El 30 de noviembre, Dios mediante, volverá a salir el sol, podrá acudir a la farmacia para retirar los fármacos de la receta, comprobar con el puestero en la plaza si el cupón de la ONCE del día anterior salió premiado, las sucursales bancarias seguirán llamando a morosos para que honren sus deudas pendientes, tendrá que ir al ayuntamiento a hacer de una vez ese papeleo que arrastra coleando desde hace semanas… Eso sí, si el domingo previo han ganado en las urnas los que prefiere, irá al trabajo con una media sonrisa y, si no es el caso, se le marchará el disgusto con el cortado de media mañana y tras comprobar
que los unos con los otros siguen saludándose, deseándose los buenos días y recordándoles en casa que no se olviden de comprar el pan a la salida de la oficina.
Durante décadas así fueron las elecciones en nuestro país. Y, al margen de la polarización última que agitan interesadamente terceros al retortero, sigo pensado que proseguirá por ese rumbo. Por lo general, los comicios no se ganan sino que los pierde tu adversario por deméritos propios. Después de tanta jarana ‘guerracivilista’ y pretender todos que nos alistemos para ir a combatir al frente, se impone el principio de realidad: el barullo del mercado, los chascarrillos en la barra de la cafetería, los atascos y las caídas de las tardes que es cuando la ciudad se recoge para darse, los afortunados, las buenas noches con un beso.
Ni se podrá en pie famélica legión ni volverán banderas victoriosas. No habrá dinamita. Lo que sí será preciso es premiar las formas y la moderación. En los extremos todo se pierde. La Gran Recesión de 2008 dejó un reguero de víctimas, proletarizó las clases medias y diezmó las esperanzas de las generaciones más jóvenes. Grave. Pero tampoco apocalíptico. Antes o después, el PSOE y el PP tendrán que asumir que no pueden hacer la guerra por su cuenta, que romper los consensos sistémicos sale caro y que cualquier horizonte de revancha y sangre en las calles nadie lo desea. Vamos, que tendrán que sentarse a hablar si no quieren que sobrevengan males mayores.
Si en la Transición se logró lo más difícil, y hubo muertos, ¿cómo vamos a encharcarlo ahora? No hay ideología digna de ser santificada ni que justifique abonarse al sectarismo. La convivencia no tiene precio. Que tu vecino se sepa (y se sienta) integrado es bueno. Para empezar, porque relegitima el pacto político que también tú has suscrito. Y, para acabar, porque si vienen mal dadas de cara a tus intereses, el balanceo nunca será tan acentuado como para que a ti te excluyan. Y así, poco a poco, los años pasan y la vida avanza. La estabilidad es primordial. Lo es todo.









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