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Domingo, 08 de Febrero de 2026

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Calle La Mina (Foto Luis A. López Sosa) Calle La Mina (Foto Luis A. López Sosa)

La Gavia encuentra agua en La Mina

Una calle del poblado prehispánico lleva este nombre

cojeda Jueves, 13 de Febrero de 2014 Tiempo de lectura:

Hoy, en esta mañana fresca de finales del invierno, nuestro paseo los hacemos por el barrio de La Gavia, donde vamos en busca de la calle La Mina, encontrando su inicio en la Carretea General de acceso a La Gavia y con orientación Norte-Sur, tras recorrer unos 130 metros, finaliza en un lugar sin salida, en medio de la ladera que desciende al Barranco del Valle de Casares.
 
Por el Naciente tiene paralela las calles La Enredadera y La Atalayilla, al Poniente, lo hace con una serie de terrenos de cultivo en los que los almendros y los olivos dominan gran parte del paisaje, sorteando las mimosas cadenas de cultivo de papas.
 
Esta nominación nace de la necesidad de definir las direcciones postales de los vecinos en el barrio, el cual había crecido sustancialmente y en la anterior nomenclatura se consideraba todas las direcciones como diseminado de La Gavia, siendo un verdadero problema localizar a cada vecino.
 
Por ello, a Corporación Municipal, a instancia de al Asociación de Vecinos María Auxiliadora, del barrio de La Gavia, decide dentro del caserío de viviendas rurales que conforma el barrio, nominar cada acceso a los diferentes lugares con definición propia, adoptándose aquellas en función del nombre por el cual era conocido el sitio.
 
Las labores de planimetría, numeración de edificios y rotulación de viales en todo el municipio, duraron algo más de cuatro meses a finales de 1995 y, tuve la suerte de participar en ellas junto a un grupo de compañeros de trabajo. En el desarrollo de estas labores tuvieron una importante participación los presidentes de las Asociaciones de Vecinos, dado el conocimiento de los lugares y las diferentes toponimias de los mismos, quienes colaboraron altruistamente.
 
Por consiguiente, la fecha de la que data esta nominación como calle tal, la situamos en los trabajos preliminares al Censo de Población referido al 31 de diciembre de 1995, sin poder determinar la exactitud de la misma, si bien, la toponimia en sí, como lugar, figura en documentos testamentarios de finales del siglo XIX.
 
Sinopsis de la nominación 
La toponimia “La Mina”, viene dada por la existencia de una mina de agua, al final de la ladera que desciende hasta el barranco de Valle de Casares y que fue una de las tantas maneras de obtener agua, al igual que la captación en pozos, de las obras hidráulicas realizadas a finales del siglo XVII, junto con las labores de rochado de nuevas tierras, para fomentar el cultivo de la vid, una vez finalizado el cultivo de la caña de azúcar.
 
Estas captaciones y el entramado de estanques, albercas o redes de tuberías, se extendió desde las partes altas del municipio hasta la misma costa, dando vida y forma a ese vergel que se llamó la “Vega Mayor de Telde”, cuando en los inicios del siglo XX comienzan los ciclos agrarios del tomate y el plátano.
 
Las "Minas de Agua" son galerías que se suelen hacer en el fondo de los barrancos, donde existen pequeños nacimientos de agua, con exiguo caudal, lo que no permiten poder canalizara para riego o consumo humano, dado que no suele aflorar a la superficie, salvo en épocas de lluvia abundante.
 
El ingenio de las gentes, la tradición árabe, han hecho posible que puedan aprovecharse estas afloraciones de agua subterránea, mediante la construcción de galerías (minas), en las que, gota a gota, desde el techo de la cueva, por sus paredes, se recoge lentamente el agua que se canaliza por una acequia central, la cual discurre con la pendiente necesaria para depositar el agua en una pequeña alberca, situada generalmente en la entrada de la mina, de esta forma se aprovecha para riego y crea un pequeño oasis de verdor.
 
Toponimia del lugar 
La Gavia, es el nombre de un pequeño poblado aborigen prehispánico, cuya construcción en gran parte era troglodita, dispuesto por lo general en los lomos que abrigan un barranco.
 
El significado de esta palabra se traduce como “hoyos” o “zanjas”, siendo estas últimas frecuentes para dar acceso a las diversas viviendas.
 
Fueron tal vez, el origen de lo que más tarde se denominarían serventías, que evolucionan mediante la ampliación y acondicionamiento a la condición de caminos y posteriormente a la de calles.
 
Por la información que poseemos, la vivienda prehispánica en la zona debió ser en cuevas naturales, previamente acondicionadas, con cerramientos parciales en la entrada, uniformidad en el piso y repisas laterales, de una tipología troglodita muy clara, comunicadas mediante gavias.
 
También se encuentran en la zona cuevas excavadas, proyectadas en laderas y paredes de toba volcánica, de fácil labrado, circunstancias estas que se dan en varios lugares del municipio y la propia isla.
 
La población inicial del sector debió ser muy reducida, dado que la agricultura era muy limitada a unos cereales y poco más, siendo su principal dedicación la ganadería.
 
Por la altitud del terreno y lo pronunciado de los barrancos, es fácil encontrar en un paseo por la zona diversos lugares que sirvan de atalaya, ya que, con claridad se domina una perspectiva que llega hasta el mismo litoral, siendo seguramente usada para este fin y avisar al resto de la población haciendo sonar bucios o caracolas marinas, cuando en el horizonte se adivinara la presencia de embarcaciones.
 
Tras finalizar la conquista de la isla y producirse el repartimiento de tierras y aguas, una parte importante de los canarios conversos se quedan residiendo en las inmediaciones del Casco Urbano o cerca de las grandes fincas de cultivo de caña de azúcar, pero otra parte de la población aborigen emprende la primera diáspora hacia el interior de la isla y se asientan en las zonas de medianías a cumbre, relegando su actividad al cultivo de cereales y hortalizas y/o a la ganadería.
 
Esta población se mantenía alejada de la instigación de los piratas ingleses, holandeses, franceses o argelinos, ya que, aquellos hacían generalmente incursiones de rapiña en las poblaciones costeras, no adentrándose en el territorio por el desconocimiento del mismo y lo proclive que era para tender emboscadas.
 
A finales del siglo XVIII y mitad del siglo XIX, se consolida la dispersión de la población desde el Casco Urbano, con motivo de la excesiva aglomeración en un espacio tan reducido, la falta de infraestructuras sanitarias, las reiteradas sequías y calamidades agrícolas, esta situación deriva en la presencia de sendas plagas de langosta africana que diezman los campos y las consecuencias se manifiestan mediante hambrunas y epidemias de fiebres tifoideas, el hambre canina o el cólera morbo, entre otras.
 
Estas circunstancias obligan de nuevo a un sector de la población a asentarse en los extrarradios del Casco Urbano y la afluencia de ésta hacia los primigenios núcleos poblados, consolidan los actuales barrios como El Palmital, La Gavia, Las Goteras, etc., donde además se empiezan a rochar tierras y a construir pequeñas y sinuosas terrazas o cadenas destinadas al cultivo de hortalizas y tubérculos, además de los cereales y frutales.
 
La vivienda experimenta un cambio importante adaptándose a los sistemas constructivos de cada época y hoy, encontramos todo tipo de edificaciones en el sector, que además va ganando en la tenencia de una serie de servicios primordiales que enriquecen en gran medida el nivel de vida de sus habitantes, quienes cuando se han de trasladar al Casco Urbano para alguna gestión, se refieren que “han de ir a Telde”, como si estuvieran tan lejos o no pertenecieran al mismo municipio.
 
El clima en la zona es bastante extremo, con temperaturas muy calurosas en verano y un helado frío en invierno, con precipitaciones débiles pero constantes, lo que hacen del sector un hermoso paraíso adornado con una flora autóctona entre la cual encontramos pitas, palmeras, ahulagas, vinagreras, etc., además predominan frutales como el almendro, el olivo y una gama interesante de cítricos, aunque estos últimos de reciente introducción.
 
Efemérides 
Un día tal como hoy, hace ahora mismo 201 años, es decir el 13 de febrero de 1813, el diputado gomero Antonio José Ruiz de Padrón, pronuncia en las Cortes de Cádiz un discurso contra la Inquisición. Las Cortes se habían decidido por fin a atacar al Santo Oficio y habían señalado el 5 de enero de 1813 para abrir tan solemne debate en el que intervinieron los hombres de más talento allí congregados. Este discurso será inmortal por su noble objeto por sus tendencias altamente humanitarias y por ir enlazado al triunfo más grande que la razón y el derecho han obtenido en España. Ruiz de Padrón era diputado por Canarias y participó activamente en la creación de la constitución española de 1812. También luchó por la creación de una universidad en Canarias, así como, eliminar ciertos tributos abusivos aplicados a los ciudadanos de Galicia. Por esos años comenzaron sus primeros achaques de salud, regresando a Madrid y guardando cama en pos de su recuperación.
 
Cuando Napoleón abandona España, regresa la monarquía, y con ella el absolutismo, suprimiéndose lo logrado en las Cortes de Cádiz, y restableciéndose la Inquisición. La iglesia a la que el pertenecía y servía no le iba a perdonar sus escarceos con las ideas libertarias y el obispo Manuel Vicente Martínez inicia un proceso contra él, acusándolo, entre otras cosas de liberal y de socorrer a los franceses. Así todo se defiende, es encarcelado y moralmente se desmorona al ver el país de nuevo envuelto en ideas y estamentos caducos y retrógrados. Es condenado a reclusión perpetua en un convento, él recurre y es absuelto de todo cargo, pues consigue desmentir punto por punto las acusaciones. En 1820 se convocan de nuevo las Cortes, esta vez en Madrid, y a él se le elige como representante de Canarias y Galicia. El 23 de agosto de 1820, tratándose en las Cortes de la supresión de los diezmos, presentó un discurso favorable a esta contribución religiosa pues estimaba que era necesaria su permanencia como medio de subsistencia de las clases humildes del país.
 
El gobierno liberal, deseando que no quedase sin justa recompensa el mérito insigne de este perseguido eclesiástico, le nombró dignidad de maestrescuela de la Catedral de Málaga de la que disfruto por poco tiempo, pues recrudeciéndose la enfermedad crónica que padecía y volviendo a Galicia, donde otras veces había encontrado la salud, falleció en Villamartín de Valdeorras el 8 de septiembre de 1823 cuando llegaba ya a los 66 años de edad. Era Ruiz de Padrón insigne teólogo, predicador distinguido, notable economista, docto e ilustrado y su vida se caracterizó por la defensa de la libertad y la lucha por los derechos humanos y el progreso en una época oscura. Nunca regresó a La Gomera, pero siempre se sintió preocupado por el devenir de la isla, sabemos por la correspondencia que tenía con su hermana que le consultaba si los cambios nacionales influían en el devenir de La Gomera. Siempre añoró un regreso que nunca se produjo, y -según sus palabras- “volver a comer gofio y pescado fresco”.
 
Ocurrió un día tal como hoy, hace ahora mismo 177 años, es decir el 13 de febrero de 1837, que fallece en Madrid, Mariano José de Larra y Sánchez de Castro, quien fuera un escritor, periodista y político español, considerado uno de los más importantes exponentes del Romanticismo español, junto a Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro. Ocurrió en la noche de ese día, Dolores Armijo (su amante) le visita acompañada de su cuñada en el tercer piso del número 3 de la calle Santa Clara. El objeto de la visita era comunicarle que no había ninguna posibilidad de acuerdo de reconciliación en sus recién rotas relaciones sentimentales. Nada más abandonar las dos mujeres la casa, Larra se suicidó de un pistoletazo en la sien derecha.
 
Su entierro, fue el día 15, siendo multitudinario. Mientras el cadáver era introducido en un nicho del cementerio madrileño del Norte (situado detrás de la glorieta de Quevedo), el joven poeta vallisoletano José Zorrilla, leyó un poema dedicado a Larra que conmocionó a los allí congregados, fue el relevo de un poeta por otro en la fama literaria. En 1842 fueron trasladados sus restos a la Sacramental de San Nicolás, que estaba situada en la calle de Méndez Álvaro (Madrid). En mayo de 1902 se volvieron a trasladar los restos a la madrileña Sacramental de San Justo, San Millán y Santa Cruz, depositándolos en el Panteón de Hombres Ilustres de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, donde con alguna frecuencia se celebran homenajes en su recuerdo.
 
Mariano José de Larra y Sánchez de Castro, había nacido en Madrid, el día 24 de marzo de 1809. Sus publicaciones en prensa, más de doscientos artículos a lo largo de tan sólo ocho años. Impulsa así el desarrollo del género ensayístico. Escribe bajo los seudónimos “Fígaro”, “Duende”, “Bachiller” y “El Pobrecito Hablador”. De acuerdo con Iris M. Zavala, Larra representa el «romanticismo democrático en acción». Lejos de la complacencia en las efusiones del sentimiento, “Fígaro” sitúa España en el centro de su obra crítica y satírica. Su obra ha de entenderse en el contexto de las Cortes recién nacidas tras la década ominosa (1823–1833), y de la primera guerra carlista (1833–1840). En 1908 algunos de los representantes de la generación del 98, Azorín, Miguel de Unamuno y Pío Baroja, llevan una corona de flores a su tumba, homenaje que significa su redescubrimiento y la identificación del grupo con el pensamiento de Larra y su preocupación por España.
 
Contemplando la bella estampa que desde aquí me ofrece el Barranco de Valle de Casares, es el momento de pensar en esas personas que han partido dejando tras de si huella, mientras que otros tantos sólo han conseguido dejar problemas, aunque a fin de cuentas todos han partido y ello es una lección de vida. Los primeros han sido consecuentes con el espacio que han ocupado en su tiempo mediante la entrega, mientras que los otros se han salido de ese tiempo inconscientemente.
 
Hay quien afirma que no dejará nunca de hablarle a su interlocutor sólo porque no le esté escuchando y es que le gusta escucharse a sí mismo, es uno de sus mayores placeres. Es capaz de afirmar que mantiene largas conversaciones consigo mismo, preciándose de ser tan inteligente que a veces no entiende una palabra de lo que se dice. Estos individuos se gustan tanto que el narcisismo pasó de ellos al encontrárselos, se pierden en su mismo origen sin saber si aún no han partido o es que están de regreso.
 
Lo sutil y bello de la vida, es precisamente volverse a mirar el camino andado de vez en cuando, ese camino donde de igual forma, sin dejar huella has dejando la vida entera. Es bonito, porque esa consideración puede que la tengan de ti quienes no te conocen o no te importen, con lo cual carece de cualquier consideración de tu parte. Todo el mundo deja alguna huella en su paso por la vida, huella que puede ser considerada por toda la humanidad, por unos miles o solamente por aquellos que te rodean y te han conocido.
 
Hay quienes viven forjando castillo de sus ilusiones y el día menos esperado se les viene abajo sin estrépito, sin dejar rastro, esfumándose como un sueño. Muchos de ellos ni siquiera se han percatado de que han estado soñando y la vida se les va haciendo cosas intrascendentes que nunca terminan de materializarse tan siquiera como vivencias en sí. Suelen ser unos inconscientes e irresponsables, sin preocuparse en valorar que la única función del tiempo es consumirse irremisiblemente, arde hasta la extinción sin dejar siquiera cenizas.
 
Existe una hermosa frase que siempre me ha llamado la atención, por lo simple y profunda que es a la vez y, cuyo contenido, me gustaría compartir contigo: “Yo soy como soy y tú eres como eres, construyamos un mundo donde yo pueda ser sin dejar de ser yo, donde tú puedas ser sin dejar de ser tú, y donde ni yo ni tú obliguemos al otro a ser como yo o como tú”.
 
Otra cosa muy importante es la valoración de las acciones ajenas en el momento en que se producen, reconociendo claramente el mérito que las pueda preceder o denunciando a viva voz sus propios deméritos, si bien, hay que tener la mansedumbre necesaria para admitir y oír las críticas o alabanzas que de nuestras acciones puedan hacer nuestros semejantes.
 
Por ello mismo, hemos de vivir plenamente el presente, sin temer el futuro ni añorar el pasado, hay que dejar las dudas a un lado y disfrutar de lo querido o lo deseado, sin caer en la torpeza del necio que creyendo ser lo que no es, deja pasar el tiempo que jamás podrá ser recuperado.
 
Finalmente, tomando la parte positiva de todo este pensamiento, me remonto a la vida o a la muerte de aquellos que la entregaron en actividades de captaciones de agua, trabajando en pozos, a aquellos que como Francisco Alemán Suárez (Barranco de Silva-1942), Salvador Santana Martel (Carrizal-1950), Francisco Florido Monzón (La Fonda-1950), José González Rodríguez (Bocabarranco-1966), Antonio Hernández Suárez y Andrés Melián Santana (Los Llanetes -Valsequillo-1967), Félix Reina Rodríguez (Moya-1982) o como sucediera en este mismo sector a José Romero Monzón, quien falleció en un pozo ubicado en La Pepina (La Gavia), el día 20 de mayo de 1950, cuando contaba la edad de 53 años.
 
Gran parte de estas muertes quedan casi en el anonimato, sólo estarán presentes, entre sus familiares y sus más allegados, se le resta importancia a la sacrificada labor de estos profesionales sin cuyo concurso, no dispondríamos de más de la mitad del agua que es necesaria para el consumo humano, para la agricultura, en fin… para que la vida pueda darse como tal.
 
Recordamos ahora el impacto que sufrí al conocer la noticia del accidente en el pozo propiedad del Ayuntamiento de Telde, en Los Llanetes (Valsequillo), aquel 16 de mayo de 1967, fallecieron dos compañeros de trabajo Antonio Hernández y Andrés Melián, al ser sorprendidos por una emanación de gases sulfurosos, en su mayoría, y que los equipos de ventilación no consiguieron extraer a tiempo. Visité el pozo en unión del Técnico Municipal y un contratista y la patética imagen del brocal y varios detalles más a su alrededor, quedaron grabados en mi mente durante largo tiempo.
 
Al principio me causaba una muy mala sensación e incluso tenía pesadillas agobiantes al respecto, pero poco a poco, fui aceptando el sacrificio de aquellos dos compañeros, que al igual que otros tantos en la historia de nuestras islas, han dejado esa huella en la sociedad a la que pertenecieron y siguen perteneciendo, por formar parte de nuestra historia y vivencias. Un entrañable y grato recuerdo para todos ellos, con el más sincero reconocimiento y respeto.
 
Terminamos hoy nuestra intervención y, tras guardar en la gena todo lo positivo que hayamos podido tratar en esta crónica, encaminamos nuestros pasos hacía el Naciente, concretamente nos dirigimos a la Urbanización de Clavellinas, donde visitaremos la calle La Niña, a fin de conocer algo de esta histórica carabela y saber algo más del lugar donde se ubica el vial, pero bueno…eso será en la próxima ocasión, si Dios quiere, allí nos vemos. Mientras tanto…cuídense.
 
Sansofé.
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