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Miércoles, 08 de Abril de 2026

Actualizada Miércoles, 08 de Abril de 2026 a las 13:51:57 horas

Victoriano Santana (Foto TA) Victoriano Santana (Foto TA)

En el 'Caleidoscopio' de Julio Pérez Tejera (I)

TA ofrece la primera de tres partes de una reflexión de doctor en Filología Hispánica, Victoriano Santana

cojeda Miércoles, 30 de Abril de 2014 Tiempo de lectura:

VICTORIANO SANTANA
Para empezar, necesito y quiero contarte una anécdota, una situación, una experiencia…, algo, en suma, que me ocurrió durante mis años de licenciatura universitaria (te hablo de un periodo comprendido entre 1991 y 1996). Me gustaría precisar en qué momento, pero no logro acotar ningún segmento cronológico concreto. No importa. Si en el transcurso de esta redacción logro acordarme, te lo digo, ¿vale?
 
Bueno, sigo: recuerdo que ocurrió en las horas vespertinas de un día de vacaciones estivales (¿julio o agosto?) y que el acontecimiento se produjo en una guagua que cogí en la parada situada frente a la iglesia de San Gregorio, en el barrio teldense de Los Llanos de Jaraquemada. Mi destino era el Hospital Insular.
 
Llevaba conmigo un libro para entretenerme durante un trayecto que me sabía de memoria y cuyo paisaje, a fuerza de verlo diariamente, ya me resultaba monótono. Cogí el volumen de mi biblioteca. Aproximadamente, hacía un par de meses que lo tenía. A pesar de su hermoso título, no le había podido prestar una atención que fuese más allá de ver la cubierta y leer el texto de la contracubierta, quizás porque estaba envuelto en los exámenes previos al periodo estival. Ese día lo cogí sin más, lo puse en la mochila, llegué a la parada, esperé por el Salcai que hacía la línea 80, subí al vehículo cuando llegó y me acomodé en un asiento de los muchos que estaban sin pasajeros. Tras arrancar y dirigirse a la siguiente parada, la que había en la desastrosa estación de guaguas de Telde, la última antes de emprender el camino ininterrumpido hasta mi destino, abrí la mochila, cogí el libro y empecé a leer… Leí, leí más, leí mucho más, seguí leyendo, pasé páginas y páginas; leí sin apenas respirar, sin la mínima tregua para levantar la cabeza, sin cambiar de posición; leí sin tiempo, leí y seguí leyendo…
 
Cuando me quise dar cuenta, la guagua había llegado al final de su trayecto, en la estación de guaguas de San Telmo de la capital grancanaria. Levanté la cabeza y comprobé que se me había pasado la parada del Hospital Insular. «Mierda», me dije mientras, como un totorota, me volvía a poner delante de la puerta de la misma guagua que me había traído para que, en una suerte de retroceso absurdo, me llevase al destino previsto. La lectura me había hecho perder la noción del tiempo y el espacio; y me acordé del primer capítulo del Quijote.
 
Me propuse no despistarme y cumplir con el cometido previsto: llegué al Hospital Insular, hice lo que no recuerdo ahora que tenía que hacer (¿visitar a algún paciente, quizás?), despaché mi tarea con desesperación y corrí ansioso para coger la primera línea 80 que me devolviese a Telde. Durante el regreso, seguí leyendo, pasando páginas, descifrando aquel embrujado libro de bello título y cautivadoras palabras.
 
Me bajé en la parada del instituto José Arencibia Gil, donde cursé el Bachillerato, llamado entonces BUP, y el COU. De ahí a la casa de mis padres hay muy poca distancia. Llegué enseguida, no recuerdo qué hice después y sé que luego me encerré en mi habitación para seguir con el gratísimo cautiverio. Y leí, leí más, leí mucho más, seguí leyendo, pasé páginas y páginas; y leí sin apenas respirar, sin la mínima tregua para levantar la cabeza, sin cambiar de posición; y leí sin tiempo, leí y seguí leyendo…
 
El caso es que al día siguiente continué con la lectura al tiempo que empezaba a nacer en mí cierto desasosiego, pues comprobaba que el volumen se estaba acabando y… que no, que no era justo que se terminase, que eran necesarias mil, dos mil, cinco mil páginas más; que la narración no podía concluir sin más… Pero, como todo en esta vida, la historia se terminó. Cerré la novela. Cerré los ojos. Suspiré. «Sublime», musité… Y con impía pasión, con la intensidad de un desgarro en una cicatriz mal cosida, volví a releerla sobre la marcha:
 
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo […]
 
Desde este estremecimiento, no he vuelto a sentir nada parecido con un libro. Si hubiese una escala de Richter sobre los efectos de la lectura, sin duda que Cien años de soledad hubiese merecido la calificación de 10. Todo mi universo retórico se vino abajo y todo se volvió a reconstruir nuevamente con una fortaleza imprevista.
 
En marzo de 2013, en uno de mis escasos hogares digitales, Canarias Cultura, una web donde me siento como en casa, mi muy querido y admirado José Brito López me hizo una entrevista a propósito de la publicación del que por esas fechas era mi último libro: El Quijote (1605) tuneado (Mercurio Editorial). En un momento de la conversación, me preguntó por el libro que me hubiese gustado escribir. Esto le respondí:
 
[…] Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, sin duda alguna. A pesar de tenerlo en un altar o quizás por eso, no lo sé muy bien, jamás me he atrevido a escribir nada sobre él. Me da miedo, me retuerce el alma hasta dejarme exánime. Acudo a él con devoción, como si fuese a iniciar un ancestral ritual mágico que me conecta con el origen mismo de mi estirpe, que, como las de todos nosotros, se remonta al inicio de los tiempos.
 
Sé que cabría esperar por muchos que respondiese el Quijote, pero mi acceso a esta obra se ha fraguado de otra manera: yo crecí con el Quijote, aprendí a escribir con esta obra y, sin duda, serán sus páginas las últimas que tenga que leer antes de morir. Toda mi vida se ha construido sobre una experiencia vívida de la novela cervantina; luego, forma parte de mi universo, de lo que soy y, en consecuencia, de aquello que no puedo crear como autor sin que parezca que me estoy autoescribiendo; pero Cien años de soledad entró de otra manera. Llegó como una revelación sagrada que solo pude entender gracias a que mi vida se había forjado sobre el mito literario del Quijote. Sé que puede resultar un poco complejo todo esto, pero mis horas se construyen sobre textos, sobre palabras, y eso hace que todo lo que me envuelva tenga que obedecer a una suerte de orden no escrito sobre preferencias, jerarquías, obras de la banda de acá y de la de allá, escrituras vitales y escrituras pasajeras […]
 
Reconozco que otros fenómenos sísmicos importantes he padecido en el planeta de mis lecturas. Antes del devastador, del épico, sentí alguno que otro, que logré identificar con posterioridad gracias a lo sucedido con la novela del colombiano; pero fue a partir de la epopeya de los Buendía cuando empecé a prestar atención a mi sismógrafo particular. De esta manera, he hallado que en toda la gama posible de los valores circunscritos a la calificación de nueve están situados, por un lado, el resto de las obras de García Márquez y, por el otro, toda la producción de José Saramago.
 
Luego, ha habido grados y grados, como libros y libros, como lecturas y lecturas… De los esperanzadores, poco es lo que suelo recibir; y muy buenos terremotos me han ocasionado otros de los que apenas esperaba nada. En este último caso, debo situar Tú no te acordarás… y otros relatos de Julio Pérez Tejera. Aclaro, es importante: nada esperaba de este libro cuando cayó en mis manos porque no sabía entonces que existía nuestro autor, nadie me había hablado de él, nada había leído de él ni sobre él.
 
¿Julio Pérez? Y, ¿quién es Julio Pérez?…
 
En octubre o noviembre de 2011, no puedo ser preciso con esto a pesar de la cercanía temporal, mi muy apreciada amiga Rita Navarro me pidió que presentase el libro de Julio en el casco histórico de Santa Lucía, en las casas consistoriales. El libro se había presentado por primera vez en la Casa-Museo León y Castillo el 14 de junio, siendo la directora de la Casa-Museo Pérez Galdós, Rosa Mª Quintana Domínguez, quien ejerció entonces la labor que ahora me proponía Rita. Yo acepté sin más porque a las buenas amistades, atentos a la fidelidad que se les debe, nunca se les dice que no. Es cierto que para este “sí” indubitable contaba en mi haber con la experiencia de alguna que otra presentación de libros que había aceptado realizar por compromiso y que había resuelto de manera satisfactoria gracias al palabrerío de la retórica; luego, estaba dispuesto a echar mano de mi artillería para resolver la situación si la obra no atesoraba a mi juicio un mínimo de calidad con el fin de que todos estuviesen contentos con mi intervención: el autor, los asistentes y, sobre todo, quien me había hecho la petición. Lo dicho: solté un «venga, dalo por hecho. Consígueme el libro y concrétame el lugar, la fecha y la hora de la presentación». Días más tarde, tuve en mis manos el mentado Tú no te acordarás… y otros relatos. Nada más verlo, me investí con esos ropajes de pontífice pedantesco que me son tan familiares y con los que uno trata de cubrir el desnudo de su pobreza discursiva. Una vez que ya estaba acorde para la ocasión, me dispuse a ver de qué iba la obra.
 
Empecé por el paratexto, por todos esos elementos del libro que no tienen nada que ver con el texto literario (cubierta, portada, hoja de créditos, índice, preliminares, tipo de papel, ilustraciones, tamaño…) y que sirven, por un lado, para aproximarnos al libro como elemento físico y jurídico; y, por el otro, para detectar algunos detalles que pueden ser relevantes de cara al contenido poético.[1] Así, pues, me dispuse a cumplimentar mi ficha de datos paratextuales:
 
  
Luego, como suelo hacer, fui anotando en otras fichas pequeños bloques de texto con ideas sueltas de cara a la exposición:
 
 
 
  
 
Victoriano Santana Sanjurjo es doctor en Filología Hispanica, profesor y miembro del Consejo Editorial de TELDEACTUALIDAD.
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