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Lunes, 12 de Octubre de 2026

Actualizada Lunes, 12 de Octubre de 2026 a las 12:11:27 horas

Desde la acera de enfrente

La salud mental también necesita que la escuchemos

Reflexión de Gregorio Viera, exconcejal socialista

GREGORIO VIERA VEGA Lunes, 12 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Lunes, 12 de Octubre de 2026 a las 12:01:08 horas

El pasado 10 de octubre, se celebró el “Día Mundial de la Salud Mental”, y debería haber sacudido nuestras conciencias. Porque vivimos en una sociedad que nos exige estar siempre disponibles, rendir por encima de nuestras posibilidades y sonreír incluso cuando nos estamos rompiendo por dentro. Hemos aprendido a disimular el sufrimiento con una eficacia admirable, pero todavía nos cuesta demasiado reconocerlo, escucharlo y acompañarlo. Y mientras seguimos confundiendo fortaleza con silencio, hay personas librando batallas invisibles que nadie parece dispuesto a mirar de frente.


Nos recuerda algo tan sencillo como incómodo: detrás de muchas sonrisas hay batallas que no vemos, silencios que pesan y personas que, a veces, necesitan simplemente que alguien les pregunte: «¿Cómo estás?» y espere de verdad la respuesta. Hablamos mucho de salud. De cuidarnos, de hacer ejercicio, de alimentarnos bien, de controlar determinadas enfermedades, de acudir al médico cuando algo nos duele. Y está bien.  


Pero durante demasiado tiempo hemos tratado la salud mental como si perteneciera a otra habitación, una habitación de la que muchos preferían no hablar. La verdad es que no existe una salud completa si dejamos fuera lo que ocurre dentro de nuestra cabeza y de nuestro corazón. Porque también nos cansamos por dentro. También tenemos miedo. También nos rompemos. Y no siempre se nota.


Hay personas que salen cada mañana de casa, trabajan, atienden a su familia, responden mensajes, sonríen cuando toca y parecen tenerlo todo bajo control. Sin embargo, cuando llegan a casa y cierran la puerta, se enfrentan a una angustia que nadie conoce. Quizá llevan semanas sin dormir bien. Quizá sienten una tristeza que no saben explicar. Quizá están atravesando un duelo, una separación, un despido, una enfermedad o simplemente una acumulación de pequeños golpes que, juntos, terminan pesando demasiado.


Y es que la vida no siempre avisa antes de golpearnos. A veces basta una llamada de teléfono. Una mala noticia. Una pérdida. Una ruptura. Una situación económica que se complica. El cuidado de un familiar. La soledad. El miedo a no llegar a fin de mes. La presión constante por aparentar que todo está bien.


Vivimos, además, en una época que nos exige demasiado. Tenemos que ser productivos, estar disponibles, contestar rápido, mostrar nuestra mejor versión y, si es posible, hacerlo todo con una sonrisa. Las redes sociales han convertido muchas veces la vida en un escaparate donde parece que todos avanzan, todos triunfan, todos viajan, todos son felices.


Pero nadie publica una fotografía de una madrugada interminable. Nadie suele compartir el momento exacto en que se siente perdido. Y quizá deberíamos empezar a entender que pedir ayuda no es fracasar. Es justamente lo contrario. Durante generaciones, muchas personas crecieron escuchando que los problemas se quedaban en casa, que las emociones debían controlarse y que las dificultades personales se superaban sin contárselas a nadie. 


A muchos hombres, especialmente, se les enseñó que llorar era una debilidad, que mostrar miedo restaba autoridad y que pedir ayuda era admitir una derrota. A muchas mujeres se les exigió, por su parte, sostener emocionalmente a todo el mundo, incluso cuando ellas mismas estaban agotadas. Cuidar de los hijos, atender a los mayores, responder en el trabajo, mantener la casa y continuar sonriendo. 


Como si el cansancio emocional tuviera género, como si el sacrificio fuera una obligación natural y no una carga que también necesita ser compartida. Aquellas ideas no han desaparecido del todo. Siguen presentes en conversaciones familiares, en determinados entornos laborales y en la manera en que juzgamos a quien no consigue mantener el ritmo que la sociedad considera aceptable..., desde la acera de enfrente.

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