El Sáhara Occidental es un conflicto de la Guerra Fría, con todos los matices que quieran, pero incardinado en ese contexto histórico hasta hoy. Cuando Marruecos justo se las prometía felices de la mano de la Administración Trump, Rusia ejerció el veto inesperado en el Consejo de Seguridad de la ONU que echa por tierra la trayectoria de hechos consumados de Rabat. De poco le vale contar con Estados Unidos e Israel si Moscú no es partícipe.
Por tanto, ni muere padre ni cenamos. Ni hay referéndum ni hay paz. Ni hay anexión natural (expansión hacia el sur marroquí) ni hay devolución saharaui sin más desde los campamentos refugiados en Tinduf (Argelia). Es decir, el problema no solo persiste sino que se enquista aún más. Que es precisamente lo que acaece cuando las problemáticas no se solucionan y el paso de tiempo o bien las hace desaparecer o, más probablemente, las recrudece.
Y en este contexto va Pedro Sánchez y se abraza a Marruecos, espionaje en el móvil con ‘Pegasus’, saunas y demás vainas mediante, dejándonos (a Canarias) un conflicto armado que se prolongará y se intensificará. Cuando nos enteramos de la misiva trapalona que envió Sánchez a Mohamed VI, gracias a la filtración alauita, y no a otra cosa, Sánchez pegó el ‘volantazo’ desde una perspectiva mesetaria, de Madrid, sin pensar en las repercusiones que tendría el devenir del Sáhara Occidental para el archipiélago y, tolón tolón, Ceuta y Melilla.
Que la Misión de las Naciones Unidas para el referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO) se retire de El Aaiún es la constatación de un fracaso desde que se instauró en 1991, con el alto el fuego ya roto desde 2020. El llamamiento a las urnas prometido para cualquier pueblo pendiente de su descolonización, como es el saharaui, al calor de la legalidad internacional, no se ha efectuado fruto de las dilaciones y trapisondas de Marruecos, mas la realidad se antoja insorteable y habrá más guerra.
Rusia y Argelia no dejarán tirados al Frente Polisario. Podrá haber renuencias puntuales al alimón de otros intereses geopolíticos. Pero en el tablero internacional es indudable que el Sáhara Occidental (y Canarias) adquieren valor para las diversas potencias. El ir casado Sánchez a Marruecos tendrá un precio a pagar por las islas. Añade incertidumbre e inestabilidad. La MINURSO se marcha aunque el conflicto no se disipa. Y a falta de vías pacíficas, se impone la guerra. Una beligerancia por fases, con altibajos y todo lo que quieran, pero guerra a fin de cuentas. Y a dos pasos mal contados desde Canarias. Menuda incuria la de Sánchez cuando España es potencia administradora ‘de iure’. La sórdida pleitesía ‘sanchista’ a Marruecos sale cara.








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