No se trata, en absoluto, de la consideración negativa de la vida según planteamientos de algunas doctrinas filosóficas ni, tampoco, de un sentimiento trágico de la misma a la manera unamuniana. Y menos aún de digresiones en cuanto que esta comunicación con usted, estimado lector, ni pretende ser un ensayo ni muchísimo menos un planteamiento a lo Schopenhauer sobre la voluntad de vivir. Pero sí resulta al menos curioso detenerse en ciertos comportamientos humanos cuando uno es casi forzado testigo de conversaciones en la calle.
Digo “forzado” y digo bien, en cuanto que yo estaba sentado en un banco trianero. Descansaba tras una mañana muy pateada que había culminado en el mercado de Las Palmas (“De Vegueta”, dicta doña Ppepa). Dos señoras ya algo entradas en experiencias vitales se acomodaron a mi lado. “Dame fuego”, le dijo mi protagonista a la otra. “¡Qué desastre que soy! En mi casa tengo mecheros para montar un kiosco. Como me olvido de sacar uno, siempre compro en la calle. Pero yo soy así de despistada”.
Y ahí empezó el discurso de los “internos interiores de adentro” del que me hizo partícipe sin pedir permiso de atraque ni práctico. Por tanto, fui forzado libre oyente de razonamientos sobre formas de ser de la más parlanchina (veintiuna veces usó el pronombre personal de primera en todas sus singulares variantes: yo, me, mí, conmigo). Y con tales peroratas o soflamas obtenidas en el lugar de los hechos deduje que muchas veces el ser humano está solo, y por eso necesita mostrar su ego, su interioridad, su alma. Y si esa personalidad sobrepasa lo que es normal, mejor que mejor: significa que no corresponde a un ser del montón. Muy al contrario, sus elementos diferenciadores lo destacan sobre la generalidad, que para eso mi accidental vecina es un desastre y lo tiene asumido, lo cual me serenó profundamente porque llegué a pensar que la señora sufría con su manera de ser, y eso me añulgó los primeros minutos, angelito de Dios, impactable que es uno.
Pues sí. La señora es una mujer terriblemente despistada. Tan desorientada a veces que ayer mismo se confundió: había encontrado sobre la cama de “la niña” (¡ya va por el tercer novio!) los pepinos comprados para la ensalada. Y entonces se echa manos a la cabeza y sale como un volador hacia la nevera: ¡allí estaba la cremallera que había comprado en la calle Villavicencio para el traje de la niña! “¡Qué despistada que soy!”. Y es que en su avasalladora distracción había confundido los pepinos con la cremallera y la nevera con la cama. (¿Acaso es el subconsciente freudiano?) Fue entonces cuando recordé mi infancia: ante desajustes mentales algo parecidos, solíamos exclamar “¡Cacho batata, usté! ¡Esa batata no cabe –a veces decíamos ‘quepe’- en el caldero!”.
Pero la señora es muy jodelona con su marido, mataperra, el pobre ser humano sobre cuya existencia caen los lapsus de su amada, aquella mujer con despistes desde hace ya treinta años pero que a él le hacían gracia, lo embelesaban como encantamientos y le palpitaba su corazón de hombre enamorado. Hoy, por el contrario, el hombre “se coge unos emputes” de padre y señor mío cuando encuentra las cosas de ella –aquella gatita tan delicada y suave- fuera de su sitio. Pero no se atreve con las gafas, eso lo tiene claro. Hasta hace poco, gafa que encontraba fuera de lugar, gafa que escondía (“el muy…”, apostilló la señora) cual si de un rubí se tratara. Y por más que ella preguntaba, el malaleche del caballero se hacía el longui, como si la cosa no fuera con él. “¿¡Ah, sí!? Pues te vas a enterar, nenel”. Y ella se iba a la óptica y se compraba otras (no muy caras, eso sí). Hasta que a la tercera vez el infeliz desistió: entregó corona y cetro y dejó de ser el emperador de la casa. (“¡No sabía Bényamin con quién estaba tratando!”.)
Lo suyo es de siempre, y Bényamin lo sabe. Igualito le pasaba a su padre. Un día estuvo buscando las gafas de lejos porque las había perdido. Ella, su madre y los hermanos creyeron que estaba de broma, pues él era algo coñón. Pero se dieron cuenta de que la cosa iba en serio. Entonces se lo dijeron: “¡Paaapi…! ¡Las tienes sobre la cabeza!”. (La segunda señora se pone las manos en la cara, teatralmente, y creo que hasta en plan de burla: la sonrisa es muy significativa, como si tradujera algo así como “¡Eso no te lo crees tú ni muerta, Manuela!”. ¡Anda ya! ¿Me vas a meté esa quintá a mí, a mis años? ¡Chaaaacha, miravé! ¡Sin carrera sí, pero sanaca no!”. Sin embargo, la prudencia se impone y dice: “¡A ya ya yayayy! ¡Lo tuyo ya es grave!”. Falsa que es la mujer.)
Sus hijos le dicen que ya la dejan por imposible. A veces se viste con rapidez, debe salir de casa. Y cuando va por la calle de repente se detiene a medio camino, pone la mano en la barbilla (“hago así”) y los ojos se le abren más, como una loca, por los nervios: “¿¡Eh, andaaá!? ¿Y para qué salí? ¡Fíjate si soy despistada…!”. Pero, claro, ella es así. Y recurre, entonces, a una secuencia lingüística también muy frecuente entre monologadores que sientan cátedra: “¡Como digo yo!”. (Aunque a veces son partos que angustian: “Como digo yo, no hay dos sin tres”. Y tan contentos por su neológica aportación al español.)
Por tanto, “Como digo yo, yo soy así, y no hay quien me haga cambiar. ¡Ni Bényamin!”. (O lo que queda de él, pobre criatura, lo que tiene que sufrir; puro espectro en aquella casa de discordancias, desorientaciones e incoherencias. Hasta pena me da del infeliz, aunque no lo conozco, tan enamoradito que se casó, ¡oh, ya! Estuve a punto de llamarla maltratadora. Por eso me fui.)
Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.
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