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Jueves, 09 de Abril de 2026

Actualizada Miércoles, 08 de Abril de 2026 a las 21:40:17 horas

Victoriano Santana (Foto TA) Victoriano Santana (Foto TA)

En el 'Caleidoscopio' de Julio Pérez Tejera ( y III)

TA ofrece la última entrega de una reflexión del doctor en Filología Hispánica, Victoriano Santana

cojeda Viernes, 02 de Mayo de 2014 Tiempo de lectura:

VICTORIANO SANTANA
Relato 12 (127-129): Juan Antonio
Otro texto con un nombre propio por título, pero, a diferencia de los anteriores, en este caso ni se habla de un hombre de la tierra cuya idiosincrasia traza una posición singular dentro del colectivo al que pertenece (“Juan Caballero” o “Domingo Cabrera”), ni de un niño de corta edad (“Cheo”), quien, a pesar de su edad («[…] cojo la punta de la manta con la que se tapan ella y Bernabé, y la voy chupando poco a poco […]»), es capaz de percibir que “algo” no va bien en su entorno más próximo.
 
Este “Juan Antonio” se sitúa en el lado, si no opuesto, sí, al menos, diferente, al que ocupan los personajes de los relatos expuestos. «Juan Antonio es “un chulo de playa” […]», así comienza el relato y, con él, la declaración explícita de que, probablemente, carecerá este personaje de la singular valía de los anteriores. Lo que se demuestra, de una manera implícita, en el desarrollo de la narración: es de tan poca sustancia el personaje que la propia historia en la que participa es de escaso fuste; o sea, que un personaje que “merezca la pena” (permíteme la expresión, por favor) requiere de una historia que “merezca la pena”, pero alguien que se perciba de segunda fila (en lo moral, en lo intelectual, en lo social…) no puede tener una historia, por muy trágica, intensa, hermosa… que pueda llegar a ser, que le permita adquirir una posición relevante con respecto al lector.
 
Cuando leí por primera vez el relato, sentí un particular disgusto con “Juan Antonio”, pues me pareció el más flojo con diferencia de todo el rosario de cuentas tan impresionantes que componen Tú no te acordarás…; mas, gracias a la relectura y edición de la obra, caí en la sutil “trampa” del autor, lo que ha encarecido más aún mi admiración por este Julio Pérez Tejera capaz de hacer un experimento literario como el expuesto. Hablo de experimento literario e insisto en la expresión, pues nuestro autor no se está posicionando a partir de su condición de ciudadano ni prejuzga a sus semejantes. La suya es una postura exclusivamente literaria. Él es un relator de ficciones y en su mina creativa ha dado con un filón que los críticos literarios recibirán, sin duda, con una gratificante sonrisa.
 
Relato 13 (131-137): No pasa nada
Lo primero que llama la atención es la mención a un personaje de nuestra obra: Domingo Cabrera. Esto permite la concepción de un universo narrativo unitario similar al de los personajes galdosianos, que suelen aparecen en varias novelas con distinto grado de protagonismo.
 
Un anciano evoca su pasado y manifiesta con resignación su contrariedad con el presente que le ha tocado vivir y la gran diferencia que hay con ese pasado que tiene tan presente:
 
[…] También es que la tienda de Pancho Pérez cerró, como otras tantas, y ahora hay que ir a comprar el gofio a los supermercados donde nadie te conoce y donde te dan las buenas horas con una sonrisa como de plástico, y si te faltan cinco céntimos no te puedes llevar el gofio porque no hay manera de quitarle un poquito hasta cuadrarlo con el dinero que llevas, hasta ahí, ya… No, ni tampoco apuntarlo en la libreta hasta que vuelvas otro día. Ahora, sencillamente, te dicen que no, que hables con la encargada y la encargada te dice que son las normas y que las normas hay que cumplirlas y cuánto lo siento. Pero tú te das cuenta de que no siente nada porque la cara está dura como un palo y se sonríe enseñando los dientes blancos, blancos, como si te quisiera morder y la sonrisa sólo se afloja cuando tú te das por vencido y te vas sin el gofio o sin lo que sea, y es como de alivio cuando te vas, como diciendo: «¡Por fin, el pesado este!». Pero en la tienda de Pancho no era así porque tenía su libreta y te apuntaba y él sabía que tú, tarde o temprano, le ibas a pagar y tú sabías que se lo debías y tan pronto como juntabas unas pesetas lo primero era pagar las deudas. Además, pasando la cortina que dividía la tienda, te podías encontrar con Domingo o con cualquier otro echándose unas copas acompañadas de manises, tomates con sal, queso duro o sardinas de barrica… Ahora las copas se las toman en unos bares tristes donde todo está muy limpio, es la verdad, pero la gente bebe sin alegría. Parece que se sientan culpables de beber y tienen la cara amarga y no hacen sino sumar malos tragos a los de la vida. Unos güisquis que yo no sé de dónde los sacan y unos rones que ya no huelen a caña ni a cosa que se le parezca. Antes, me acuerdo, las cosas pasaban de verdad, tú hacías que pasaran y sabías que tenías que responder por ellas […]
 
El tono narrativo es nostálgico en su evocación de una remota edad dorada, similar en el ánimo a la que don Quijote rememora con los cabreros (cap. XI del Quijote de 1605). En estos recuerdos, se reproducen anécdotas que calan, por su hondura humana, en la conciencia más cálida del intelecto:
 
[…] Antes, me acuerdo, le llevabas el médico a cualquiera de Valsequillo y no siempre podías llevarlo en burro hasta la puerta porque no había camino. Y, andando detrás de él, le escuchabas decir por lo bajo: «Mira que esta gente es bruta. Van a buscar al médico teniendo la farmacia en la casa». Eso pasó cuando llevé a don Antonio para que le curara unas fiebres a Pepe Calderín.
 
-¿Y qué tiene el hombre? –preguntó don Antonio–.
 
-Una trancazón de pecho que no puede respirar y unas calenturas que no se mantenía derecho encima del burro, por eso no se lo traje.
 
Y don Antonio fue recogiendo por el camino unas matas de brujilla, unas ramas de eucalipto blanco y vinagrera, y yo pensaba que aquel hombre no estaba bien para ser médico. […] Cuando llegamos a la casa, le dijo a la mujer de Pepe:
 
-Tenga. Ponga a hervir la brujilla y, en otro caldero aparte, el eucalipto y la vinagrera.
 
Le alcancé el maletín a don Antonio y amarré el burro en el tronco de un almendrero.
 
Cuando entré, Pepe estaba en el catre, forrado con mantas hasta los ojos, tiritando de frío, que yo no sé cómo puede ser eso de que, cuando más caliente está uno, más frío tiene. Don Antonio tenía la jeringuilla ardiendo en alcohol y decía:
 
-Con que te llamas Calderín… Entre Telde y Valsequillo hay más Calderines que piedras en el barranco. ¿A que tú no sabes cuál fue el primer apellido del mundo?
 
-No sería Calderín –me entrometí–.
 
-No, hombre, no. El primero fue Gómez y el segundo Pérez, porque Dios le dijo a Adán en el paraíso: «Si te Gómez la manzana, Pérez serás» […]
 
Relato 14 (139-142): El paraíso
La cita de Antonio de Viana que se reproduce al principio (“Sienten los dos un no sé qué del cielo”) sirve de preliminar para esta exquisita pieza donde se traspone la imagen del mundo de Viana, el de las Antigüedades de las Islas Afortunadas (1604), al del Edén bíblico («[…] Tronco arriba se enrosca una espléndida hiedra de hojas lustrosas.[5] Dácil y yo nos miramos sonriendo. Los dos estamos desnudos»), y todo desde el presente, desde ese hoy que se certifica al principio de este texto donde reinan las descripciones metafóricas:
 
[…] Cuando volví a la ciudad no reconocía sus calles porque su aspecto había cambiado, pero no con edificaciones recientes ni siquiera con la degradación que el tiempo provoca en las ya existentes, no. El nuevo aspecto de la ciudad era el que debió tener siglos antes de que yo naciera […]
 
Se regresa a a un pasado que en el presente se atisba desconcertante; a un paisaje de la Canarias precolombina que ya no es lo que era, pero donde se percibe que, en el fondo, nunca dejará de ser lo que fue.
 
Relato 15 (145-148): Príncipe negro
Texto muy borgiano: el narrador sueña con Isabel; Isabel con el hermano… Y todo en un entorno donde la distancia y el tiempo no ha hecho mella en los afectos.
 
Es este un bello texto anecdótico cuya ausencia de trama e intensidad emocional nos conduce a concluir que puede ser una deuda del alma de Pérez Tejera.
 
[…] Hablamos de la telepatía, de la transmisión de pensamiento, de las casualidades, de sus oraciones; de cómo, a veces, somos instrumentos de la voluntad divina aunque no tengamos la conciencia ni la calidad necesaria para ello, de los milagros que también existen y, sobre todo, del cúmulo de coincidencias que se tuvieron que dar para que mi madre pudiese tener un ramo de rosas Príncipe Negro el primer domingo de mayo de ese año […]
 
Relato 16 (149-155): La casa vacía
Texto muy poético que se funda sobre la oposición que marca la nostalgia frente a la ilusión, y que mantiene un vínculo connotativo con “El paraíso” y, en el universo de los personajes, con “Príncipe negro”, pues vuelve a aparecer el Sergio que sueña con Isabel:
 
[…] El ser humano mantiene inconscientemente la esperanza y continúa buscando el paraíso perdido. Por eso nunca abandona el casi, el quizás, el puede que… La ilusión es diferente, la ilusión lanza hacia el futuro incluso las cosas del pasado y nos hace creer que es posible vivir aún lo que está irremediablemente perdido […]
 
Surge el pasado como tema («la verdadera memoria es la que tenemos de nuestra estancia en el seno materno, sin otros códigos que los de la sangre. Las palabras de su viejo resonaron con toda la fuerza: la tierra guarda siempre la semilla»), pero un pasado con bifurcaciones: por un lado, un pasado inmediato y tangible, un pasado mesurable en forma de casa vieja, caminos transitados llenos de basura y un paisaje que amohína; por el otro, un pasado recreado, reescrito a través de los libros y que toma como punto de partida los años de la conquista para reivindicar una identidad perdida:
 
[…] Porque ahora adivinaba en los Estamentos de Poder, que sí tenían los conocimientos necesarios para realizar estudios exhaustivos que revalorizaran la memoria, el deseo de destruirla como medio de dominación: lo diverso, lo diferente, solo es respetable si se mantiene en los límites de lo folclórico, es decir, de lo anecdótico. La cultura de la dominación trae consigo la destrucción de lo genuino si no es posible banalizarlo o reconducirlo a través de sus propios modos. […] Sintió que algo se tronchaba en su interior cuando cayó en la cuenta de que era la lengua de los conquistadores la que le permitía pensar de aquel modo; al fin y al cabo, nuestro pensamiento toma forma a través de las palabras, y por un instante se sintió traidor a sí mismo: desconocía completamente la lengua de los aborígenes con los que se identificaba en aquel momento […]
 
Todo ello, para concluir con la llamada a una acción para rescatar la identidad.
 
[…] Todo imperfecto, inacabado; pero, de pronto, fue como si comprendiera: se trata de buscar camino allí donde no hay camino, pensó, de continuar la construcción de aquella casa, restaurarla si se está cayendo, de no renunciar al vuelo, al deseo. Todo avanza hacia su acabamiento. Lo imperfecto tiene siempre abierta la puerta hacia su conclusión, como las obras de aquellos artistas árabes a las que dejaban un pequeño defecto porque la perfección sólo correspondía al Altísimo. Y echó a andar, reconociéndose insignificante como paso previo para empezar a ser grande, con la profunda convicción de que nunca alcanzaría su meta. El horizonte siempre estará más allá, se dijo; el día que no lo crea así, habré muerto […]
 
Relato 17 (159-162): El viento del sur
Este relato nos vincula con la aparcería y con el crecimiento del sureste grancanario, donde el viento es una marca identificativa y “condicionadora” del entorno:
 
[…] Hoy sí tenemos viento del sur. Pero, sea de donde sea, aquí siempre sopla fuerte. Por eso, hasta la planta del millo de aquí crece pegada al suelo como cualquier hierba. Usted va por ese norte y verá crecer cualquier cosa que parece que quiere alcanzarle a usted las barbas, pero aquí no. […] Lo más grande que crece por aquí son los balos, las aulagas y las tuneras indias […] Ellas eran delgadas como si quisieran escurrirle el cuerpo al viento y, sólo al poco tiempo de ellos llegar, empezaban a dar muestras de lo que llevaban dentro. Nueve meses después, las veías cargando con la pañoleta y con el chico del año anterior prendido del vuelto de la falda, como un chirato. Y nunca sabías si era el chiquillo el que se colgaba de la falda para no quedarse atrás mientras la madre lo remolcaba, si era el vendaval que se lo quería llevar y él se resistía agarrado al vestido de la madre o eran las dos cosas a la vez. Y así crecían pegados a la tierra, pequeños y renegridos, con los ojos siempre a medio abrir y aquellas pestañas grandísimas que fueron criando para defenderse de las embestidas de los granos de arena y tierra que arrastra el viento por aquí. Después, tan pronto se desprendían de la falda de la madre, andaban dando tumbos de un lado para otro como las aulagas secas arañando el suelo. Nacían con el aire metido en los huesos y en la cabeza […]
 
Rafaelito, el personaje del relato, asume el rol de notario para dar pinceladas de situaciones vividas en el periodo de auge de la Mancomunidad del sureste grancanario.
 
Desde el punto de vista cronológico, esta historia se sitúa en el estadio siguiente al que viene determinado por el universo narrativo ya señalado con anterioridad a propósito de “Tú no te acordarás”, “Juan Caballero” o “Domingo Cabrera”: de las tierras que se labran se llega a las que son cosechadas.
 
Relato 18 (163-165): Gloria
Se vuelve a la imagen de un atasco circulatorio presente en “Isla intestina” para que la protagonista evoque dos movimientos bien distintos entre sí: el mayo del 68 y los distintos 20 de noviembre que homenajeaban el fallecimiento del dictador Franco. Todo ello, con la música de Edit Piaf y su “Non Je ne regrette rien” de fondo, como una reafirmación propia de que no hay nada de lo que arrepentirse… Al lector le corresponde dirimir los cauces de esta exculpación.
 
Relato 19 (167-171): Sangre de mi sangre
En esta narración se vuelve de nuevo al pasado de los tomateros, como en “Viento del sur”, para hacer hincapié en el tema de los caciques que abusaban de las mujeres ante el silencio, la impotencia, etc., de sus maridos y la presencia en los senos familiares de muchos hijos ilegítimos que sembraban la marca del deshonor en la conciencia colectiva de los aparceros.
 
A través de un magistral monólogo, el protagonista cuenta a alguien, se presupone que una autoridad, cómo supo por su abuela, de quien creía que era su madre hasta poco antes de morir, cómo fue concebido y cómo, ante el menoscabo de su hermanastro, hijo del progenitor que no le reconoció, se vio impelido a hacer “algo” que asume como ilícito: «[…] Llévenme preso si quieren, pero ¡ya está bien de pisotearme la sangre!».
 
Relato 20 (173-177): La mujer
Como en “La cámara”, estamos ante un relato muy bien elaborado en su desarrollo narrativo; una historia que logra crear en el lector una suerte de expectativas que, con el desenlace, consigue el acceso a la esperada catarsis que todo lector busca y que, como entenderás, no voy a exponer más allá de estos sencillos apuntes que ahora te ofrezco. Me permitiré, eso sí, a modo de avance cinematográfico, este envite:
 
[…] Después de que murió el marido, según le oí contar a mi padre, un cuñado suyo trató de forzarla cuando se ocupaba en podar una parra, y ella, de un tijeretazo, le seccionó el pene con tal perfección que los cirujanos no tuvieron ningún problema a la hora de reimplantárselo. Y, en el juicio, el hecho de poder reparar el daño sin mayores dificultades se consideró un atenuante que la libró de la cárcel. No sé por qué se me ocurre ahora todo esto. Si Juan Antonio se hubiera dado cuenta aquella noche de que la muchacha era la hija de esta mujer, no estaríamos aquí asfixiándonos vivos y posiblemente se me ocurrirían otras cosas. Él dice que la confundió con una de afuera porque hacía tiempo que no la veía, pero me da que eso no nos va a servir de nada […]
 
¡Hum! ¿Qué Juan Antonio? ¿El chulo de playa…?
 
Relato 21 (179-180): La chica del yogur
La realidad mágica que he apuntado como elemento no infrecuente en la narrativa de Pérez Tejera se ve complementada por pasajes deudores del mejor realismo mágico. En “La chica del yogur”, este realismo llega a su cénit de una manera magistral.
 
En este abrumador por bello relato, que me hace recordar los articuentos de Juan José Millás, la protagonista, por mor de sus atenciones hacia la flora intestinal con el consumo masivo de yogures con bífidus bioactivos, se convierte en una primavera con piernas y olor a campo.
 
[…] Cuidaba tanto de su flora intestinal que, como dormía con la boca abierta, desde mediados de marzo hasta bien entrado el verano, la ventana de su alcoba era un constante ir y venir de mariposas, abejas, abejorros, libélulas rojas y azules, y algún que otro colibrí. A principios de agosto un tibio olor a heno invitaba a revolcarse con ella en cualquier parte […]
 
Relato 22 (181-184): La piedrita blanca
Este relato es una evolución de “Cheo” en la medida que logra retomar Pérez Tejera su habilidad para elaborar cuentos infantiles. El comienzo ya es toda una declaración de adhesión a la cuentística tradicional: «En un lugar muy lejano del que no recuerdo el nombre […]».
 
“La piedrita blanca” es un texto muy didáctico en el que, con asequible y ágil prosa, la metáfora de la piedra se convierte en el elemento esencial para fijar los trazos de una narración cuya moraleja se halla en la generosidad (así, en general, sin que haya aureolas crematísticas de por medio) como pilar básico para una limpieza física y espiritual.
 
Relato 23 (185-188): Vuelvo aquí
El último texto de nuestra obra es un relato profundamente poético que comienza con una arrasadora declaración de incertidumbre:
 
Estoy aquí… De pronto, la frase me ha sonado sin sentido y me parece que el único lugar posible soy yo. Porque no puede ser que ocupe un espacio mayor que este que soy. Y me asalta la pregunta: ¿quién soy? O mejor: ¿qué soy? […]
 
A partir de aquí, los pensamientos del narrador exponen su posición ante un mundo que, en sus fundamentos, es concebido desde una clave social («interpreto y me interpretan»). Dentro de esta visión de las circunstancias, quisiera destacar el extraordinario juego polisémico que realiza Pérez Tejera con las manos, que acarician, ayudan y agreden; y con los pies, que sirven para la llegada y también para la salida, y que logran fijar esa “distancia entre tú y yo”.
 
Aunque en una lectura superficial podríamos concluir que se trata de un mal de amores del que ha logrado liberarse el narrador, no podemos dejar de considerar que todo encierra una suerte de simbolismo que, sin duda, enriquece muchísimo la percepción del texto. Uno se aleja de lo que es para intentar ser otra persona sin dejar por ello, en el fondo, de ser lo que es.
 
Todo aquello que, insisto, en una primera lectura cabe ver como la exposición de los estertores de una historia de amor finiquitada, merece ser transpuesto a otro nivel para que podamos detectar que lo que es una despedida no es más que la consolidación de un cambio de identidad o de percepción de nuestra realidad. Estas mutaciones vitales son despedidas del pasado frente al presente.
  
Y así concluí mi penúltima anotación sobre la obra antes de su presentación, con este "son despedidas del pasado frente al presente" seguido de otra intensa sacudida sísmica.
 
5o objeto textual de forma irregular
 
Como no puedo evitar hacer aquello que es propio de lo que pretendo ser, caigo nuevamente en el afán clasificador de entonces y, desterrada la inútil dualidad que ubicaba los textos en grupos anecdóticos y metafísicos, sucumbo a un nuevo orden que se me antoja más preciso porque se cimenta sobre términos clave, tanto en su valor denotativo como connotativo, para captar, así lo veo yo, la esencia de cada relato.
 
 
 
En la misma mañana del día de la presentación, terminé la última ficha de anotaciones con la siguiente conclusión:
 
 
Acabada la primera parte de mi trabajo, guardé todas las fichas, el ejemplar lleno de anotaciones que mi amiga Rita me había dejado y algunas fotocopias que contenían artículos de nuestro autor publicados en Teldeactualidad.com y, cómo no, la magnífica reseña que sobre el libro escribió el poeta teldense Luis Antonio González Pérez en el referido medio de comunicación digital pocos días después de haberse presentado en la Casa-Museo Pérez Galdós.
 
Viernes, 9 de diciembre de 2011. A eso de las 19.30 horas, llego a las Casas Consistoriales junto a Rita Navarro. Saludo a los presentes y, por primera vez, a Julio Pérez Tejera. Reconozco que me emociona conocer a quien he tenido muy presente durante el último mes a través de la firmeza de una prosa que nada tiene que envidiar a la de los grandes de la literatura en lengua española.
 
No debe ser mi pluma la que se haga eco de lo sucedido en el acto, pues otra más brillante, la de Jesús Ruiz Mesa, a día de hoy uno de los mejores cronistas de eventos culturales de Canarias, relató para Teldeactualidad.com lo sucedido en tan dichoso día.
 
Concluye el acto. Le reitero a Julio mi particular felicitación por la obra publicada. En ese momento, mi ángel, mi instinto, mi inspiración, mi álter ego… me dicta las palabras que le digo mientras me despido de él: «Seguiremos en contacto. Descuida. No me olvidaré de ti…», con lo que dejaba la puerta abierta a no sé muy bien qué.
 
Creo que Julio Pérez Tejera nunca sabrá a ciencia cierta cuánto le debe la Biblioteca Canaria de Lecturas (BCL), pues gracias a él, y sin que sepa nuestro autor muy bien cómo, nació.
 
Te cuento: los días posteriores a la presentación fueron agitados en la medida que sentía un cargo de conciencia cuyo origen se hallaba en un código deontológico no escrito cuyas líneas básicas durante esas jornadas eran las siguientes:
 
Bien, hace poco he presentado a la sociedad una excelente obra; un libro que merece ser difundido, conocido y estudiado; un volumen en el que cualquier editor con un mínimo de sentido común invertiría y promocionaría como se merece, pues posee la suficiente calidad como para que sea un producto mercantil apetecible, dejando al margen su valía cultural, que es incuestionable. ¿No debería hacer algo -no sé qué- para que la obra se expanda más allá de los límites tan reducidos en los que ahora mismo se mueve? ¿No va en mi condición de filólogo (especialista, en principio, en literatura) hacer algo -no sé qué- para contribuir con el conocimiento de este "Tú no te acordarás... y otros relatos"? Y voy más lejos todavía: ¿Cuántos Julio Pérez Tejera hay en nuestro entorno? ¿Cuántos autores alejados de la etiqueta de "joven promesa" hay cerca de nosotros: autores excelentes que, por mil y una circunstancias, no han tenido la oportunidad, la fortuna, el hado... que les permitiese ver publicada una obra que, desde el punto de vista crítico (ya sea literario; ya, ensayístico, etc.), merece realmente la pena que vea la luz? [...]
 
De la convicción de que debía hacer algo que permitiese a estos autores el que tuviesen un espacio para que sus obras se publicasen con las mejores garantías editoriales, surgió la Biblioteca Canaria de Lecturas; del deseo de dar a Tú no te acordarás… y otros relatos la relevancia que se merece, vino la asignación del número 1 de la colección.
 
Antes del verano de 2012, la BCL era un proyecto que me causaba un regocijo particular, pues consideraba que sus fines iniciales eran nobles por cuanto satisfacían la obligación deontológica expuesta. Expuse a Julio mi deseo de hacer una edición de su obra y, tras su visto bueno, comenzó a nacer en nosotros una relación de la que me considero un auténtico privilegiado, pues no solo se confirmó con nuestro trato la inmensa calidad literaria que posee nuestro autor, sino que descubrí en él una serie de cualidades que lo han hecho aún más grande para mí. Si me preguntan cómo es Julio Pérez Tejera, al margen de ponderar su valía autoral, destacaría su calidad como persona y zanjaría la cuestión con un rotundo:
 
Es un hombre profundamente bueno, intensamente humilde, abrumadoramente humano...
 
Hasta llegar a la edición que nos ocupa, múltiples fueron las tareas realizadas, mucho se hizo y no poco se deshizo; mucho se pospuso y bastante no terminaba de salir adelante por mi culpa, pues muchos calderos editoriales se cocinaban en mi hornillo. Las fechas para la versión final se iban posponiendo y quisieron las circunstancias que nuestro barco fuese llegando poco a poco al puerto esperado hacia finales de 2013.
 
En la travesía de este largo viaje, que se hizo interminable pues a las ansias por ver el deseado tomo 1 de la BCL se iban interponiendo elementos que requerían atenciones prioritarias, hice acopio de mucha producción de originales literarios que, con infinita gentileza, me cedió el autor. Fue así como surgió la necesidad de que los relatos de la obra principal se viesen incrementados con otros que Julio había desechado para Tú no te acordarás… y otros relatos y que, a mi juicio, poseían una excepcional calidad.
 
En el índice de nuestro libro, estos relatos forman parte del apartado “Otras prosas”. Aunque el conjunto de los eliminados de la ópera prima era elevado, concluimos que los seis escogidos para la edición que nos ocupa merecían ver la luz.
 
Siguiendo los criterios asumidos para clasificar los diferentes relatos que componen la obra principal de esta edición, considero que los seis títulos deben situarse así:
 
“La deuda” y “A una desconocida” son relatos situacionales por cuanto el narrador analiza un hecho que padece o contempla y que le conduce a una reflexión donde se remueve su yo y, con él, su visión del mundo que le circunda.
El resto de los textos pertenecen al grupo de los relatos ficcionales. “El hombre” y “Soy un libro viejo, ¡por favor, no me tires a la basura!” atesoran un incuestionable valor didáctico, aunque con diferentes grados de explicitud: más difícil de percibir en el primero, muy evidente en el segundo, donde se capta al destinatario que obra en las intenciones de nuestro autor, los niños.
 
Las otras dos narraciones (“El tizo” y “El pozo de los sueños”) son todo un prodigio de texto humorístico, una faceta que Julio sabe explotar muy bien y que forma parte de su estilo haciendo un uso muy bien calibrado de la socarronería canaria, la ironía y los dobles sentidos. Tú no te acordarás… y otros relatos posee sobresalientes muestras de lo que apunto, lo confirma “El hombre” y, sobre todo, lo ratifican estos dos relatos.
 
Punto-sadalone
Cuando ya tenía a Julio situado en el parnaso de los prosistas de pro, surge la figura del autor que, en el fondo, siempre ha querido ser: un poeta; un modesto misionero de los versos que, lejos del juego retórico de fray Luis de León, sí siente verdaderamente, cuando lo declara, que sus obras se le han caído de entre las manos.
 
En el vagón de los originales, cayeron en mis manos composiciones de primer nivel por su musicalidad, sencillez, fino sentido del humor y profundo didactismo. Es el caso de Las fábulas del Guirre Sabedor y La décima parte.
 
En Cuaderno de notas hallamos al Julio que traza una alianza emocional con su tierra y sus gentes, como testimonia el visceral “La trapera”; sin duda alguna, uno de los mejores poemas compuestos sobre la órbita que traza en la conciencia literaria de los canarios la aclamada creación “La maleta” de Pedro Lezcano.
 
En “Monólogo contigo”, aparece un Pérez Tejera volcado hacia la poetización de unos sentimientos sujetos a la cotidianeidad; en la impresionante “Cuaderna vía”, el compromiso de nuestro autor es con la literatura en sí, ofreciendo de esta manera el homenaje a los autores que han hecho fecundar en él su voluntad de componer versos.
 
Tras la lectura de sus poemas y hecha la pequeña antología que sigue a “Otras prosas”, llega a mi memoria Cervantes. Por fortuna, no tendrá Julio que acudir nunca a ningún Viaje del Parnaso particular para hacer suyos unos versos como estos del alcalaíno
 
[…] Yo, que siempre trabajo y me desvelo
 
Por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo […]
porque los suyos bien valen un potosí; mas he de ser coherente con lo que pienso, creo y defiendo: enaltezco al gran poeta, pero sublimo al extraordinario prosista; y elevo al altar de mis mayores y mejores consideraciones a la persona, a este hombre profundamente bueno, intensamente humilde, abrumadoramente humano, que conocí hace hoy 753 días y por el que siento un especial afecto.En estas páginas he procurado reflejar la experiencia de su conocimiento. Releo lo escrito y concluyo que he procurado contar cuanto sucedió, no de la mejor manera, como te mereces, sino de la única manera que sé hacerlo. A ti te corresponde, mi dilecto lector, por un lado, comprobar que, aunque con mi natural parquedad a cuestas, en nada he mentido sobre lo contado; por el otro, como todo es veraz, buscar un hueco en el jardín de tu piedad donde halles algunas semillas de compasión para que las plantes en quien ya no te incordiará más con este preliminar.
__________
Notas 
[1] Aunque me encantaría seguir extendiéndome más sobre estas cuestiones del paratexto, porque son apasionantes en la medida que conllevan un trabajo de investigación parecido al de los forenses, no debo continuar aportando más de lo dicho, pues cabe la posibilidad, dada mi natural tendencia hacia la dispersión, de que me desvíe más de la cuenta del camino que debo seguir en este preliminar. Si el tema te resulta atractivo o curioso, te invito a la lectura de mi Análisis paratextual de ‘Ninfas y pastores de Henares’ de Bernardo González de Bobadilla, publicado en Anroart Ediciones en 2008.
 
[2] Si deseas ahondar más en esta cuestión, te sugiero que consultes El género pastoril a través de ‘Ninfas y pastores de Henares’ de Bernardo González de Bobadilla, que publiqué en Anroart Ediciones, en 2011.
 
[3] Según el DRAE: «1. m. Genio, índole, condición, especialmente cuando se manifiesta exteriormente; 2. m. Jovialidad, agudeza […]».
 
[4] El hecho de que el topónimo de Telde sea Telle, “tierra de higueras” en el idioma aborigen, se suma de manera connotativa al marco geográfico indicado.
 
[5] Hermosa imagen de la serpiente (“hiedra de hojas lustrosas”) enroscada en el Árbol de la Ciencia y cuya visión causa placer (“nos miramos sonriendo”) y conciencia (“estamos desnudos”) en estos particulares Adán y Eva. Surge aquí el conocimiento, la convicción del conocimiento, como fuente para acceder a los límites del verdadero paraíso, que llega a trascender las fronteras de la propia literatura.
 
Victoriano Santana Sanjurjo es doctor en Filología Hispánica, profesor y miembro del Consejo Editorial de TELDEACTUALIDAD.
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