Hay momentos en la vida de una ciudad que están destinados a permanecer para siempre en su memoria. Instantes que, aunque duren apenas unas horas, tienen detrás siglos de historia. Momentos que nos recuerdan de dónde venimos, cuánto hemos recorrido y todo lo que todavía nos queda por conseguir. El pasado viernes, 30 de octubre, Telde vivió uno de esos días.
Tuvieron que transcurrir 675 años desde la fundación de nuestra ciudad para que, por primera vez, el Gobierno de Canarias celebrara aquí una reunión de su Consejo de Gobierno. 675 años de historia, de generaciones que nacieron, crecieron, lucharon y soñaron en esta tierra. De hombres y mujeres que hicieron grande a Telde, incluso en aquellos tiempos en los que parecía que nuestra ciudad no ocupaba el lugar que merecía.
Y fue precisamente ahora, cuando nos acercamos a ese 7 de noviembre tan especial, cuando el presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo, y los miembros de su Ejecutivo decidieron escribir junto a nosotros una pequeña página de esa gran historia.
Cuando terminaron los actos públicos, cuando los objetivos de los fotógrafos dejaron de apuntarnos y cuando desapareció el foco mediático, hubo un momento que guardaré de manera especial. Ya en el interior de la Casa Condal, a puerta cerrada, delante del presidente y de los consejeros y consejeras del Gobierno de Canarias, sentí la necesidad de detenerme unos instantes. No llevaba un discurso preparado. No necesitaba grandes palabras. Tampoco había cámaras para recogerlas ni periodistas para reproducirlas. Simplemente quería darles las gracias. Y lo hice.
Primero, en nombre de Telde. De sus vecinos y vecinas. De quienes sienten esta ciudad como parte de su propia vida. Les agradecí que hubieran venido, que hubieran elegido nuestra tierra, que hubieran tenido la sensibilidad de mirar hacia Telde en un aniversario tan importante. Porque hay gestos que no se pueden medir únicamente por su repercusión política o administrativa. Hay gestos que tienen un valor emocional, histórico e institucional que va mucho más allá. Y aquel era uno de ellos.
Pero también quise agradecerles algo más. Algo que nace de mi propia experiencia desde que, en junio de 2023, asumí la enorme responsabilidad y el inmenso honor de ser alcalde de esta ciudad. Quienes me conocen saben que nunca he escondido las dificultades de Telde. Somos una ciudad extraordinaria, pero también compleja. Una ciudad con enormes posibilidades, con necesidades históricas, con problemas que no siempre tienen soluciones sencillas y con una administración que requiere esfuerzo, paciencia y mucho trabajo.
Desde el primer día comprendí que gobernar Telde no podía consistir en levantar muros entre instituciones. Que nuestra ciudad necesitaba tender puentes, abrir puertas, recuperar la confianza y encontrar aliados para afrontar sus desafíos. Comprendí también que la lealtad institucional no puede depender de unas siglas, de unas afinidades políticas o de quién ocupa circunstancialmente una responsabilidad pública.
Y esa ha sido mi manera de entender la Alcaldía. Durante estos años he encontrado en el presidente Fernando Clavijo y en los miembros del Gobierno de Canarias atención, disposición, respeto y complicidad institucional. Hemos compartido conversaciones, preocupaciones, dificultades y también esperanzas. No siempre ha sido fácil. No siempre hemos tenido respuestas inmediatas. Pero he sentido que existía una voluntad sincera de escuchar a Telde.
Y eso, para un alcalde, tiene un valor enorme. Porque detrás de cada reunión, de cada llamada y de cada expediente no hay simplemente papeles. Hay personas. Hay familias. Hay barrios que esperan respuestas. Hay vecinos que llevan demasiado tiempo aguardando soluciones. Por eso siempre he defendido que las instituciones están obligadas a entenderse. Podemos pensar diferente, podemos tener distintas sensibilidades y podemos discrepar. Pero nunca deberíamos permitir que esas diferencias se conviertan en obstáculos para mejorar la vida de quienes representamos.
Yo he procurado cumplir con esa lealtad desde el primer día. Y, sinceramente, considero que también la he encontrado al otro lado. Aquella mañana, cuando los tuve delante, quise que lo supieran. Los miré a los ojos y les dije gracias. Gracias por estar. Gracias por escuchar. Gracias por respetar a nuestra ciudad. Gracias por comprender que Telde necesita la colaboración de todos. Gracias por demostrar que las relaciones entre instituciones también pueden construirse desde la cercanía, la confianza y la palabra dada.
No sé si quienes estaban allí alcanzaron a comprender todo lo que significaba para mí aquel instante. Porque yo no veía únicamente a un presidente y a sus consejeros sentados en una estancia histórica. De alguna manera, veía también a la ciudad que me vio crecer. A sus calles, a sus barrios, a su gente. Veía a tantas generaciones de teldenses que trabajaron por hacer de esta tierra un lugar mejor. A quienes ya no están, pero nos dejaron el orgullo de pertenecer a ella. A quienes siguen esperando que Telde avance y recupere todo aquello que merece.
Y pensé en la enorme responsabilidad que supone representar a una ciudad con 675 años de historia. A veces, entre las urgencias del día a día, los problemas que resolver, las decisiones difíciles y las innumerables obligaciones de una Alcaldía, uno puede llegar a olvidar el verdadero significado de lo que tiene entre manos. Pero hay días que te lo recuerdan todo. Aquel viernes fue uno de ellos.
El próximo 7 de noviembre Telde cumplirá 675 años. Ninguno de nosotros estuvo en el comienzo de esta historia y ninguno estará para contemplar su final. Somos apenas un pequeño capítulo de un relato inmenso que escribieron quienes nos precedieron y que continuarán quienes vendrán después. Y precisamente por eso tenemos la obligación de cuidar cada página que nos corresponde escribir.
A mí me ha tocado vivir este aniversario como alcalde. Es un honor que nunca terminaré de agradecer a mi ciudad. Y si algo deseo es que, cuando pase el tiempo, se recuerde esta etapa como aquella en la que Telde fue capaz de recuperar confianza, abrir caminos y volver a creer en sus posibilidades.
Porque 675 años no se cumplen todos los días. Y una ciudad con tanta historia no puede permitirse renunciar a un futuro a su altura. Aquel viernes, cuando las cámaras se apagaron, no hablé pensando en el cargo que ocupo. Hablé desde el profundo orgullo de ser teldense. Y, mirando a los ojos a quienes habían decidido acompañarnos en un momento tan especial, solo encontré dos palabras que resumían todo lo que sentía: Muchas gracias.
Por Telde. Por su historia. Por su gente. Y por todo lo que todavía estamos a tiempo de construir juntos.







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