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Padres analógicos, hijos digitales

Cristina Miércoles, 22 de Enero de 2014 Tiempo de lectura:

Hay tres cosas que nunca vuelven, la flecha lanzada, la palabra pronunciada y la oportunidad perdida; habría que añadir al viejo refrán a partir de ahora, la imagen enviada por Internet. Hace unos días saltó la alarma en todos los medios de comunicación con la siguiente noticia: dos adolescentes de Arucas suben a Internet un video donde practicaban sexo. Las imágenes se expandieron en muy pocas horas por toda la red, pasando de forma casi inmediata a las pantallas de los móviles de miles de niños y adolescentes de toda la isla.
 
En un espacio de tiempo muy breve, la grabación se hizo de carácter público, llegando a miles de teléfonos de todo el mundo. La enorme repercusión del video ha alarmado a más de un padre por la corta edad de lo menores y la enorme difusión del mismo que acaparó el interés de los medios informativos.
 
Este hecho no es más que un ejemplo de lo poco que sabemos de nuestros hijos y del uso que hacen con los teléfonos móviles, puesto que, esta destreza el “sexting” (es decir, el envío de contenidos eróticos o sexuales a través del teléfono móvil) es una práctica cada vez más habitual entre los adolescentes.
 
Podríamos preguntarnos, en primera instancia, qué es lo que lleva a un adolescente a colgar en la red imágenes privadas de esa índole y las respuesta no sería sencilla; cuestión de moda (sólo hay que ver cómo se aire la vida de los famosos en televisión) la curiosidad por el despertar sexual, el deseo de seducción, de llamar la atención, la soledad en la que encuentran muchos adolescente, y un sin fin de causas más que daría para mucho que hablar.
 
No obstante, sin entrar en los motivos, deberíamos estar preparados para lo que se nos viene encima. Internet se ha instalado en nuestra vidas y apenas sabemos de sus peligros ni su alcance.
 
Padres y educadores nos vemos desalmados y sin recursos para afrontar un problema cada vez más acuciante, el aumento peligroso de estas prácticas en la red, ya que, la mayoría de los adolescentes cuentas ya con el smarphone y sus derivados.
 
No basta con que haya un propuesta de ley donde se tipifique los delitos de esta índole, (la divulgación de las imágenes privada, aún con el consentimiento de la víctima es ya un delito ) sino que deberíamos replantearnos qué valores estamos transmitiendo a los jóvenes. Es necesario, por lo tanto, educar en valores como el respeto al otro, el derecho a la privacidad y a la intimidad de cada uno. De nada vale una ley sino enseñamos a los jóvenes aspectos tan esenciales como el respeto y dignidad e integridad de todo ser humano.
 
Nosotros, como padres, tenemos la obligación de informarnos y formarnos sobre los usos del móvil por parte de nuestros hijos. El mundo digital no va a detenerse, nuestros progenitores nos llevan mucho adelanto, ellos tienen un cerebro digital y son expertos tecnológicos, mientras que nuestro cerebro es analógico.
 
Los educadores tampoco lo tenemos fácil para enseñar el uso adecuado en la escuela, sobre todo, porque aún no contamos con los medios ni con la formación adecuada.
 
Además de esto, se hace necesaria una revisión de la educación sexual en la escuela (no sólo asociada a la prevención de enfermedades o a los métodos anticonceptivos) sino a los valores de afecto e intimidad.
 
Si seguimos cerrando los ojos a lo que hacen nuestros hijos con los móviles o consideramos esta práctica como aislada, estamos volviendo a equivocarnos de nuevo. A nadie debe extrañar ni llevar a escándalo esta afirmación. Esta práctica, no es, en definitiva, más que la consecuencia lógica de la pérdida de los valores de respeto a los demás, a la vida privada, el sexo como producto y la banalización del mismo.
  
Sin embargo, hay que proteger a los más débiles, a nuestros jóvenes, pues estos aún no tienen un criterio formado sobre temas como la sexualidad. Pero quizás lo primero sea asumir estos valores nosotros mismos, para enseñarlos hay que asimilarlo primero y no todo el mundo puede presumir de ellos, ni desde luego es factible, desde el aspecto ético, demandar algo que nosotros mismos no hacemos.
 
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua Castellana y Literatura.
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