavilar, la inquieta hechicera - vaya usted a saber con qué intención- se colocó el palo de la escoba en sus entrepiernas. Pero, como dice el refrán, las desgracias nunca vienen solas. Y así fue, al no llevar bragas –algo que era aconsejable en aquellos aquelarres, pues dificultaba “el buen desarrollo” de los mismos-, la infeliz hechicera se puso el palo de la escoba impregnado con el alucinógeno directamente en contacto con la piel de sus zonas púdicas, o impúdicas, que para el caso lo mismo da. De esta forma, e incomprensible para ella, en el mismo instante que el alucinógeno absorbido por el pellejo púdico llegó al chamuscado cerebro la meiga, ésta, a horcajadas sobre su escoba y ante el asombro del resto de sus compañeros de aquelarre, se elevó por los aires, quedando al momento su silueta encorsetada dentro del brillante redondel de la luna llena.
Llegados a este punto, cuenta la leyenda que fue este el origen del “Baile del Pámpano”, que antaño se celebraba en el Barranco de Guayadeque, en Gran Canaria. Ya que a partir de aquella noche las brujas, temerosas de salir volando, protegían sus “humedales” con frondosas hojas de ñames –conocidos en el argot como pámpanos-; de tal guisa que la tierna hoja, a la vez que las protegían de los efectos del alucinógeno, era fácilmente vencida por el impetuoso y no menos alucinante falo del brujo de turno, que si bien no las hacía volar, si las transportaban a la gloria -o al infierno, que para eso eran brujas, ¡carajo!
Sigue contando la leyenda -y no sin exagerar- que, en ocasiones, ni siete hojas de ñames, colocadas una detrás de otra, eran capaces de detener la impresionante “embestida” de algunos brujos, a los que yo, corroído por la envidia , se la hubiera comprado sin tan siquiera verla.
José Juan Sosa Rodríguez es psicólogo y vecino de Telde.
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.148