En nuestro paseo de hoy, mañana primaveral, nos hemos ido al Valle de Jinámar, donde vamos en busca de la calle La Noria, cuyo origen lo encontramos en la calle Fuente del Sao desde donde, con un trazado de Naciente-Poniente y, tras recorrer unos 100 metros lineales, aproximadamente, finaliza en la calle Obispo Diego de Muros.
Tiene paralela al Norte la calle Balos y al Sur la calle Fuente del Sao.
Esta nominación, fue aprobada por el Ayuntamiento Pleno en sesión celebrada el día 25 de noviembre de 1994, figurando desde entonces, en el Callejero del Distrito 3º, Sección 11ª del Censo Municipal de Habitantes y Edificios.
Es ésta una urbanización reciente, de una veintena de años, aproximadamente y, el uso de la misma es eminentemente residencial, encontrándonos en la mayoría de las parcelas edificios destinados a viviendas, bajo las cuales existe algún que otro local comercial.
Sinopsis de la nominación
La noria de Jinámar constituye un conjunto de mecanismos hidráulicos para la succión y elevación de agua de un pozo cuya construcción más antigua data de 1850, cuando Agustín del Castillo y Béthencourt, IV conde de la Vega Grande, perforó un pozo y levantó en el mismo una curiosa torre de planta octogonal, en cuya planta superior, para elevar el agua del pozo, instaló un malacate con bombas de pistón, accionado por bestias, y significó un novedoso sistema hidráulico en Canarias.
Por aquel entonces, este propietario capitalizaba su gran hacienda de Jinámar, con un plan de experiencias agronómicas de cultivos alternativos, entre ellos la caña dulce. Y es que este valle constituía uno de sus fundos más ricos, con una superficie de 301 ha, compartida entre los municipios de Las Palmas y Telde.
Hacia 1880-1890, con la introducción de los cultivos de exportación, sobre todo de plataneras, la hacienda necesitó más cantidad de agua. Para ello se trazaron galerías desde el interior del pozo y se fueron mejorando los sistemas de elevación de las aguas mediante un segundo cuerpo de bombas, accionado primero por una máquina de vapor instalada a finales de aquel siglo y sustituida poco después por un motor de gas pobre con su gasógeno y, avanzada la primera mitad del siglo XX (1932-1936), una vez perfeccionada la fuerza motriz, la noria se mejoró con un nuevo cuerpo de bombas accionado por un motor diésel marca Tangye de 73 Cv.
La noria entró luego en completa ruina por abandono, tras la marcha del vigilante voluntario por no tener apoyo oficial para su cometido. Hasta el año 2006, en que se acomete su rehabilitación, continuó sometida a constantes saqueos, incluso a incendios, aunque paradójicamente ya estaba protegida mediante su inclusión en el Catálogo Municipal del Ayuntamiento de Telde.
El Excmo. Cabildo de Gran Canaria, en el año 2005 proyecta e inicia las obras de restauración de la noria y todo su entorno, con la idea de convertir el espacio en una Centro de Interpretación de la Cultura del Agua. Esta obra por problemas presupuestarios sufre varios recesos pero así y todo, hace unos dos años, se ultimaron con toda clase de detalles.
Parece que es un chiste, pero no ha entrado en funcionamiento para el fin que había sido pensado, por la falta de realización de un vial de acceso desde la GC-1, que al parecer a alguien se le antojó fuera de una forma no viable y por ello ha quedado todo parado. También nos da la impresión de que tanto la voluntad como la inteligencia de quienes han debido resolver este escollo, es poca o nula, si no contradictoria a los intereses del pueblo canario, a todas luces.
Lo cierto es que hemos visitado en varias ocasiones las instalaciones en sus diferentes fases de rehabilitación y siempre, hemos terminado la visita con un soberano cabreo por la lentitud de su ejecución, la falta de interés oficial en ultimar las mismas y lo absurdo del impedimento de ese dichoso vial, como si no fuera factible otra solución a través de la urbanización. La verdad es que son unas joyas estas lumbreras: técnicos oficiales y políticos baratos, aunque todos cobren mensualmente con los dineros del pueblo al que deben al menos la honestidad en el ejercicio de sus funciones.
Toponimia del lugar
La toponimia que da origen al barrio de Jinámar, se define como la del nombre de un poblado aborigen prehispánico, sin que se sepa cual puede ser su traducción, y en todo momento, esos inicios le asocian con el de una aldea de pacíficos artesanos que al parecer se denominaba La Ollería, y en la que tropas de Juan Rejón ocasionó una gran masacre entre la población de mujeres, niños y ancianos. Ese lugar al parecer hoy se recuerda con la denominación de un vial como La Matanza.
Durante mucho tiempo Jinámar fue el primer núcleo poblado del municipio de Telde, que se encontraba cuando transitabas por la Camino Real al Sur en el siglo XVIII, posteriormente la Carretera al Sur durante el siglo XIX y en siglo XX la Carretera C-812 y que todas durante sus diferentes denominaciones condujeron y conducen hasta el Puerto de Mogán.
Entre San Cristóbal y Jinámar, no encontrabas ningún tipo de edificación, con lo cual al llegar a Jinámar, la parada era obligada para dar agua a las bestias que tiraban de los carros, poner agua a los viejos motores de los transportes públicos o estirar las piernas, ya que, estos viajes solían durar algo más de medio día en algunos casos.
No obstante, el Valle de Jinámar, es una gran urbanización que se construye en la segunda mitad de la década de 1980, en lo que fuera la hermosa Finca de la Condesa, un lugar señero en los procesos agrícolas que ha vivido el municipio de Telde, durante varios siglos, y que experimentaba una gran frondosidad y fertilidad, debido al mimo que en ella pusiera el Sr. Conde de la Vega Grande y de Guadalupe, al dotarla de los sistemas de riegos y edificaciones anexas al emporio agrícola que rodeaba su gran mansión.
Han sido incompresibles o cuando menos disparatadas, las intervenciones que en nuestro municipio ha tenido el Gobierno Español en connivencia con los propietarios de ciertos lugares en los que la productividad agrícola era vital y sin embargo se dejaron de cultivar para proceder a la urbanización de los mismos, cuando en verdad existían terrenos colindantes con peores condiciones agrícolas que aquellos, ya sean en el Valle de Jinámar, en Las Remudas, o en la zona de La Estrella, para el caso da lo mismo, el crimen ecológico fue de la misma magnitud.
Hoy lo que queda de parte de aquella hermosa finca, es un número indeterminado de calles y edificaciones sociales donde se hacina una importante población del municipio y otros venidos de fuera.
Todo, absolutamente todo perece al paso inexorable del tiempo, a la consideración dispar de las distintas generaciones, a esa importancia que se resta a la trascendencia y a la herencia cultural que en aras de Patrimonio Histórico, Cultural o Medio Ambiental nos han legado las generaciones que nos han antecedido y ello, sólo nos lleva a la ignorancia y al desconocimiento de anteriores experiencias en las cuales bien pudiéramos educarnos para evitar la repetición de errores y pérdidas innecesarias de tiempo.
Pudiéramos aprender de esas vivencias lo que es más puro, algo que encasillamos como la cultura popular y los valores humanos, tal vez, por creernos más inteligentes que aquellos que ya no están, como si nosotros fuéramos a estar siempre, aunque en verdad la sabiduría de muchos dependa de un ordenador y el bienestar de la electricidad, sin esos elementos fríos y volubles, muchos se morirían de hambre ante la realidad, ya que, su futuro sería claramente insostenible.
Efemérides
Un día tal como hoy, hace ahora mismo 212 años, es decir el 20 de febrero de 1802, nace en la zona de Buen Lugar, cerca de Ampuyenta, a unos 15 kilómetros de Puerto del Rosario (Fuerteventura), Tomás Antonio Mena y Mesa, quien desde muy joven se convierte en emigrante a Gran Canaria, Cuba, Tenerife, París y Estados Unidos donde recibió estudios de filosofía y medicina (cirugía). En La Habana ejerció la medicina tratando afecciones como el cólera, la fiebre amarilla y otras enfermedades tropicales. En 1847 regresó a su isla natal donde siguió desempeñando la medicina. Su profesionalidad fue alabada por los majoreros convirtiéndose en el médico de Los Coroneles que en esos momentos ocupaban los órganos de poder en la Isla.
En Fuerteventura, ya cansado de su anterior vida ajetreada, se instaló en Ampuyenta en una vivienda de dos plantas con forma de U y cercana a la iglesia, para vivir junto a su madre. Había atesorado una gran fortuna lo que le permitió el lujo de ejercer la medicina de forma altruista y desinteresada para las familias poco pudientes, en aquel entonces una gran mayoría de la población. Asimismo, donó la cantidad de veinticinco mil pesetas para la construcción de un hospital en un inmueble frente a su casa. Sin embargo el legado del doctor Mena y Mesa, no se utilizó en la forma prevista y deseada por él. Dicho centro sanitario llevaría por nombre Hospital de Caridad de San Conrado y San Gaspar. El edificio se construyó posteriormente, a finales del siglo XIX y significó una importante innovación en la arquitectura de la Isla tanto por la tipología como por los materiales empleados. El edificio se encuentra frente a la Casa Museo
Desde 1999, el edificio donde nació y vivió el doctor Mena y Mesa, acoge la Casa Museo dedicada en su honor y memoria. Un busto del doctor da la bienvenida a los visitantes. Tras cruzar la puerta, encontrarás un patio interior con un aljibe en el centro rodeada de geranios (melindros en Fuerteventura), enredaderas florecidas y multitud de floridas plantas que contrastan con la blancura de las paredes del aljibe y la vivienda. El recorrido por las distintas estancias permitirá conocer cómo vivía este personaje a mediados del siglo XIX. Te sorprenderá el lujo de la vivienda, los cortinajes, tapices, cuadros, vajillas de la Cartuja y grandes jarrones decimonónicos y únicos en esos momentos en la Isla en medio de una Fuerteventura castigada por la miseria generalizada. El doctor Tomás Antonio Mena y Mesa, falleció el 10 de Julio de 1868.
Sucedió también un día tal como hoy, hace ahora mismo 201 años, es decir el 20 de febrero de 1813, que en Campos de Castañares, hoy zona norte de la Ciudad de Salta, de la República de Argentina, dentro del curso de la Guerra de Independencia, se celebra la Batalla de Salta. En ella el Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano y de Eustoquio Díaz Vélez como mayor general o segundo jefe, derrotó por segunda vez a las tropas realistas del brigadier Juan Pío Tristán, a las que había batido ya en septiembre anterior en la batalla de Tucumán. La rendición incondicional de los realistas garantizó el control del gobierno rioplatense sobre buena parte de los territorios del antiguo Virreinato del Río de la Plata, aseguró la región y permitió a los patriotas recuperar, provisoriamente, el control del Alto Perú.
Anteriormente el día 19, gracias a la inteligencia de Saravia, el ejército marchó por la mañana con la intención de acometer las tropas enemigas al amanecer del día siguiente. Tristán recibió noticia del avance, y dispuso sus tropas nuevamente para resistirlo; alineó una columna de fusileros sobre la ladera del cerro San Bernardo, reforzó su flanco izquierdo, y organizó las 10 piezas de artillería con que contaba. En la mañana del 20 Belgrano ordenó la marcha del ejército en formación, disponiendo la infantería al centro, una columna de caballería — al mando de José Bernaldes Polledo — en cada flanco y una nutrida reserva al mando de Manuel Dorrego. El primer choque fue favorable a los defensores, ya que la caballería del flanco izquierdo encontraba dificultad para alcanzar a los tiradores enemigos por lo empinado del terreno.
Poco antes de mediodía, Belgrano ordenó el ataque de la reserva comandada por Dorrego sobre esas posiciones, mientras la artillería lanzaba fuego granado sobre el flanco contrario. Al frente de la caballería, condujo él mismo una avanzada sobre el cerco que rodeaba la ciudad. La táctica fue exitosa; columnas de infantes al mando de Carlos Forest, Francisco Pico y José Superí rompieron la línea enemiga y avanzaron sobre las calles salteñas, cerrando la retirada al centro y ala opuesta de los realistas. El retroceso de los realistas se vio dificultado por el mismo corral que habían erigido como fortificación; finalmente, se congregaron en la Plaza Mayor de la ciudad, donde Tristán decidió finalmente rendirse, mandando tocar las campanas de la Iglesia de La Merced.
Hemos tomado posesión sin previo aviso, de una improvisada atalaya que encontré en el Tablero del Conde, desde donde la perspectiva del paisaje te invita a recapacitar y hurgar maliciosamente en los datos históricos que componen la crónica de hoy, tal vez porque con esta actitud consigues ver con más claridad la proximidad a lo que realmente pudo ocurrir y que se cuenta de otra forma, siempre a conveniencia de los ganadores.
En un somero recorrido cronológico detalles como que en 1773, ya el Cortijo de Jinámar, se conformaba como una gran finca de más de 547 fanegadas que se va viendo incrementada por el matrimonio de Doña Luisa Amoreto Manrique con Don Fernando Bruno del Castillo, primer Conde de la Vega Grande, uniéndose las dos propiedades en su hijo Don Francisco del Castillo Ruiz de Vergara, a la sazón II Conde de la Vega Grande y desde esa época el condado es con gran diferencia el mayor propietario de tierras en Jinámar, aunque posteriormente se van añadiendo nuevos dominios a los ya existentes.
Esta gran finca y todas las edificaciones que la complementan, tales como, la Casa de la Condesa, la Ermita y la gran mansión con todas sus amplias dependencias, alcanza su mayor auge y esplendor en la segunda mitad del siglo XIX, de la mano de Don Agustín del Castillo y Bethencourt, IV Conde la Vega Grande, quien moderniza la maquinaria de captación de aguas de la noria y su explotación agraria alcanza las cotas más altas.
A partir de ahí, el declive hace acto de presencia, el abandono de la agricultura por influencia de la falta de mercado en el extranjero y la oferta especuladora del emporio de la construcción, lleva a sus propietarios a la venta del terreno que es urbanizado y donde antes la vida se hacía presente en la frondosidad de los cultivos y el ajetreo de las familias que trabajaban en el interior de la misma, hoy se ha convertido en la plantación de moles de cemento donde se afina por el Gobierno Central a una población carente de medios para hacer frente a las obligaciones que conlleva ese sistema de construcción y habitabilidad.
No para aquí la cosa, bajo la responsabilidad de las Autoridades Cabildicias y las Municipales, quedan las dependencias antes mencionadas que hoy, siguiendo la misma política, se encuentran totalmente abandonadas, siendo objeto de destrucción y robo, por esa barbarie urbana que cada vez tiene más aceptación de la sociedad actual, por aquello de los derechos humanos y las débiles leyes que debieran proteger el Patrimonio Público, cosa que al parecer a las Administraciones Oficiales importa bien poco (Cabildo, Ayuntamiento y/o Justicia).
De pena es observar las instalaciones de la noria y apreciar como la rehabilitación tan costosa que allí se llevó a cabo, se deteriora cada día un poco más. Un Centro de Interpretación de la Cultura del Agua, que podría ser las delicias de la clase estudiantil, el disfrute de la ciudadanía en general y/o la recreación de los turistas, manteniéndose en optimas condiciones y propiciando varios puestos de trabajo, no es rentable políticamente, no se vende, como tampoco se vende la cultura, todo lo contrario, un pueblo culto es difícil de manera por las reivindicaciones que pudiera hacer a favor de su propio derecho, el cual ahora le coartan, le secuestran, le matan y lo entierran, con las armas de la despreocupación y en el campo del olvido.
Abajo está La Noria, no hay nadie visitándola, ya no suben bestias para mover el malacate y extraer agua, ya no se ponen en marcha los motores de extracción, ya no hay agua y los jardines con un aspecto ruinoso ven secarse los ejemplares de palmeras canariensis que allí agonizan. Es deshumanizante el tema, tan deshumanizante como el proceder los responsables de esta situación. ¡Dios mío!... ¿Cómo están acabando con nuestro Patrimonio Histórico y Medioambiental?
La impotencia nos embarga y la incredulidad en el sistema encoleriza nuestra consideración hacia los actuales políticos a todos los niveles, están destrozando lo que nos pertenece a todos y cobran por hacer todo lo contrario de lo que están haciendo. ¡Dios mío!... ¡Elaha!...¡Elohim!...¡Alcorac!...
Nos echamos la gena a la espalda, guardando en ella todo lo positivo que podemos entresacar de esta crónica y, seguimos caminando dentro de la misma urbanización del Valle de Jinámar y nos vamos a la zona denominada “Tablero del Conde”, donde iremos en busca de la calle La Novela, para conocer la toponimia de este lugar y saber algo más de este estilo literario, pero eso será en otra ocasión, si Dios quiere, allí nos vemos. Mientras tanto…cuídense.
Sansofé.
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