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Miércoles, 04 de Noviembre de 2026

Actualizada Miércoles, 04 de Noviembre de 2026 a las 09:06:17 horas

Opinión

El símbolo vegetal de Canarias frente al colapso: la disfunción entre la ciencia y la gestión municipal

Reflexión de Domingo Rigüela Padrón, estudiante de Ciencias Ambientales

DOMINGO RIGÜELA PADRÓN Miércoles, 04 de Noviembre de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Miércoles, 04 de Noviembre de 2026 a las 07:45:52 horas

La palmera canaria (Phoenix canariensis), vinculada de forma natural a barrancos, laderas y vaguadas con niveles freáticos accesibles entre los 100 y los 600 metros de altitud, ha trascendido su hábitat endémico hasta convertirse en un elemento ornamental presente en prácticamente todos los continentes. Sin embargo, este éxito global contrasta de forma paradójica con la fragilidad que atraviesan sus poblaciones silvestres.

 

El aprovechamiento humano de la especie se remonta a siglos atrás: desde el consumo tradicional de las támbaras y el uso de frondes para el ganado por parte de los aborígenes, hasta su empleo estructural durante la conquista (El Real de las Palmas) y la posterior roturación de terrenos agrícolas. No obstante, en esos mismos márgenes agrarios comenzó también su cultivo y preservación. El problema sobrevino más tarde. La profunda identificación de la ciudadanía con este símbolo vegetal propició que, durante las décadas de los ochenta y noventa, se impulsaran plantaciones masivas e indiscriminadas en rotondas, medianas, arcenes y taludes, al margen de cualquier criterio de idoneidad bioclimática.

 

Aquel monocultivo intensivo careció de rigor fitogenético: se obviaron la pureza de las simientes de origen y los marcos mínimos de plantación. La Avenida del Cabildo, en Telde, constituye un ejemplo claro de esta falta de planificación, con la presencia de numerosos ejemplares híbridos que cruzan caracteres de Phoenix canariensis con Phoenix dactylifera.

 

Ese boom ornamental trajo consigo la importación masiva de grandes ejemplares del género Phoenix y la consecuente entrada de plagas exóticas. Ocurrió con el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) —detectado en Fuerteventura en 2005 y teóricamente erradicado en 2016—, pero el agente fitopatógeno de mayor impacto real en la mortalidad de nuestros palmerales es la Diocalandra frumenti. Identificada en Maspalomas en 1993, la Diocalandra se ha ido expandiendo a través del arbolado viario y los jardines públicos y privados hasta alcanzar las masas silvestres. Si el estudio del técnico ambiental Marcos Díaz Beltrán en 2016 delimitaba una franja de seguridad en los palmerales del centro insular por encima de los 650 metros, los muestreos recientes constatan que los focos han traspasado ya esa cota altitudinal, comprometiendo los últimos reductos naturales de la isla.

 

La acción del insecto no solo debilita al ejemplar por sí misma, sino que actúa como vía de entrada para patógenos letales: Thielaviopsis paradoxa y Fusarium oxysporum. Si bien estos hongos cuentan con otros vectores de transmisión —como las malas prácticas de poda, fácilmente evitables con la desinfección protocolaria de la herramienta—, la galería de penetración de la Diocalandra les sirve de puerta abierta.

 

Frente a esta amenaza, se han articulado iniciativas de investigación como el Proyecto Guarapo y el Proyecto LIFE Phoenix, liderados por el Gobierno de Canarias y el Cabildo insular con fondos europeos. Ambos programas, dirigidos con rigor por la entomóloga e investigadora del ICIA Estrella Hernández, han ensayado y validado tratamientos de bajo impacto ambiental para garantizar la conservación de la especie. Sin embargo, la falta de continuidad presupuestaria y operativa convierte estos proyectos en esfuerzos aislados. Los avances científicos y las técnicas de trampeo y endoterapia quedan confinados al ámbito académico, sin dar paso a un plan de choque continuo, transversal y dotado de recursos por parte de las administraciones.

 

Esta brecha entre el conocimiento técnico y la praxis institucional se refleja con nitidez en el ámbito municipal. En Telde no se atisba una evolución hacia la jardinería sostenible ni una gestión avanzada del arbolado urbano. Resulta elocuente comprobar cómo se dejaron morir quince palmeras por falta de riego tras su trasplante en la Avenida Alejandro Castro, un hecho sintomático de la falta de seguimiento tras las intervenciones. Cabe prever que, en lugar de asumir la falla en los protocolos de consolidación, se pretenda exhibir como hito de sostenibilidad la sustitución de esos ejemplares por arbustivas de alto requerimiento hídrico y continuo mantenimiento.


Domingo Rigüela Padrón es ciudadano de Telde y estudiante de Ciencias Ambientales.

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