«París bien vale una fiesta». Y más si es para celebrar con amigas el júbilo —de jubilare— de no trabajar más, al menos no en lo que respecta a lo oficial. Pasear por sus calles, por sus parques o visitar los rincones donde hace un siglo viví, siempre es un ejercicio de nostalgia, de búsqueda incansable de esa belleza cruel que destila la vieja dama revolucionaria.
“París, es una ciudad mágica, dificil de aprender porque ella misma es una lengua. Está hecha para los ricos. Los pobres, ellos, cogen el tren para la banlieue” o el extrarradio, como bien dice el escritro franco marroquí Tahar Ben Jelloun.
Y son precisamente estos jóvenes de la periferia quienes han salido a la calle a pedir mejoras en el sistema educativo: un mayor número de profesores, menos dificultades para acceder a la universidad y un presupuesto más amplio para la educación pública. A estos se han unido los sindicatos y trabajadores de la enseñanza, de la sanidad y de otros servicios públicos.
Francia es un país endeudado, donde las desigualdades sociales y la inflación en los productos básicos alimentarios han comenzado a crear un profundo malestar. Como en España, los problemas son de índole económica y social, pues los sufren siempre los más desfavorecidos. Esta ha sido la principal razón para salir a la calle y decir «basta ya»: no se puede tener una vida digna, pues no se puede vivir con los altos precios de los alimentos, el transporte y la vivienda.
Son los jóvenes quienes han dicho que no quieren este futuro ni esta sociedad que castiga siempre a los mismos, a los de abajo. Exigen, por lo tanto, que se reparta mejor la riqueza y que haya precisamente lo que la República anuncia: libertad, igualdad, fraternidad.
A la manifestación se han unido grupos antifascistas, sobre todo después de que, hace solo unos días, un ciudadano francés disparase indiscriminadamente sobre un grupo de personas —todas de origen extranjero y de apariencia africana o árabe—, lo que dio como resultado un muerto (un joven de veintiséis años) y una niña de ocho años en estado grave, tras recibir más de nueve balazos.
A la violencia fascista, incrementada por el populismo de la extrema derecha y representada por Jean-Marie Le Pen, le ha salido una oposición por parte de la extrema izquierda: los llamados black bloc (bloque negro). Estos jóvenes se visten completamente de negro, se cubren el rostro y actúan de forma coordinada para destrozar mobiliario urbano, atacar sucursales bancarias, multinacionales o enfrentarse directamente a los cuerpos de policía. Estos grupos ultras justifican su violencia argumentando que la ejercida por el Estado es equiparable a sus acciones.
Mientras el gobierno cambia constantemente las rutas del cortejo y de las manifestaciones para proteger a la bella ciudad —las cifras de los comercios vandalizados solo en París se cuentan por más de 3000—, las movilizaciones no tienen visos de detenerse. Un descontento generalizado ha tomado la capital y el país entero para decir que basta ya de que la miseria siempre sea del mismo lado. La cólera de una juventud descontenta con su futuro ha incendiado la conciencia de mucha gente.
España, Francia, Italia y Alemania son algunos de los países que han comenzado a manifestar su descontento, a clamar contra las injusticias sociales y a demandar lo que en justo derecho se merecen: una educación pública y unos servicios al alcance de todos, junto a unos sueldos que permitan una vida decorosa digna.







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