Casi una década después del referéndum ilegal por la autodeterminación de Cataluña, conocemos el desenlace judicial (amnistía mediante) en el que el Tribunal Constitucional enmienda al Tribunal Supremo. Al margen del debate jurídico morrocotudo, cabe amnistía aunque no esté contemplada en la Carta Magna, las consecuencias del fallo dejan resquemores diversos y evidentes secuelas políticas. Para empezar, la amnistía fue posterior a los indultos (cuya constitucionalidad nadie dudó) y fruto de una (legítima) presión p
arlamentaria blandida por Junts. Hubo investidura de Pedro Sánchez a cambio de la amnistía. Y santas pascuas. Cataluña es Cataluña. Dicho de otra forma, si hubiese habido una especie de Puigdemont isleño que ejecutara una consulta independentista, ¿también hubiera logrado una amnistía?
La tensión emprendida por Artur Mas contra Mariano Rajoy y el periplo del ‘procés’ nunca tenía que haber salido del ámbito de la política. Cuando se judicializan los conflictos (políticos, laborales, matrimoniales…) siempre dejan sinsabores que no se digieren luego. Se arrastra una herida. Una cosa es liquidar un litigio y otra bien diferente un conflicto; el segundo sobrevive al primero una vez se conozca el pronunciamiento judicial.
La amnistía era constitucional y tenía encaje en el Derecho Comunitario. No hay más. “Roma locuta, causa finita”. Y como tiene mucho de fondo político, la sentencia no será recibida igualmente en Cataluña que en Madrid y las dos Castillas. Mas Cataluña, incluso tras (casi) una década tras el 2017, seguirá siendo el gran reto constitucional español y, por ende, de la articulación territorial. Dicho en plata, Cataluña estuvo presente en la Segunda República y lo ha estado tanto en la Transición como a lo largo de la democracia del 78. Por consiguiente, seguirá ínsitamente vivo hoy y mañana en la España política. Son aguas procelosas.
Cuando la Transición, los grandes partidos estatales (UCD, PSOE, PCE…) presumieron una lealtad no escrita por parte de los nacionalismos periféricos que, el tiempo, ha desmentido. La misma plurinacionalidad tiene un límite pues, de lo contrario, deja de ser plurinacionalidad para convertirse en otra cosa. El trance territorial atraviesa especialmente a la izquierda. Y la patulea de dirigentes del ‘procés’ han aprovechado la debilidad del ‘sanchismo’ para reiniciar la batalla y poner el contador judicial a cero. Eso sí, Cataluña se ha pacificado. Así y todo, lo previsible es que más temprano que tarde resurja el frenesí independentista catalán; sobre todo, si (en breve) sobreviene un Ejecutivo central sustentado por el PP y la ultraderecha. El retorno de Puigdemont casará con un nuevo ciclo en Madrid que difícilmente calmará las tiranteces territoriales. Puigdemont volverá, y debe hacerlo, es necesario, pero la España (y Cataluña) que se encontrará no será igual a la de 2017.









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