Con suma frecuencia, para desgracia del común de los ciudadanos, los políticos grancanarios de todos los colores, se suelen ocupar más de sus propios asuntos y de asegurarse la reelección otro mandato, que de atender las necesidades de desarrollo económico y social de la población.
De tanto en cuanto, miran con el rabillo del ojo como corre y vuela Tenerife para que no se note mucho su falta de iniciativa. Incluso se llega a la injusta desmemoria histórica, sobre todo entre los conservadores, de olvidar a personas que por haber vivido en una etapa histórica determinada y haber ocupar cargos públicos, han de ser ninguneados por la pátina del tiempo o quemados en la pira de lo políticamente correcto.
Hay varios casos paradigmáticos de cargos públicos, es difícil clasificarlos como políticos en el mismo sentido que hoy para los que vivimos aquellos años y no los hemos conocido por las series de televisión actuales, como fueron Matías Vega Guerra o José Ramírez Betencourt y más tarde, aunque ya con más carga política, Lorenzo Olarte y Juan Rodríguez Doreste.
Los dos primeros, uno desde el Cabildo y el otro desde el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, pusieron los cimientos de la actual industria turística. Al margen de ideologías, creencias o tendencias, supieron ver el potencial turístico de las propuestas de dos grandes personajes de entonces: Néstor Álamo y Néstor Fernández de la Torre. Estoy convencido plenamente, salvo que alguien pueda y quiera aportar pruebas en contra, que su condición de defensores acérrimos de lo grancanario los condenó al sufrir los rigores del pleito insular, sobre todo cuando uno siempre gana porque el otro se rinde sin luchar siquiera.
Y ambos dos, pero sobre todo Néstor Álamo siempre tuvo en mente la importancia de usar a Cristóbal Colón como recurso turístico, al margen de la reivindicación histórica de que fue Gran Canaria la auténtica isla colombina, tesis que defendió en su excelente libro “El Almirante de la Mar Océana en Gran Canaria”, publicado por el Cabildo en 1956. En este empeño siempre contó con el apoyo de Matías Vega Guerra, probablemente el mejor presidente y líder que ha tenido Gran Canaria. La Casa de Colón es una evidencia de esto.
El lacerante e incomprensible abandono institucional de la réplica de carabela La Niña, que tantos gustos y disgustos proporcionaron al Capitán Etayo y a Jesús Gómez, q.e.p.d. ambos, es una muestra del desinterés de utilizar cualquier cosa, por nimia que parezca, para transformarla en un polo de atracción turística y rentabilizarlo en beneficio de todos los canarios. No voy a reiterar ahora mis argumentos sobre otra ocasión desperdiciada, en este sentido, al dedicar el Castillo de la Luz al escultor Marín Chirino, abandonando la primera idea de ser Museo del Mar y de la cartografía antigua, como segundo foco de la elipse sobre la que podría orbitar un gran planeta turístico bautizado como “Colón en Gran Canaria”.
Comparto totalmente el fondo del artículo “Colón y el turismo en Gran Canaria” de Míchel Jorge Millares, publicado el día 5 en La Provincia, aunque sólo y de pasada, se podría puntualizar varias cosas. Es difícil mantener que Colón fondeara en Gando, a pesar de lo que dice Fray Bartolomé de las Casas y que rebate Antonio Rumeu de Armas en el prólogo del libro de Néstor Álamo antes citado. Tampoco nadie en aquella época con algo de formación creía que la tierra era plana. Es desacertado, a mi entender, deslizar para esa creencia el término “religiosamente” que más parece una concesión vergonzante a la “progrez” laicista.
José Francisco Fernández Belda es ingeniero industrial.
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.147