Hay personas a las que no les hace falta meditar en demasía para saber a qué se quieren dedicar, o cuál es su papel en el mundo. Raquel Rodríguez Trujillo es una de ellas. Esta teldense, nacida el 19 de enero de 1998, lo tuvo bastante claro desde que era pequeña; su sino era vivir por y para los animales.
Raquel cree que su amor hacia ellos se gestó gracias a sus abuelos. Desde niña, vivió rodeada de las gallinas, ovejas y cochinos que tenían en su granja. Hasta 20 perros, algunos de los que se denominan potencialmente peligrosos, fueron compañeros de juegos de la de La Higuera Canaria.
Recuerda con cariño cómo algunas personas se acercaban asombradas y le preguntaban a su abuelo, Demetrio Vicente Trujillo, si no le daba miedo que la chiquilla estuviera con esos perros, a lo que el señor, entre risas, contestaba: “¿La niña? ¡Si la niña le quita el pienso de los cacharros a los perros! ¡Esta chiquilla nunca se va a poner mala porque se come lo mismo que ellos!”, bromeaba. Y es que la muchacha jamás tuvo miedo de ninguno de los animales que se encontraban allí, por muy fieros que pudieran resultar a la vista. Más de una vez, incluso, se metía a dormir con ellos en las casetas.
De esa época infantil rescata la imagen de Toby, un perro al que cogieron desde cachorro y que se crio prácticamente con ella. “Creo que con él fui más consciente de que yo lo que quería era ser veterinaria”. En ese momento, Rodríguez tendría 7 u 8 años y, desde entonces, la matraca de la profesión le acompañó toda la vida.
De voluntaria con apenas 12 años
Cuando llegó el momento de matricularse en Bachillerato en el colegio Arenas Sur, centro en el que estudiaba, ofrecían el Internacional, donde era obligatorio realizar una serie de horas benéficas. Nuestra protagonista no desaprovechó la oportunidad, “las mías estuvieron destinadas a las protectoras”, afirma. A ellas ya había llegado un tiempo antes.
Con sólo 12 años, Raquel colaboraba con Adopta un amigo en Gran Canaria. Su madre la llevaba a los stands, donde participaba en la venta de artículos para recaudar dinero, también iba a las caminatas que se organizaban en favor de los peludos… Después llegaron ADDA y Life4Pitbulls. Raquel ayudaba a limpiar chelines, a transportar sacos de pienso o incluso se ofrecía como casa de acogida. “Me acuerdo de pasar las noches en el salón con mis padres y estar cada uno con un cachorro en brazos, hasta que se durmieran para luego acostarnos nosotros”.
La experiencia en el día a día con los animales, atendiéndolos en circunstancias menos agradables a las habituales, no le quitó la idea inicial de la mente. De este modo, y aunque sus padres le pidieron que se lo pensara bien y que barajara la posibilidad de matricularse en Medicina si le daba la nota, Raquel se mostró tajante: “¡No, no, no, yo mi vida la quiero dedicada por y para ellos!” Así, tras superar la PAU, la teldense empezó a estudiar lo que siempre deseó: Veterinaria, en la ULPGC.
Un cambio de chip en el abuelo
Los estudios universitarios hicieron feliz a Rodríguez y supusieron una sacudida en la familia de la joven. En la mentalidad de su abuelo se produjo una vuelta absoluta de calcetín o, haciendo un símil veterinario, un cambio de chip. “Mi abuelo ya no es el mismo que era antes. Él se dedicó toda su vida a los animales, pero siempre los vio de una forma distinta a como los veo yo. Me costó muchísimo hacerle entender que a los animales había que vacunarlos, que no podían estar comiendo lo mismo que nosotros… Pero ahora es el primero que va a los vecinos y les dice que tienen que ponerles las vacunas a los perros o que me llama para pedirme desparasitar a las gallinas”.
En este aspecto, Raquel incide en el papel pedagógico del profesional veterinario. “Creo que aún queda mucho trabajo por hacer. Hay quien coge un animal pensando que nunca se va a poner malo y luego, cuando enferma, es cuando llega el momento del problema”. Además, asegura que sigue imperando una forma de pensar mercantilista, en la que se cree que el veterinario es caro o que lo que pretende es ‘sacar’ el dinero “cuando es al contrario”. Por eso, uno de los objetivos que se propone es terminar trabajando como profesora dentro de la Facultad. “Por eso sigo dedicándome al tema de congresos, doy prácticas todo el año en reproducción y obstetricia y en rotatorio…, porque quiero poder enseñar y que otros disfruten lo mismo que disfruto yo, que vean la veterinaria con los mismos ojos con los que la veo yo, que no tiene precio y, sobre todo, que la respete”.
Y es que la joven, no se conformó con graduarse sino que siguió con su formación. Realizó un doctorado en Investigación en Biomedicina, enfocado en Reproducción y Obstetricia, y su tesis la hizo sobre neonatología. Como siempre, tuvo muy claro en qué se quería especializar. “Casi nadie hace neonatología en la isla y yo quise irme por esa rama, aunque mi director me dijera que era complicada para investigar”. ¿Por qué ese empeño? Porque en el quirófano es donde encuentra el lugar en el que más feliz se siente.
“Para mí, estar en el quirófano equivale a estar, seguramente, haciendo una cesárea, a ruido de bebé, a la máquina de anestesia de fondo pero también a todo el mundo trabajando y feliz porque tenemos bebés respirando, de traerlos al mundo”, dice ilusionada. “Y después, de esos bebés nos terminan llegando fotos, ya de cachorros, con sus nuevas familias… Entonces, sin duda, el quirófano es mi happy place”.
Las eutanasias son la peor parte
Si ayudar a traer vida al mundo es lo mejor de la profesión, acompañar en el proceso de la muerte es el peor trago. Lo comprendió al poco de empezar la carrera y con su propia familia animal. Habla de estos casos con lágrimas en los ojos. Se trata de dos perras que fallecieron por patologías, una cardíaca y la otra por una enfermedad llamada leptospira. Explica que las dos le marcaron pero, sobre todo, la muerte de una de ellas: Katia. “Siempre la menciono cuando voy a hacer eutanasias -dice con la voz temblorosa- Yo tuve que tomar la decisión de dormirla porque mis padres siempre insistían que yo era la que debía tener la última palabra, porque era la veterinaria y la que sabía, aunque aún no había terminado. Y siempre la pongo como ejemplo porque me vi en la situación de tomar la decisión y, además, de estar en el momento presente, de ser partícipe”.
Rodríguez cuenta que ésta es una de las partes que peor llevan y que más acumulan los veterinarios. “Siempre he terminado llorando con los tutores porque, al final, es un momento muy íntimo y delicado”. De hecho, intenta que llegada la situación, el familiar del animal se sienta lo más seguro posible y sin prisa.
No obstante, el momento más difícil que ha experimentado ha estado vinculado a no saber separar su vida profesional de la personal. La joven, que tiene un contrato como profesora asociada en la ULPGC, también trabaja en el servicio de urgencias de la Facultad, atendiendo los casos relacionados con la reproducción, por lo que su teléfono está disponible las 24 horas del día y eso le ha conllevado una sobrecarga laboral que ha terminado pasándole factura, algo que le ocurre también con su nuevo proyecto empresarial ‘La Rachelneta’.
La ‘Rachelneta’ recorre Gran Canaria
Desde hace apenas dos meses, Raquel Rodríguez ha puesto en marcha ‘La Rachelneta’, con la que parte desde el barrio teldense de San Antonio, donde reside actualmente, y se recorre la geografía insular ofreciendo sus servicios veterinarios a domicilio. Con ella se desplaza y atiende a perros, gatos, hurones y cualquier otro tipo de animal que, ya sea por comodidad, o para evitarles un estrés a la hora de desplazarles, prefieran ser atendidos en casa. “Quise añadir la parte de urgencias, hago noches y fines de semana, voy a operar si es necesario a un quirófano, siempre dentro de las limitaciones de las casas, porque a veces sí se requiere una hospitalización o una clínica”.
La iniciativa está teniendo bastante aceptación e, incluso, ha recibido propuestas para que se traslade a Fuerteventura y Lanzarote, algo que no descarta para un futuro próximo.
Y mientras sigue con su trabajo en la Universidad, atiende urgencias, participa en congresos y va de allá para acá con la Rachelneta, la nieta de Demetrio Vicente sigue sacando tiempo para colaborar con protectoras de animales, como Los Peluditos de Tori y Mila, Canarinejo o los albergues de Telde y Las Palmas de Gran Canaria. Así, es normal que suela recibir consejos para que ‘pare un poco la pata’, algo que se resiste a hacer.
“Mi forma de mantenerme es ver a un animal curarse e irse a casa, ver a una familia contenta porque su perro o su gato ya no está malito, recibir los mensajes dándome las gracias por curarlos… No por el hecho de que me bailen el agua, sino porque se encuentran bien”, dice con los ojos iluminados.
“Acabar siendo veterinaria ha sido como honrarles a ellos”
Sus grandes referentes son Mari Carmen y Pablo; sus padres. Su progenitor es un autónomo que se ha dedicado toda la vida a la carpintería de aluminio y que lleva 10 años sin cogerse vacaciones porque ama su profesión. Mari Carmen, por su parte, ha trabajado en supermercados. De ella admira su capacidad de entrega y de ayuda a los compañeros por eso, cuando le dicen que no puede vivir por y para el trabajo, Raquel se rebela y contesta “¿Por qué no, si mi padre siempre ha vivido así y nunca ha pasado nada?”
Igual que ocurre cuando sale a relucir la figura de su abuelo, a la hora de hablar de sus padres, Raquel se emociona y empieza a temblarle la voz. “Yo los admiro muchísimo. Admiro lo que trabajan, lo felices que son con lo que hacen y ojalá consiga ser igual que ellos. Yo soy así gracias a mis padres y es algo que creo que nunca voy a poder agradecer lo suficiente”. La teldense incide en que en ellos ha tenido un referente, “esa idea de que trabajar no es trabajar si lo que haces te gusta, entonces, yo la veterinaria no la veo como un trabajo, sino como un estilo de vida”.
El amor, la admiración y el agradecimiento que tiene la profesora hacia sus padres es mayúsculo. En ellos ha encontrado un apoyo incondicional. Es su padre quien, aun siendo reticente con esta nueva aventura de su hija como autónoma, le ha ayudado a montar todos los muebles de la furgoneta. Han sido ellos los que le han enseñado que lo primero es el valor, el respeto y que debe ser ella misma. Y también han sido Mari Carmen y Pablo los que han estado junto a ella pasando noches en vela, dando biberones y limpiando deposiciones de bebés perrunos en acogida (en alguna ocasión la muchacha llevó una camada formada por 10 integrantes). “Acabar siendo veterinaria, al final, ha sido como honrarles a ellos, demostrarles que todo el trabajo que hicieron conmigo, salió”.
Si tuviera que destacar una lección de vida que le hayan dado sus padres, Raquel indica que el que “hay que luchar hasta el final por lo que quieres y por tus sueños” y el sueño de esta teldense, en un futuro, es tener su propia protectora. De momento, en sus 28 años de existencia, ya ha demostrado con creces que, con trabajo, con tesón y con el apoyo incondicional de su familia, esa niña que le quitaba la comida del cacharro a los perros consigue todo lo que se propone. Y es que, independientemente de si la forma de hacerlo sea a través de una furgoneta, protectoras o universidades, Raquel Rodríguez siempre seguirá trabajando por y para los animales.








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