Antecedente
Capítulo 3. En casa de Milón. Desencuentro con Pitias
Esta es la historia que me contó Aristómenes. Su compañero persistía en no dar crédito a sus palabras:
Patrucio. Nada más fabuloso que esta historia; y nada más absurdo que este relato. Tú, que tienes aspecto y modales de persona culta, ¿te crees este cuento?
Narrador. Yo opino que no hay nada imposible y que todo en la vida de los mortales discurre según decretos del destino: a mí, a ti, a todos los hombres nos ocurren muchas cosas extrañas y poco menos que inauditas. Por mi parte, juro que doy crédito a las palabras de tu compañero, a quien agradezco el habernos distraído con el encanto de su amena y terrorífica historia. Reconozco que he recorrido esta ruda y larga cuesta sin cansarme ni aburrirme; es más, creo que hasta mi caballo está agradecido de que no lo haya montado y que hayamos llegado juntos a las puertas de Hípata pisando los dos la misma tierra.
Aquí terminó nuestra conversación: mis dos compañeros giraron a la izquierda rumbo a no sé dónde; yo, a la derecha, en busca de la casa de Milón.
La busqué y la rebusqué; subí cuestas y bajé pendientes, giré a calles diversas y di vueltas por plazas. Como no lograba dar con mi destino, desconcertado, me acerqué a una hospedería, donde pregunté a la cantinera, mujer ya mayor, si la ciudad donde estaba era Hípata. Me dijo que sí con una inclinación de cabeza. Le pregunté luego por Milón, uno de los primeros ciudadanos, y se echa a reír:
Cantinera. Sin la menor duda, esto es Hípata y Milón, aquí, es el primero de todos nosotros. Vive fuera de la aglomeración urbana.
Narrador. Sé más concreta, por favor. Dime dónde vive y quién es, pues no lo conozco. Vengo de parte de un amigo.
Cantinera. ¿Ves allá, al fondo, aquellas ventanas abiertas que miran hacia la ciudad y, del otro lado, una puerta que, en sentido opuesto, da a la callejuela próxima? Allí vive tu Milón el Usurero, persona de mucho dinero y ricas posesiones, pero de mala fe por su extrema avaricia y su miserable tacañería. Allí está, confinado en su humilde hogar y siempre pendiente de su pasión por el dinero. Siempre viste como un mendigo. Pasa sus días con una esposa que comparte sus miserias y con una joven sirvienta, Fotis.
Ante tal retrato, sonrío y pienso: «Mi amigo Demeas veló por mí con previsora bondad cuando, al partir, me recomendó a este personaje, un huésped en cuya mansión no habría de temer ni el humo del hogar ni el olor de la parrilla».
Doy las gracias por la información. Me despido de la anciana y recorro el trayecto que me señaló. Llego a la casa de mi anfitrión. La puerta estaba sólidamente cerrada con buen cerrojo. Doy golpes. Llamo. Grito. Por fin, al rato, sale una jovencita —intuyo que es Fotis—, que me dice:
Fotis. Oye, tú, que golpeas la puerta y haces tanto ruido, venga, al grano, ¿qué garantía ofreces por el préstamo que has venido a buscar? Si no es con oro o plata, no nos molestes y lárgate.
Narrador. No vengo para lo que ofreces. Dime si tu amo está en casa.
Fotis. Sí está. ¿Qué quieres de él?
Narrador. Dile que traigo una carta que le manda Demeas, de Corinto…
Sin terminar de hablar, cierra de golpe la puerta, corre otra vez el cerrojo y, deduzco, se dirige al interior. No tarda mucho en regresar. Abre y me dice que el dueño de la casa me reclama.
Entro. La sigo y lo encuentro recostado en un mísero camastro, a punto de empezar a cenar. A su lado estaba sentada su mujer. La mesa estaba preparada, pero sin nada comestible encima. Me la señala y me dice:
Milón. He ahí la hospitalidad que puedo ofrecer.
Sonrío. Saludo y le entrego la carta de Demeas. La ojea por encima:
Milón. Estoy encantado de que mi querido Demeas me haya enviado un huésped tan distinguido.
Tras pronunciar estas palabras, pide a su mujer que me ceda su sitio y me ordena que me recueste ahí, a su lado. Como yo, por timidez, no me daba prisa, tiró de mi manto para que me moviese y añade:
Milón. Venga, que es para hoy. Ponte ya en tu sitio y mira a tu alrededor. No te extrañe si ves lo que ves. Es terrible. El miedo a los salteadores no nos permite adquirir un mobiliario adecuado a nuestra condición. De tus elegantes modales y de tu compostura se puede deducir la nobleza de tu estirpe, aunque la carta de mi amigo Demeas no proclama tus méritos. No menosprecies, por favor, la modestia de mi humilde choza. Mira ahí, donde te señalo. Ahí estará tu dormitorio, tu digna habitación en esta humilde morada. Deseo que tu estancia entre nosotros te sea grata. Mi hogar será en adelante una casa grande por verse honrada con tu presencia; y será para ti un título de gloria el haber sabido imitar, contentándote con mi modesta morada, las virtudes del noble Teseo, que no desdeñó la humilde hospitalidad de la anciana Hécale.5
Después, llama a su joven sirvienta:
Milón. Fotis, encárgate del equipaje de nuestro huésped y colócalo en esa habitación. Sí, ahí, donde te señalo. Luego, saca del armario aceite para la loción, toallas…, en fin, todo lo necesario para el aseo, y acompáñalo al baño más próximo, pues debe estar cansado por el duro y largo viaje.
Al oír estas palabras, teniendo en cuenta el carácter y la tacañería de Milón y deseando granjearme más a fondo su simpatía, dije:
Narrador. No necesito nada de lo que con tanta amabilidad me ofreces. Todos esos enseres de aseo me acompañan siempre en mis viajes. En cuanto al balneario, me será sencillo dar con él. Lo más esencial ahora para mí es mi caballo. Toma estas monedas, Fotis. Por favor, cómprale heno y cebada.
Dispuestas mis cosas en la habitación, me dirijo al baño. Antes paso por el mercado. A ver si doy con algo para comer después, cuando regrese. Veo allí en venta un delicioso pescado; pregunto el precio; miro horrorizado al vendedor; hago ademán de dejarlo y concluyo la transacción pagando con feliz resignación cincuenta ases por unos raquíticos boquerones.6
Al salir de allí, me encuentro con Pitias, mi condiscípulo de Atenas. Al principio, cuando me vio, se quedó parado, como extrañado, como si yo le sonara de algo; pero cuando me reconoció, se abalanzó sobre mí efusivamente y, entre besos y abrazos, me dijo:
Pitias. Querido Lucio, hace un siglo que no nos vemos. Por Hércules, desde que dejamos la escuela de Clitio. ¿Cuál es el motivo de este viaje?
Narrador. Bueno, yo… Pero ¿qué es esto?
Retrocedí un poco y eché una mirada a mi condiscípulo.
Narrador. ¡Mi enhorabuena! Te veo con ordenanzas, con fasces, con todo el boato propio de un lictor.7
Pitias. Estoy eventualmente encargado de la sección de abastos. Si te apetece algo, lo tendrás enseguida.
Le doy las gracias y le informo de que ya me había asegurado mi cena con la compra de los boquerones. Al ver mi cesta y sacudirla para observar mejor su contenido, me pregunta:
Pitias. ¿Cuánto te han costado?
Narrador. Me costó trabajo sacárselos al pescadero por veinte ases.
Al oír esto, me coge del brazo en el acto y, metiéndome de nuevo en el mercado, me ordena con el gesto muy serio que le diga a quién se lo compré. Señalé a mi vendedor. Inmediatamente, se dirige a él y lo increpa con la mayor dureza:
Pitias. ¿Qué pasa? ¿Que ahora ya no se tiene consideración alguna ni a nuestros propios amigos ni, en general, a ningún forastero? ¿Cómo pones un precio tan alto a este pescado tan ruin? No puedo permitir que el buen nombre de la ciudad se manche con ladrones como tú.
Y vaciando en el suelo la cesta, manda a quien le acompañaba a pisotear los pececillos y triturarlos todos hasta el último. Después, satisfecho de su severidad, mi amigo Pitias me invitó a salir:
Pitias. Querido Lucio, como ves, se ha hecho justicia. Este sinvergüenza no volverá a estafar a nadie.
Consternado y estupefacto por esta escena, vuelvo a emprender el camino del balneario, viéndome ya, por obra y gracia de mi diligente condiscípulo, sin dinero y sin cena. «Vaya justicia más injusta», me digo.
Después del baño, regreso a casa de mi huésped y me retiro a mi habitación. Fotis se acerca y me dice que Milón ha preguntado por mí. Enterado del régimen de abstinencia de mi anfitrión, me disculpo cortésmente afirmando que, para disipar el cansancio del viaje, me parecía más conveniente el sueño que el alimento. Cuando recibe el recado, viene personalmente hasta donde estoy y, echándome la mano encima, trata amablemente de arrastrarme. Yo me hago rogar, resistiéndome a salir de la habitación:
Milón. No me iré si no me acompañas.
Lo dice y lo jura tantas veces que su obstinación me obliga a obedecer. Me lleva, a pesar de mi resistencia, hasta su camastro, donde me hace sentar:
Milón. Y dime, ¿cómo está nuestro amigo Demeas? ¿Y su mujer? ¿Y sus hijos? ¿Y toda la gente de su casa?
Le doy noticias detalladas de todo. Se informa luego con mucho interés del motivo de mi viaje. Cuando se lo hube explicado con exactitud, se pone a interrogarme muy minuciosamente sobre mi patria, sobre las principales familias de mi país y hasta sobre el mismísimo gobernador.
No fue hasta un buen rato después, tras darse cuenta de que al cansancio de un duro viaje se estaba añadiendo ahora la fatiga de una prolongada conversación, pues yo me quedaba dormido en medio de una palabra, intentaba en vano un vago balbuceo sin lograr articular nada por mi estado de postración, cuando me permitió retirarme a dormir y yo di las gracias por escapar de ese viejo impertinente, locuaz y famélico.
Siguiente:
Capítulo 4. Advertencias de Birrena. Amores de Fotis
(Domingo 15 de noviembre de 2026)












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