En el ajedrez hay una metáfora que, aunque sencilla, encierra una enorme carga de significado: la de un peón que se mira en el espejo y, en lugar de reconocer su propia figura, contempla el reflejo de un rey. Una imagen que nos habla de las aspiraciones humanas, pero también de la vanidad, del ego desmedido y de esa extraña capacidad que tenemos algunas veces para confundir lo que somos con lo que nos gustaría que los demás creyeran que somos.
Esa imágen me ha acompañado en varias entrevistas que ha dado el ex presidente del gobierno y todo poderoso, en su tiempo del socialismo español, Felipe González. Esta metáfora la utilizo para ilustrar la disparidad entre la realidad humilde de un individuo y sus elevadas aspiraciones o fantasías de grandeza.
La verdad es que el poder, incluso el más pequeño, tiene la capacidad de revelar aspectos de nuestra personalidad que permanecían escondidos. Hay quienes lo utilizan para construir, para servir y para mejorar aquello que tienen entre manos. Otros, sin embargo, lo convierten en un espejo donde alimentar sus propias fantasías, sus egos.
Y es que no hay nada malo en aspirar a más, en querer crecer, en perseguir objetivos o en imaginar un futuro diferente. Todos tenemos derecho a soñar, a mejorar y a intentar ocupar un lugar en el mundo. El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre aspirar a ser alguien y creernos alguien que realmente no somos. Cuando la ambición deja de ser un motor para convertirse en una representación permanente, casi teatral, de una grandeza que solo existe en nuestra imaginación.
En nuestra sociedad encontramos demasiados ejemplos de esta particular forma de entender la vida. Personas que confunden el reconocimiento con la superioridad, el cargo con el mérito, la popularidad con la autoridad moral o la influencia con la inteligencia. Individuos que, en cuanto alcanzan una pequeña parcela de poder, parecen experimentar una transformación extraordinaria. Cambian las formas, los gestos, el lenguaje y hasta la manera de mirar a quienes les rodean.
Quizá por eso resulta tan revelador observar cómo algunos tratan a los demás cuando creen haber alcanzado una posición superior. La verdadera grandeza no necesita humillar, ni levantar la voz, ni recordar constantemente quién manda. No necesita exhibirse. Se reconoce en los pequeños gestos, en la capacidad de escuchar, en el respeto hacia quienes piensan diferente y, sobre todo, en la manera de comportarse con aquellos de quienes no se espera obtener nada.
Quizá lo más triste de esta historia es que el peón termina atrapado en su propio reflejo. Ya no sabe distinguir entre su realidad y la fantasía que ha construido. Necesita que los demás vean al rey que él contempla cada mañana en el espejo. Y cuando alguien se atreve a recordarle que sigue siendo un peón, reacciona con desprecio, enfado o arrogancia.
Pero ningún espejo cambia la naturaleza de las cosas. Una corona imaginaria no convierte a nadie en rey, del mismo modo que un cargo no transforma automáticamente a una persona en alguien honorable, ni una posición de privilegio otorga sabiduría o superioridad moral.
Porque la vida no consiste en parecer más de lo que somos, sino en tener la valentía de serlo sin complejos. En comprender que no necesitamos una corona para tener dignidad, ni un trono para merecer respeto, ni estar por encima de nadie para sentirnos valiosos.
Y es que hay peones que, con su trabajo, su honestidad y su manera de tratar a los demás, demuestran tener mucha más grandeza que quienes se pasan la vida convencidos de ser reyes.., desde la acera de enfrente.







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