¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis....! Y así sin parar hasta 52. Un grupo de 40 alumnos del colegio San Juan, en el casco, cantaban a coro los segundos que duró el trompo en perder el equilibrio. Muchos no saben tirarlo. Un monitor deportivo de Telde, Rafael Luchoro, quiere al menos que sepan qué es.
A los juguetes que les muestra Rafael, también conocido como Lucho, hace mucho tiempo que nadie, o casi nadie, los saca del baúl, como se quejaban los juguetes viejos en la saga de películas Toy Story. Los venció una tecnología juguetera que ya no da margen a la imaginación de los niños, aquella que les permitía, como a Lucho, llamar bailarina, y bautizar Manolo, a una pequeña pieza sin forma humana que gira sobre sí misma y que, de repente, vaya uno a saber por qué diablos, se da la vuelta, se pone de pie y parece que baila.
Y los chiquillos pusieron los ojos como platos. Lucho les lanzó varias bailarinas y los embarcó en un viaje imaginario hacia otra época, la de sus padres e incluso la de sus abuelos, en la que, como no había otra cosa, bastaban un par de trabas rotas para fabricarse una pistola, o se apelmazaban restos secos de platanera y se hacían una buena pelota.
Son solo algunos de los juguetes tradicionales que este monitor deportivo municipal, que es, además, un entusiasta divulgador de los deportes vernáculos, ha enseñado a los alumnos de menor edad de buena parte de los colegios de Telde donde requieren de sus clases. Este año llegó a 3.000 niños de unos 20 colegios, a los que, por ejemplo, les enseñó cómo se juega a la bola canaria. Con los más mayores se ha atrevido a introducir la pelotamano, deporte casi extinto.
Todos estos juguetes forman parte de su propia colección, pero él accede encantado a compartirla con los más pequeños. Les lleva pelotas de trapo, de hilo, de cuero, de papel y de madera, tiraeras, zancos de latas, teléfonos de latas, yoyós de botones, muñecas de trapo, clavos para jugar con pencas de tunera, zumbaderas (un simple botón grande que zumba al estirar la cuerda en la que está inserto), tronadoras (juguete de malabares con dos esferas y un cordel), un balero artesanal, la soga o los trompos. Entre los más antiguos destaca un diábolo al que le calcula 80 años.
Y Lucho termina sus clases invitándoles a jugar con una tapa de garrafa y un palillo insertado que, si se gira, hace las veces de trompo. Así de fácil. «Para jugar solo hace falta querer jugar», les dice.
Fuente: Texto de Gaumet Florido (C7)


























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