Bajan revueltas las aguas por el barranco de nuestra realidad social, o eso al menos es lo que algunos pronostican que ocurrirá dentro de poco, cuando los acontecimientos se precipiten y el hartazgo generalizado se vehicule de alguna manera. Los muy recientes incidentes del barrio del Gamonal, en Burgos, han suscitado una serie de expectativas de distinto calado, desde los que, como el diputado de Izquierda Unidad Gaspar Llamazares, consideran que éste no es más que el exponente diáfano e iniciador del malestar de la población, hasta los que ponen el énfasis incisivamente en la forma violenta de la protesta, obviando cualquier otra comprensión y otorgando el cliché de “antisistemas” y “radicales”.
Más allá de este posicionamiento político e ideológico, a todas vistas cortoplacista, lo que parece claro es que el trabajo de los sociólogos presentes y futuros pasa por dilucidar los factores actuantes y las características estructurales de la sociedad española en su conjunto, para estos inicios del siglo XXI, ya de por sí convulsos y cambiantes a golpe a clic.
Hoy, la propagación de las redes sociales y los dispositivos móviles han supuesto un nuevo canal de expresión y movilización ciudadana, justo en el preciso momento en que los partidos tradicionales y los sindicatos establecidos sufren grandes cuotas de desprestigio y alejamiento. El 15M, aunque replegado ya a otras esferas desde que fuera desmantelada su acampada en la Puerta del Sol de Madrid, es un ejemplo paradigmático de esta nueva realidad social, y del uso que pueden tener las tecnologías en el plano reivindicativo.
Ahora bien, ¿lo ocurrido en el Gamonal puede ser extrapolable a otros lugares?, ¿se puede esperar que a partir de esa mecha surjan más levantamientos que hagan retroceder en sus intenciones a los cargos públicos en cualquier otro territorio? Permítanme aquí que dirija la mirada hacia nuestra Ilustre Ciudad de Telde.
También asolada por las políticas de recortes y restricciones, con una subida considerable de la presión fiscal, como producto de tener una de las deudas públicas más abultadas de todo el país, Telde se presenta en el imaginario colectivo con una idiosincrasia alicaída, debilitada por el peso extraordinario de las altas tasas de desempleo, el empobrecimiento paulatino de cada vez más habitantes, la mala fama de la corrupción urbanística, el inmovilismo y los intereses partidistas y la judicialización de la vida pública.
¿No se dan, pues, las circunstancias objetivas para algún tipo de protesta, hacer visible el descontento ciudadano, manifestar la solicitud de mejoras en la situación socioeconómica de las y los teldenses? Algunas voces ya han surgido en este aspecto, llámense vecinos de Ojos de Garza, huelgas en los servicios de limpieza, quejas contra el cierre de guarderías o concentraciones para evitar la elevación de tributos y tasas.
Pero en general, la sociedad carece de un activismo constante, participativo, ensimismada en una mentalidad de apatía y aguante, que sólo despierta en ocasiones puntuales mostrando la cara más solidaria, como sucede en las campañas de recogidas de alimentos, los encuentros benéficos para ayudar a enfermos y personas con dificultades, etcétera. Quizá sea porque todos los movimientos sociales estén siendo amortiguados por los resortes familiares, esas ayudas que prestan los seres queridos para con los suyos; o por el recurso a la economía sumergida, haciendo apaños aquí y allá; o por la labor meritoria de instituciones como Cáritas y otras ONG’s, que intentan paliar las enormes estrecheces de un gran número de personas.
Sea como fuere, quien escriba la historia de estos años deberá explicar razonadamente por qué pasaron las cosas como pasaron, estudiando sus causas profundas. La mejor noticia, en este sentido, es que aún estamos a tiempo de convertirnos en actores principales de nuestra propia existencia, para revertir cualquier idiosincrasia negativa que nos propongamos, y conseguir así que las aguas vuelvan a un cauce más equilibrado y próspero.
José Iván Rodríguez es licenciado en Historia.
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